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Publicado el 16 de noviembre, 2018

Paula Schmidt: ¿Qué hacía Gabriel Boric en París?

Periodista y Licenciada en Historia Paula Schmidt

Dejó de lado su deber representativo, socavó nuestra reputación e hirió los avances de Chile en materia de derechos humanos. Después de su reunión “privada”, se abre una nueva página sobre qué entienden nuestros representantes acerca de cómo fortalecer la democracia. Me pregunto si el actuar de Gabriel Boric encarna a una nueva clase política que pareciera desentenderse de su labor institucional y no busca representar los intereses del país, sino más bien cumplir con los objetivos de su agenda personal.

Paula Schmidt Periodista y Licenciada en Historia
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El descrédito al que está sujeta la clase política proviene en parte por sus ambigüedades, aparente autocomplacencia y una escasa capacidad para adaptarse a los vertiginosos procesos sociales. Es así entonces que, a partir de la transición de los 90, la política ha experimentado fuerte cambios, teniendo que bajarse del podio y sufriendo una desafección que tiene a algunos de sus representantes (aunque no a todos) preocupados por demostrar que son conscientes del efecto que poseen sus acciones que, se supone, están encaminadas hacia el bien común.

 

Los dos hemisferios de la política, el derecho y el izquierdo, descritos por el filósofo italiano Norberto Bobbio como la “díada”, hoy sufren los rezagos de una ciudadanía apática que mira con sospecha y duda si la clase política toma en serio sus demandas, se preocupa por su bienestar y prioriza realmente lo que el país requiere para alcanzar el desarrollo.

 

Durante los últimos días, se conoció un hecho que ejemplifica lo mencionado anteriormente: el viaje del diputado Gabriel Boric a París con el fin de reunirse privadamente con el ex guerrillero Ricardo Palma Salamanca, descrito por la BBC Mundo como “el asesino de uno de los ideólogos de Pinochet en Chile que protagonizó un cinematográfico escape de la cárcel y estuvo prófugo por 22 años”. ¿Cuál fue la razón del encuentro? ¿Por qué un ex guerrillero condenado por asesinato y secuestro recibe un trato cordial y abierto por un parlamentario de la República?

 

Aquí no hay dobles lecturas: Gabriel Boric dejó de lado su deber representativo, socavó nuestra reputación e hirió los avances de Chile en materia de derechos humanos.

 

Una vez desatada la tormenta, ya que ni siquiera sus correligionarios estaban al tanto, el líder autonomista se limitó a declarar que su iniciativa había sido una “imprudencia”.  ¿Para quién? ¿Para él, para su conglomerado o para el país? A esto se adhiere su argumento de que el Poder Judicial de los 90, a comienzos de la democracia, no le generaba seguridad, ya que, según él, era prácticamente la misma que los años previos bajo el régimen de Augusto Pinochet. Es así como el “honorable” quiso apropiarse del tiempo, pero de una manera mucho menos elocuente y reflexiva que un historiador. Me extraña, ya que Gabriel Boric siempre ha destacado su poca contaminación con la política debido a que proviene de una nueva generación que sería menos rígida y más transparente, a diferencia de muchos de sus pares de mayor edad, para ejercer un cargo público en el Congreso.

 

Existen tres elementos que interactúan en este lamentable episodio: la imagen de Chile en el exterior, la complicidad de un sector político que prefiere omitir el peso de nuestra institucionalidad y, lo que es peor, el desapego y el no querer reconocer las graves consecuencias que infirió Palma Salamanca a través de actos subversivos. Aquí no hay dobles lecturas: Gabriel Boric dejó de lado su deber representativo, socavó nuestra reputación e hirió los avances de Chile en materia de derechos humanos.

 

Después de su reunión “privada”, se abre una nueva página sobre qué entienden nuestros representantes acerca de cómo fortalecer la democracia. Me pregunto si el actuar de Gabriel Boric encarna a una nueva clase política que pareciera desentenderse de su labor institucional y no busca representar los intereses del país, sino más bien cumplir con los objetivos de su agenda personal.

 

La crisis de confianza que afecta a muchas de nuestras instituciones debiese ser una de las máximas preocupaciones de la clase política.

 

No es de extrañar entonces que la ciudadanía olfatee con desdén las acciones de algunos miembros de la clase política que, por medio de sus actos, sólo siembran incertidumbre, no generan confianza y se apartan cada vez más de las verdaderas inquietudes de la sociedad que representan. Este suceso sólo desgastó una vez más la labor política, la desvalorizó y la desorientó de su camino y además logró contaminar a todo el espectro de quienes conforman la “díada” de Norberto Bobbio. Él incluido.

 

La crisis de confianza que afecta a muchas de nuestras instituciones debiese ser una de las máximas preocupaciones de la clase política, porque restablecer las confianzas no sólo requiere de empatía, transparencia y humildad sino también de saber reconocer que con la democracia chilena no se juega.

 

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

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