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Publicado el 10 septiembre, 2020

Pietro Paganini: Ganadores y perdedores

Temple University of Philadelphia, John Cabot University. Pietro Paganini

Es muy equivocado competir solo para ganar. La victoria, como un fin en sí misma, solo busca y presupone la derrota de los demás. En la democracia no es así. Nadie pierde, salvo los ciudadanos cuando fracasan los proyectos en los que han confiado.

Pietro Paganini Temple University of Philadelphia, John Cabot University.
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La política no se puede limitar a la alternativa “se gana o se pierde”. Afirmar que un movimiento o un partido político “ha ganado” las elecciones en realidad es equivocado porque polariza la participación en torno a ideas fijas que suprimen la libre elección de los ciudadanos y ralentizan el desarrollo de soluciones nuevas (que deben ser verificadas) a los problemas de la convivencia humana.

Esto es lo que estamos viviendo en esta fase histórica, en la que incluso algunos (supuestos) liberales han abandonado el método experimental, prefiriendo la homologación conformista de ideas que el tiempo ha vuelto insustanciales. Las ideas predominan de manera natural a través de las elecciones libres de los ciudadanos, que son los únicos vencedores o perdedores de acuerdo con lo que han elegido.

En las democracias representativas, como en Chile, las expectativas y necesidades de los ciudadanos buscan ser representadas en las ideas y en los proyectos que los movimientos políticos desarrollan precisamente para responder a tales necesidades. Las propuestas políticas que resumen ideas y proyectos compiten entre sí. El aumento de la competencia refleja y genera al mismo tiempo una mayor diversidad. El objetivo es representar mejor la diversidad al abordar los problemas de la sociedad. Por este motivo es que necesitamos leyes electorales que garanticen una mayor expresión de la diversidad, tanto ampliando cualitativamente la participación en el Parlamento, como ampliando la oferta de los movimientos políticos para incluir, sin homologar, la diversidad de los proyectos entre los que elegir (porque la representación se alimenta de estas elecciones), con los debidos resguardos que han de existir para no perder en gobernabilidad.

En este contexto no hay vencedores ni vencidos, sino proyectos que prevalecen y en los que los ciudadanos confían. La confianza de los ciudadanos implica responsabilidad. De hecho, vencedores y vencidos serán los ciudadanos una vez que quienes los representen hayan logrado o no realizar esos proyectos y, por tanto, aumentar la libertad y la prosperidad de cada individuo.

Por ello, es muy equivocado competir solo para ganar; no es ganar y basta. La victoria, como un fin en sí misma, solo busca y presupone la derrota de los demás. En la democracia no es así. Nadie pierde, salvo los ciudadanos cuando fracasan los proyectos en los que han confiado. En la democracia se compite por hacer prevalecer los proyectos que sean tan representativos como capaces de dar respuestas a las diferentes necesidades de los ciudadanos. Esta actitud responde a un método experimental preciso, cuyo objetivo es experimentar con soluciones siempre nuevas y adecuadas al paso del tiempo.

La cultura del vencedor y vencido no se basa en un método, sino que se refugia en ideas fijas que no cambian y que tienen como único objetivo ser el vencedor en las elecciones y no en el funcionamiento del proyecto. De esta manera los problemas a resolver ya no son el fin, sino la herramienta en torno a la cual reunir a los ciudadanos. Ganar las elecciones es el objetivo final. De aquí nace la polarización que vivimos: los ciudadanos se refugian en ideas inmóviles solo para ganarle a quien aparece como diferente. La diversidad no es una riqueza a la cual recurrir, sino un enemigo al que suprimir.

La terminología no es accidental, tiene raíces culturales. Los medios de comunicación y, sobre todo, las redes sociales los que las alimentan. Los términos ganar o perder se utilizan para simplificar el concepto de prevalencia, pero es un error, no es casual. Es cultural: según la lógica historicista por la cual una idea vence sobre las otras y que a su vez son víctimas de la primera a la que todos se homologan. Solo una revolución derribará a la primera para establecer la alternativa.

Usar la narrativa revolucionaria es más fácil de digerir cognitivamente, porque nos orienta hacia una idea rehuyendo de la otra y a sus partidarios. Utilizando un esquema muy sencillo, correcto o incorrecto, blanco o negro, etc., el vencedor recibe admiración y desprecio, al igual que el vencido. Es un modelo que polariza los ciudadanos inhibiendo la tolerancia y, por tanto, el reconocimiento de la diversidad y de soluciones alternativas a los problemas existentes. En este contexto, la democracia representativa es débil porque los ciudadanos prefieren soluciones simples y claras (aunque sin perspectivas de futuro) a la compleja dinámica del conflicto democrático. Y cuando cesa el efecto demiúrgico de la polarización (por ejemplo, durante una crisis económica) se recurre a la revolución que repite de nuevo el proceso de polarización.

No puede haber avance del conocimiento sin un conflicto constante, porque las revoluciones niegan lo producido anteriormente, para reemplazarlo con supuestas novedades. Supuestas novedades porque no responden a la experimentación cotidiana, típica del conflicto democrático, sino que vuelven a proponer los mismos contenidos en diferentes formas.

Y así, como está sucediendo, nos aferramos a viejos patrones hostiles entre sí, para enfrentar todo lo nuevo que el mundo nos presenta. Es urgente abandonar este rígido esquema para volver al conflicto democrático. Solo los liberales pueden impulsar este cambio. Pero, en contradicción con el liberalismo, muchos han permanecido apegados al pasado, hostiles al presente, sin intentar comprender lo que está sucediendo.

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