60 días de estado de excepción para el sistema carcelario ecuatoriano luego de que al menos 116 reos murieron y otros 80 quedaran heridos tras un motín en la Penitenciaría del Litoral en Guayaquil. Una historia que por geografía es más bien lejana. Sin embargo, esta situación podría estar más cerca de lo que pensábamos. ¿Cuál es la realidad de nuestras cárceles? ¿Cómo se organizan los reos? ¿Cómo los delitos de afuera se mantienen y coordinan desde adentro?

Estas y muchas más preguntas surgen al momento de pensar en nuestro sistema penitenciario. El capítulo sobre narcotráfico en las cárceles del informe 2021 de Fiscalía fue claro: el sistema de bandas y los delitos asociados a ellas se mantienen dentro de los recintos. La extorsión, intimidación, amenazas, homicidios y tráfico de drogas se trasladó de las calles a las celdas.

Quienes se encuentran recluidos, lo están por haber cometido un delito y ser considerados una amenaza para la sociedad. Cada infracción tiene una pena asociada, y así como esas personas son sancionadas, también debe existir un sistema de reinserción y rehabilitación coherente con el castigo que asegure que el individuo no caerá nuevamente en la delincuencia.

Esto es en teoría, pues la realidad nos muestra cifras preocupantes: de los recursos entregados a Gendarmería, el 2016 se utilizó un 2,5% en reinserción. Esa cifra baja al 1,4% en 2020. Ese año, se observó un aumento del 75% de los homicidios dentro de las cárceles con respecto a los últimos 4 años. El 82% de los detenidos reconoce consumir algún tipo de droga. El 24,6% está detenido por infracción a la Ley 20.000 que sanciona el tráfico ilícito de estupefacientes. Al 30 de abril de 2021, 570 bandas se encontraban recluidas en las cárceles del país. De ellas, 392 están sancionadas por la mencionada ley.

Si a estos datos se agrega la sobrepoblación, amenazas y las redes del narcotráfico, la cárcel, más que un lugar para cumplir condena, se transforma en un nuevo territorio para la delincuencia organizada. Desde ella se sigue administrando el delito, las jerarquías criminales se mantienen y las redes se extienden. Las cárceles se transforman en una gran vulnerabilidad para el estado.

La venta de drogas ha alcanzado una nueva dimensión. Desde los centros penitenciarios se coordina el negocio. Pero, ya no sólo a nivel nacional, las redes internacionales se integran en este nuevo territorio. Cómo no recordar la cárcel que Pablo Escobar construyó para cumplir su condena: un ejemplo de cómo el prisionero se transforma en carcelero y el recinto para el castigo en el nuevo centro de operaciones.

“El hombre es el lobo del hombre”. La famosa frase del filósofo Thomas Hobbes resume de excelente manera el dilema que nuestros prisioneros plantean al estado. Éste busca corregir los comportamientos que atentan contra el bienestar, la seguridad y el desarrollo de la sociedad, sin embargo, la realidad muestra que el hombre sigue siendo el lobo del hombre. Sin programas de reinserción y rehabilitación coherentes con los castigos y delitos cometidos será muy difícil corregir los comportamientos maliciosos, pues los reos no encontrarán una alternativa real a ellos. Además, los códigos sociales dentro de las cárceles se nutren del delito y la droga. Algunos consumen para evadir, otros la venden y mantienen las redes del narco vivas detrás de los muros. La extorsión se propaga entre los internos y sus familiares.

Así, el dilema de nuestros prisioneros es una alerta que no debemos dejar pasar. La delincuencia organizada, dedicada al tráfico de drogas, está utilizando las cárceles para mantener el negocio. La penitenciaría se transforma en centro de operaciones y los prisioneros en carceleros, minando a una institución cuyo rol es aplicar el castigo para proteger a la sociedad del delito.

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