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Publicado el 10 de mayo, 2019

Paula Schmidt: Eutanasia

Periodista y Licenciada en Historia Paula Schmidt

Cuando el mensaje es “la eutanasia es tu única salida”, lo que se transmite es más que desalentador: “tu existencia, ahora que ya no hay vuelta atrás, ha terminado”. O sea, para una sociedad que piensa así, todo enfermo que sufre es, finalmente, un muerto en vida.

Paula Schmidt Periodista y Licenciada en Historia
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Desde octubre de 2004, la eutanasia ha sido un tema que ha generado interés en el Parlamento chileno. Se han promulgado diversos proyectos e incorporado nuevas instancias para promoverla cada vez con mayor fuerza. Es así como la preocupación de nuestros congresistas ha logrado instalar un debate social interesante, aunque sumamente complejo, el cual cuestiona los límites de la medicina, introduce la muerte como un fin (y no como un proceso) en la vida de un ser humano y, finalmente, obliga a repensar sobre el sentido del dolor y la dignidad humana.

Actualmente, es posible solicitar la eutanasia en Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Suiza y en los estados norteamericanos de Vermont, Washington, Oregón y Montana. En aquellos lugares se ha determinado que el “suicidio asistido” es la mejor receta para terminar, de una vez, con la desesperanza, angustia y agobio que padece una persona gravemente enferma.

Esta semana, la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados hizo lo suyo al aprobar la incorporación de menores entre los 14 y los 17 años al proyecto que desea despenalizar la eutanasia. Un “triunfo” para parlamentarios como Vlado Mirosevic, cuya fundamentación para querer legislar sobre eutanasia se debe a que ésta es “una decisión que tiene que tomar cada chileno frente a su conciencia”. Me pregunto si el diputado dimensiona el significado de sus palabras, ya que un paciente grave o terminal, sin importar su edad, experimenta el tipo de miedos, ansiedades e inseguridades que difícilmente lo llevan a discernir con serenidad y cuyo estado frágil y vulnerable lo convierten en un ser mucho más dependiente de las señales que recibe de su entorno que sobre sí mismo. Por otra parte, cuando el mensaje es “la eutanasia es tu única salida”, lo que se transmite es más que desalentador: “tu existencia, ahora que ya no hay vuelta atrás, ha terminado”. O sea, para una sociedad que piensa así, todo enfermo que sufre, es, finalmente, un muerto en vida.

Gustavo Turecki, director del Departamento de Psiquiatría en la Universidad de McGill (Canadá), investiga sobre la correlación entre el suicidio (no asistido) y la depresión. Aunque no todas las personas que padecen depresión se suicidan, la evidencia científica ha comprobado que entre un 60 a un 90 por ciento de los casos de suicidio se debieron a síntomas de depresión.

Padecer una enfermedad de largo aliento genera trastornos del ánimo que no sólo coartan la libertad física de una persona, sino también que alteran su estado emocional. Por lo tanto, la depresión es una mala compañera, porque enclaustra al paciente en su dolor, aumenta su sensación de soledad y lo obliga a cuestionarse si su existencia es valiosa no sólo para sí mismo, sino también para los demás.

Aplicar la eutanasia no es fácil. Ni siquiera en aquellos países adonde existe desde hace más de 15 años, como Holanda. El caso de una mujer que padeció anorexia durante 30 años, tratada sin éxito, con todos los medios conocidos, pidió morir durante 5 años. Finalmente, su psiquiatra otorgó el consentimiento. No me puedo ni quiero imaginar la agonizante y solitaria espera de esa holandesa a quien la medicina no pudo salvar.

¿Hasta adónde debe llegar el médico para tratar al paciente? Pablo Requena, médico, profesor de Bioética de la Universitá della Santa Croce y teólogo, acaba de publicar un libro cuyo título es bastante provocador: “¡Doctor no haga todo lo posible!” En él deja en claro que la eutanasia, aunque no es parte de la medicina, sí lo es la petición de la misma, porque es un llamado de alerta de que hay algo que no se está consiguiendo afrontar de modo adecuado. El académico es realista cuando expresa que la medicina no puede resolver todos los problemas existenciales del paciente, pero que sí podrá ayudar, a la gran mayoría de ellos, a superar los síntomas que lo obligan a convivir con una carga sobrecogedora, debido a su enfermedad.

Concluyo con la revolución que provocó el médico Hipócrates, quien quiso ver más allá de las convenciones sociales al redactar un Juramento (aún vigente) que entregó criterios éticos esenciales en la Antigua Grecia de su tiempo, donde el suicidio era, en ciertas circunstancias, socialmente aceptado. Para el griego, los médicos deben, en primer término, establecer una relación de confianza con sus pacientes, por lo que no deben promover el suicidio, sino todo lo contrario. Porque cuando más enfermo se está es cuando más se necesitan lazos que trascienden a lo meramente físico.

Es por eso que, aunque no se puedan acabar con todos los sufrimientos asociados a una larga enfermedad, la entrega, compañía, paciencia, generosidad y fortaleza de un médico a lo largo de un arduo camino, previo a la muerte, es lo que finalmente demostrará cuán humana debe ser la medicina, hasta el último suspiro.

@LaPolaSchmidt

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