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Publicado el 3 julio, 2021

Pilar Lizana: Narcotráfico, una conversación necesaria

Dra. Gobierno y Administración Pública, investigadora asociada de Athenalab Pilar Lizana

Nace, crece y se desarrolla en el estado, no tiene partido político ni nacionalidad, no respeta fronteras ni comunidades y es parte de nuestra historia desde el siglo pasado.

Pilar Lizana Dra. Gobierno y Administración Pública, investigadora asociada de Athenalab
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Cuánta cocaína produce Chile, me preguntaba un camboyano hace poco más de seis años. Frente a mi sorpresa, me explica que su policía llevaba un tiempo decomisando ese tipo de droga proveniente de mi país. Chile no es productor, pero sí un actor cada vez más importante en la cadena de distribución de esa droga, tuve que explicar. Somos un país de tránsito que avanza rápidamente en consumo y actividades dedicadas al tráfico de sustancias ilícitas.

Nuestra frontera norte es testigo de la insistente entrada de diversas drogas al país. Clorhidrato de cocaína, pasta base y marihuana son las principales sustancias que cruzan a diario hacia nuestro territorio y que desde los años 90 han visto crecer el negocio del narcotráfico.

Pero, este lucrativo emprendimiento internacional no es nuevo. Chile se incorporó al tráfico de cocaína desde principios del siglo XX, cuando éste se daba en torno a las operaciones salitreras en el norte y alrededor de las farmacias. A mediados de siglo se tipificó como delito y, gracias a su reputación en química y a la cercanía con naciones productoras, se instalaron en el país numerosos laboratorios que procesaban la materia prima y la convertían en pasta o clorhidrato de cocaína.

Hacia fines de siglo el tráfico fue en aumento y hoy ha penetrado con fuerza. Se observa una organización de bandas y la llegada de redes internacionales al territorio nacional. La macrozona norte fue y sigue siendo la puerta de entrada de la droga a Chile. Una extensa frontera con escaso control y una alta porosidad aparece como la ventana de oportunidad perfecta para las organizaciones internacionales de la droga.

166,95 kilómetros lineales de mar a cordillera corresponden a la frontera con Perú, mientras que con Bolivia la distancia es considerablemente más larga, alcanzado los 782,08 kilómetros de norte a sur y con alturas que superan fácilmente los 3.000 metros sobre el nivel del mar. De esta forma, 949,03 kilómetros separan a Chile de los productores de cerca del 50% de la coca que se cultiva en el mundo, donde es posible encontrar solamente 8 pasos de cruce de frontera habilitados, y más de 100 no habilitados.

Las regiones XV, I y II, que ocupan casi el 25% del territorio nacional, concentraron el 20% de los decomisos de cocaína, pasta base y marihuana que realizó la PDI en 2020. De esas regiones, sólo Antofagasta contribuyó con casi el 50% de las incautaciones.

Además, a nivel nacional podemos destacar algunos datos: el 2019 marcó un hito en la incautación de marihuana procesada, la PDI decomisó un 47,5% más con respecto al año anterior, cifra que vuelve a subir en 2020; según el Observatorio del Narcotráfico 2020, en 3 años las incautaciones de cannabis tipo “creepy” se multiplicaron un 700%; de acuerdo a las Naciones Unidas, Chile es el tercer país en importancia en el envío de cocaína a Europa a través de África y el segundo en los envíos a Oceanía; en el 2020 se informó de una carga detectada en San Antonio que podría haber pertenecido al Cartel Jalisco Nueva Generación y este 2021 Carabineros decomisó más de 22 millones de dólares entre cocaína, pasta base y marihuana en un solo operativo en el Valle del Elqui, mientras que la PDI incautó casi 3 toneladas de drogas en la Región Metropolitana.

Estas cifras son preocupantes. El tráfico de drogas está teniendo una fuerte penetración en el país, impactando al estado y su sociedad. De ahí que como nación, debemos fomentar el debate sobre este tema con el fin de plantear propuestas que avancen hacia el diseño de una estrategia integral en esta materia. El narcotráfico nace, crece y se desarrolla en el estado, no tiene partido político ni nacionalidad, no respeta fronteras ni comunidades y se encuentra plenamente integrado a las redes globales. Entonces, las respuestas nacionales deben combinarse con una mirada que incluya la cooperación y que ponga el bienestar y desarrollo en el centro de ellas.

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