Cuando parecía que olvidábamos a la cerrada aerolínea Law y sus chárter con haitianos que llegaban a Santiago, el fin de año llegó con un preocupante recordatorio. La mencionada compañía aérea junto a Sunrise y la empresa One ingresaban entre 2.000 y 3.000 haitianos mensualmente, los que habrían sido víctimas de tráfico de personas.

El sueño prometido fue tomando rápidamente rasgos de pesadilla y años después parte de esos mismos haitianos migraron al norte. En su pasada por México quedaron sus cédulas de identidad chilenas y la duda de si es que nuevamente habían sido víctimas de tráfico o no.

Hoy, más del 40% de los extranjeros que viven en Chile son venezolanos que llegan al país buscando lo que en el suyo no encuentran. La necesidad tiene cara de hereje, dice un dicho. La oportunidad hace al ladrón, dice otro. En este caso, el ladrón se transforma en traficante de personas y es cada vez más común ver buses y camiones trasladando a quienes desesperados por salir llegan a Chile en las peores condiciones.

En muchos casos ingresan por tierra soportando frío, calor, hambre y enfermedades. Pero una vez cruzada la frontera, el recorrido no termina. Hace un par de días vimos cómo 10 venezolanos eran trasladados en un container por la Ruta 5 con destino a Santiago.

El exceso de necesidades no cubiertas los lleva a soportar las peores condiciones con tal de salir de su país. Con un alto grado de vulnerabilidad son presa fácil de quienes se dedican al lucrativo negocio del tráfico de personas. Una realidad que hace poco tiempo  parecía ser parte de las dinámicas de la frontera entre México y Estados Unidos, hoy está más que instalada en Chile y replica las conductas que se desarrollan en esa lejana línea divisoria.

Una mezcla de expectativas, imagen país y desesperación los motivan a salir en búsqueda de una felicidad que no siempre encuentran. El mayor problema para ellos: darse cuenta que la nación que idealizaban no era como creían. Para el país que los recibe: ver desbordadas sus capacidades y fronteras.

La inmigración abre un abanico cultural para la nación receptora, quien suma a ciudadanos del mundo a su sociedad generando un crisol de culturas que va modelando la existente hasta formar un conjunto heterogéneo de etnias y costumbres. Pero, la realidad supera a la ficción y en esa formación del “melting pot”, como lo llaman los estadounidenses, existen dificultades, inseguridad y la necesidad de una política migratoria eficaz y realista que defina cuántos inmigrantes se pueden recibir de acuerdo a la capacidad que tiene el estado para entregarles vivienda, salud, educación y trabajo. Recibirlos a todos sería una irresponsabilidad. Sería extender su sufrimiento en un país extranjero que al ver desbordadas sus capacidades no puede cubrir las necesidades básicas de quienes llegan. Por eso es fundamental el desarrollo de una política migratoria que considere al estado receptor junto a los inmigrantes y que tenga como meta el bienestar de ambos para producir sinergias.

Sin embargo, la migración ilegal no se detendrá. El tráfico de personas que muchas veces deriva en trata tampoco. Por ello, como Estado debemos combatir con fuerza a quienes lucran con la vulnerabilidad de otros.

La migración en América del Sur se nutre de una de las mayores crisis humanitarias de la historia. De ahí que la cooperación y el contexto internacional deban ser parte obligada del diseño migratorio. Otro gran desafío para el Presidente electo.

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