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Publicado el 02 de febrero, 2017

Periodismo y cotorreo 2.0

Doctor en Comunicación Pública, Facultad de Comunicaciones UDD Alberto López-Hermida
Chismes, mentiras y teorías de la conspiración siempre han recorrido la opinión pública, con o sin redes sociales. No es misión del periodismo acabar con ellos, sino mostrar la realidad.
Alberto López-Hermida Doctor en Comunicación Pública, Facultad de Comunicaciones UDD
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Hoy una conversación no goza de estatus intelectual si alguien no menciona, al menos un par de veces, el término “post verdad”. Y es que con el post-Brexit, post-No-en-Colombia, post-Trump y post-cualquier-cosa-que-se-escape-de-lo-que-yo-creía-que-iba-a-pasar, se especula que hemos entrado en una era nueva en la que algunos linchan a la verdad hasta que ésta, malherida, se ajusta a ciertos intereses.

Dentro de ese discursillo de moda, el asunto de las “noticias” falsas que circulan por las redes sociales ha sido un tema importante de discusión en algunos foros, y Chile, en el marco de los incendios que azotan la zona central del país, no ha sido la excepción.

Efectivamente, junto con las llamas se divulgó por Facebook, Twitter y WhatsApp información falsa respecto a los incendios, como la detención de ciudadanos extranjeros sorprendidos iniciando el fuego, la proclama de pueblos originarios chileno-argentinos que prometían una marea de llamas, o el inminente corte de suministro eléctrico en la zona central.

En algunos espacios televisivos, ciertos periodistas han aprovechado el momentum profesional para apuntar con el dedo a estas informaciones falsas que circulan libremente por la red. Y hasta la Presidenta Michelle Bachelet se metió al baile de las doncellas ofendidas por este –invéntese ahora la figura legal– verdadicidio.

Sin embargo, siempre es bueno recordar que cuando se apunta con un dedo, otros tres quedan apuntándolo a uno. Y eso es siempre un llamado a la humildad, en este caso, profesional. El periodismo tiene la misión de informar lo que sucede en la realidad y que, según ciertos criterios generales y particulares, merece la pena ser conocido por todos. Pero los periodistas no somos dueños de la verdad. Trabajamos con ella.

Los medios deben, hoy como siempre, hacer un trabajo de tal calidad que cualquier cosa que se parezca a una noticia falsa se desplome por su propia pobreza. Daniel Matamala y Mónica Rincón tienen que hacer un trabajo tan exquisito, que no sea necesario una proclama desde su púlpito televisivo contra este tipo de pseudoeventos, porque hacerlo sería darle relevancia a un fenómeno que no se soluciona con denuncias aisladas.

Si hubiera delito en difundir información falsa, habrá que perseguirlo y sancionarlo y, por cierto, eso sí sería noticia. Pero chismes, mentiras y teorías de la conspiración siempre han recorrido la opinión pública, con o sin redes sociales; y personas dispuestas a crear esas historias seguirán naciendo hasta el fin de los tiempos, con o sin un smartphone en la mano. No es misión del periodismo acabar con ellos, sino mostrar la verdad de manera tan explícita y atractiva que la sociedad no distraiga su atención de lo importante, o al menos sepa ponderar lo que merece la pena atender de lo que no.

El buen periodismo no debe competir contra el cotorreo 2.0. Hacerlo es ponerse a su nivel y jugar con sus estándares no profesionales. El buen periodismo se impone por sí solo, sin arrogancia, con profesionalismo.

Indudablemente, instancias catastróficas como las que hemos vivido las últimas semanas son una oportunidad para quienes formamos profesionales de la comunicación para mostrar lo mejor y lo peor de nuestros colegas en ejercicio. El gesto caritativo de Gonzalo Ramírez, que supo evadir la clásica tentación del despacho en vivo, o el rastrero e intrincado chaqueteo a la compatriota que introdujo el Supertanker en nuestras vidas, por su supuesta cercanía con el régimen militar.

 

Alberto López-Hermida, doctor en Comunicación Pública y académico UAndes

 

 

PRODUCCION: SANDRO BAEZA/AGENCIAUNO

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