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Publicado el 21 de junio, 2019

Paula Schmidt: El entrelíneas del cambio de gabinete

Periodista y Licenciada en Historia Paula Schmidt

La decisión del Presidente Piñera de cambiar a sus ministros demostró dos cosas: cómo un gobierno se consume fácilmente cuando sólo desea demostrar resultados y que la actual administración ha sido incapaz de lograr que la ciudadanía confíe en su proyecto.

Paula Schmidt Periodista y Licenciada en Historia
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Para todo gobernante, realizar un cambio de gabinete no sólo es complejo y desgastante, sino además una tarea muy solitaria, ya que sólo el tiempo le confirmará si su decisión fue la correcta para alcanzar sus objetivos y perpetuar la mística de sus colaboradores.

El clima político tras el segundo cambio de gabinete de Sebastián Piñera fue de pocas sonrisas y mucha desazón. Las críticas de la oposición, además de clásicas, suelen ser más que predecibles. Sin embargo, las provenientes de Chile Vamos manifiestan que algo no anda del todo bien en el engranaje de la centroderecha.

Por otra parte, adosado al cambio vinieron los resultados de la encuesta CEP. 50% de rechazo para el Presidente y una baja evaluación de su gobierno en ámbitos importantes para los chilenos, tales como delincuencia, pensiones, salud y educación.

Es por eso que, a mi modo de ver, el entrelíneas del cambio de gabinete demostró dos cosas: cómo un gobierno se consume fácilmente cuando sólo desea demostrar resultados y que la actual administración ha sido incapaz de lograr que la ciudadanía confíe en su proyecto.

Para la mayoría de los chilenos, la figura de Sebastián Piñera sigue siendo la de un gran administrador. Ejecutivo, eficaz, resuelto y empeñoso. Trabajando desde temprano para “poner en marcha” al país y rodeado por ese “círculo de hierro” que tantos reprochan, pero que a su vez quisieran integrar.

A diferencia del gran nerviosismo que produjo el cambio de gabinete al interior de La Monedo, éste no generó mayor entusiasmo ni logró aumentar las expectativas de la ciudadanía. En parte, porque hoy existe poco compromiso hacia la clase política y también porque pareciera ser que su único gran talento es permanecer autosustentable en el tiempo. No obstante, aún hay tiempo (aunque poco) para que la centroderecha eleve la confianza social concentrándose no sólo en administrar, sino también en gobernar a un país que hoy se adhiere más a sus ideas que a los de sus opositores. Para esto, recomiendo leer el informe, “¿Malestar en Chile?”, publicado por el CEP en 2017. Una radiografía interesante sobre esa esquiva clase media, a la que todos quieren conquistar y que, además, entrega luces sobre los valores culturales y sociales que permean al chileno actual.

Por otra parte, a diferencia de lo ocurre para demostrar resultados en economía, los de la política requieren de más tiempo. Es por eso que un proyecto de gobierno depende de una exhaustiva coordinación entre sus miembros para que el progreso, aunque lento, sea continuo. Sin embargo, la tentación que sobrevino a varios representantes de Chile Vamos para ventilar sus críticas tras el último cambio de gabinete no sólo reforzó los prejuicios que se tienen sobre los políticos, sino que, además, debilitaron el liderazgo y la labor del Ejecutivo.

Por último, tras la elección presidencial de 2017, pareciera ser que los chilenos fueron conscientes de que para redireccionar al país se necesitaría tenacidad, estructura, orden y pragmatismo, pero para que un programa de gobierno logre sembrar a largo plazo y proyectar electoralmente a su sector también deberá conquistar la lealtad, el compromiso y la confianza no sólo de asesores, ministros o círculos de hierro, sino de todos quienes se sitúan mucho más allá de los muros de La Moneda.

@LaPolaSchmidt

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