Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 24 de junio, 2017

Pedro Sánchez, el “Jekyll y Hyde” del socialismo español

¿De qué izquierda habla exactamente Sánchez? Ya nadie sabe si es la moderada y constitucionalista que ha representado el PSOE desde el fin del franquismo (la socialdemocracia), o la izquierda más dura que abraza Podemos.
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Hasta hace poco más de un mes, Pedro Sánchez, antiguo y ahora nuevo secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), era un cadáver político sin posibilidad de resurrección. Su estruendosa salida del máximo liderazgo del partido, tras dos humillantes derrotas electorales frente al Partido Popular (PP), y luego de haber llevado a su colectividad al mínimo histórico de escaños en el Congreso, condenaba a Sánchez al ostracismo sin vuelta.

Nadie lo quería más allí. Al menos, nadie de los “barones” socialistas y altas figuras del partido, incluidos ex Presidentes del Gobierno. De hecho, fue el propio Felipe González quien forzó la dimisión de Sánchez de la secretaría general, a principios de octubre del año pasado. Lo acusó públicamente de haberle engañado, al asegurarle en una conversación privada que el PSOE se abstendría ante Mariano Rajoy en la segunda votación de investidura de fines de ese mismo mes, para evitar así unas terceras elecciones generales. Sánchez, quien jamás negó aquella charla ni las acusaciones, insistió con su doctrina de “no es no”; aunque eso significara repetir los sufragios, irritar aún más a la ciudadanía y arriesgarse a perder todavía más escaños parlamentarios, fortaleciendo al PP y a su entonces archirrival en la izquierda, Podemos.

Tras la seria recriminación de Felipe González, y luego de su fracaso en la convocatoria a un Congreso Federal del PSOE -del que buscaba salir fortalecido- Sánchez renunció a la jefatura del partido. Una gestora integrada por varios dirigentes socialistas se hizo cargo de la debacle y aceptó investir a Rajoy como Presidente por el bien superior de España. Horas antes del último debate de investidura de Rajoy, Sánchez renunció también, y entre lágrimas, a su puesto de diputado. Una vez fuera, dolido y con la sensación de haber sido traicionado, reveló en una entrevista que había cometido un error. No en su desastrosa estrategia en las dos elecciones, sino en haber sido poco receptivo con el partido de Pablo Iglesias y sus ideas. Reconoció que el PSOE y Podemos debieron haber generado vínculos más estrechos, para así evitar la permanencia de los populares en La Moncloa. Dicho esto, prometió que se iría en solitario a recorrer el país, como una especie de peregrinación al desierto, y desapareció.

Es por eso que extrañó cuando Sánchez anunció en enero -a menos de tres meses de su dramática partida- que volvería a postular a la secretaría general socialista. Muchos lo tomaron por loco, nostálgico o simplemente un megalómano que no asumía que su tiempo se había acabado. Como competidores tenía a la poderosa presidenta andaluza, Susana Díaz, y al influyente ex presidente del Congreso y líder vasco, Patxi López.

Pero la política en muchas ocasiones no sigue las reglas de la lógica. Ya lo saben en Argentina cuando, cada cierto tiempo, a la ciudadanía le da por exigir “que se vayan todos” y al poco tiempo vuelve a marchar para pedir “que vuelvan todos”. Así ocurrió en España y así fue como el 21 de mayo Pedro Sánchez se impuso ante Díaz y López, regresando como un líder mesiánico al mando del PSOE, con el 50,21% de los militantes. Sus partidarios declamaron esta nueva oportunidad como la derrota de los poderosos del partido, supuestamente alejado de los ideales socialistas, y el triunfo de las bases, cuyos integrantes serían la verdadera izquierda.

Y así lo ha hecho notar Sánchez desde su regreso, una y otra vez, en cada intervención. “Somos la izquierda”, dice el nuevo eslogan del PSOE. De hecho, la palabra “izquierda” es a tal punto la favorita del líder, que programas de humor político españoles se han dedicado a contar y a mofarse de las decenas de veces que Sánchez dice “izquierda” en cada uno de sus discursos. Como si el repetirlo tanto generara una realidad.

Lo que muchos analistas se preguntan es, ¿de qué izquierda habla exactamente Sánchez? Ya nadie sabe si es la izquierda moderada y constitucionalista histórica que ha representado el PSOE desde el fin del franquismo —es decir, la socialdemocracia—, o la izquierda más dura que abraza Podemos. Al igual que con Alejandro Guillier acá en Chile, cuesta entender la orientación política de Sánchez. Porque es capaz de mezclar en sus discursos lo más reconocible de las posturas de Felipe González, Alfonso Guerra, Rodríguez Zapatero o Alfredo Pérez Rubalcaba, con la verborrea más bolivariana de Iglesias y sus esbirros. Lo mismo que Guillier, quien a veces es todo moderación y reconocimiento a la obra de la antigua Concertación, y otras se las juega por arrebatarle la ideología al Frente Amplio. Ambos, Guillier y Pedro Sánchez, comparten esa personalidad política estilo “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

Lo que sí es claro es que, para los socialistas españoles con una visión más tradicional de Estado, Pedro Sánchez se “podemizó”. Para algunos, incluso, siempre fue un “podemita” encubierto, y conocida es su buena relación con el líder de la formación morada; a pesar de los palos que se prodigaron durante el fallido proceso de investidura de Sánchez, en marzo del año pasado, tras la negativa de Rajoy a ser candidato luego de los resultados de las primeras elecciones.

Porque Pedro Sánchez y Pablo Iglesias comparten una obsesión común: expulsar al PP del Gobierno, apelando a la ciénaga de corrupción que efectivamente burbujea en la sede de la calle Génova de Madrid, y que se ha tragado a unas cuantas figuras populares. Un desalojo como sea. Por la vía electoral, que ha resultado fallida, o por métodos alternativos que permite la Constitución española, como la moción de censura. Ésta fue impulsada por Podemos, debatida la semana pasada e igualmente no prosperó, gracias a los votos en contra de los populares, de Ciudadanos y la abstención del PSOE. Pero ojo, no es que la instrucción de Sánchez haya sido abstenerse por un tema de visión de Estado, sino primero porque, al ser Podemos el impulsor, el candidato a suceder a Rajoy era Iglesias y no un socialista; segundo, porque el PSOE sabía que no existían los votos para aprobar la moción. Aquí Sánchez nuevamente mostró su obsesión. Aseguró que su partido votaría una moción ganable y no un mero saludo a la bandera, no descartando presentar una nueva censura a fin de año, si obtenía los votos.

La fijación de Sánchez con desalojar al PP es tal que, aunque ya en la legislatura pasada se le dijo en todos los tonos que no sería posible, insiste en juntar al perro y al gato para lograr una triple alianza entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos que eche a Rajoy. El moderado Albert Rivera, líder de Ciudadanos (C’s), se ha rehusado siempre a esta fórmula tildándola de “Gobierno Frankenstein”. Porque para Rivera pactar con Podemos es tan absurdo como para algunos es ver a la DC y el PC chilenos en una misma coalición. Más aún cuando Podemos apoya y es apoyado por partidos independentistas catalanes y vascos, y promueve un referéndum de independencia en Cataluña, lo que para C’s, un partido catalán a favor de la unidad con España, es una línea roja infranqueable.

Aún así, Sánchez sueña con verse Presidente del Gobierno, y para eso ha hecho guiños a Podemos y al independentismo que tienen irritado al PSOE más moderado. Ha acuñado el confuso mantra de que España es una “nación de naciones”, aunque nadie sabe qué quiere decir exactamente con eso. Todos se preguntan si para Sánchez son naciones sólo las que buscan la independencia o también las regiones integradas completamente a España en forma de comunidades, como Cantabria, Extremadura, Castilla y León o Andalucía, entre otras.

En este sentido, la última ocurrencia del renovado timonel socialista (copiando a Podemos) es reformar la Constitución para refundar España como un “Estado plurinacional”, y ha puesto públicamente a Bolivia como ejemplo -a través de su vicesecretaria general-, lo que le ha valido no sólo críticas, sino además burlas de sus adversarios políticos. Lo que al parecer Sánchez no sabe de la realidad boliviana, y así lo han expresado análisis y editoriales en Madrid, es que la Constitución de ese país reconoce a varios grupos indígenas (algunos de menos de cincuenta integrantes) como “naciones” en función de su lengua, tradición, etnia y situación geográfica, pero eso no los habilita en ningún caso para cesiones territoriales y menos para aspirar a formar un Estado propio.

Así es el extraño mundo de Pedro Sánchez. Un doctor Jekyll —¿o un señor Hyde?— que olvida la debacle de la izquierda dura no sólo en Europa, con Francia como último ejemplo, sino también a nivel global. Que es capaz de casi todo para ver su quimera cumplirse: él mismo sentado en La Moncloa, aunque para ello deba estirar el elástico de sus principios lo más a la izquierda posible, y junto a quienes sueñan justamente con enterrar el legado de su partido.

 

Bruno Ebner, periodista  

 

 

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: