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Publicado el 19 de julio, 2018

Paul Pogba y el sentimiento nacional

Periodista Juan Ignacio Brito
No es raro que la identificación nacional consiga adeptos en un ambiente en el que se han diluido las certezas y los marcos de referencia, donde una parte importante de la opinión pública percibe riesgos asociados a una mundialización económica, política y cultural que, al mismo tiempo que atrae con adelantos y nuevas formas, parece amenazar su fuente laboral, su modo de vida y aquellos usos y vínculos que le resultan más entrañables.
Juan Ignacio Brito Periodista
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“Vive la France!”, grita el futbolista Paul Pogba a los millones de personas que lo siguen en Instagram. El hijo de padres guineanos que creció en la banlieue, que dormía junto sus hermanos y padres en una misma cama y no tenía ropa que ponerse, el musulmán creyente que peregrina a La Meca, se acaba de titular campeón del mundo y no tiene complejos para proclamar su orgullo por representar al país que acogió a su familia a principios de los 90 y donde él nació en 1993.

Millones de franceses lo aclaman, junto al “equipo plural” triunfador en la Copa del Mundo 2018. No son pocos los que vuelven a hablar, tal como ocurrió cuando Francia ganó por primera el Mundial en 1998, de una escuadra “tres B” (black, blanc et beur, anglicismo incluido) en referencia a los jugadores de ascendencia africana, europea y magrebí que la integran. Algo similar se podría sostener respecto de las selecciones de Bélgica, Suiza, Portugal o Alemania.

Las lágrimas de los aficionados y la emoción de los jugadores permiten deducir que está en juego la porfiada fortaleza del nacionalismo en una época de globalización.

Son menos, en cambio, los que reparan en otro dato relevante que ha sido posible apreciar durante el Mundial en Rusia y que queda en evidencia con anécdotas como la patriótica celebración francófila de Pogba: la identificación de hinchas y jugadores con sus respectivos equipos vuelve a subrayar una vez más el intenso sentimiento nacionalista que aún permea a millones de ciudadanos que se conmueven al interpretar a todo pulmón el himno nacional, visten los colores patrios, se pintan la bandera en el rostro y apoyan a sus cracks sin importar su origen étnico o credo religioso.

Las lágrimas de los aficionados y la emoción de los jugadores sin duda van más allá de la pasión futbolera. La fuerza de sus expresiones permite deducir que hay en juego algo más profundo que una simple preferencia deportiva: la porfiada fortaleza del nacionalismo en una época de globalización.

Hay quienes, como Mario Vargas Llosa, se han dedicado a atacar el sentimiento nacional, acusándolo de ser una peligrosa rémora que sólo conduce al conflicto. “El nacionalismo es inevitablemente autoritario y reñido con la libertad; es tóxico”, ha señalado el Premio Nobel de Literatura. No es raro que así opine. Ex comunista y ahora declarado liberal, Vargas Llosa encarna la visión de las ideologías ilustradas —el socialismo y el liberalismo— que sospechan del nacionalismo porque éste hunde sus raíces justamente en lo que ellas pretenden desterrar: la tradición, la territorialidad y, a menudo, la religión. El rechazo visceral de nuestras élites a cualquier doctrina que suponga apego a certezas se manifiesta también en el repudio al nacionalismo.

Condena previa
Aunque no todos los nacionalismos caben en el mismo saco y cada uno se expresa de manera propia, la tendencia general de los medios y los líderes de la élite globalizada ha sido condenar sin más y evitar el análisis. Con insistencia se repite el mantra de que el nacionalismo y quienes lo postulan son xenófobos, racistas, ignorantes, simplones, violentos y patrioteros chovinistas. El grito en su contra es tan fuerte, que casi no deja espacio para oír voces disidentes, pues el espacio está prácticamente copado. Quien postule una visión alternativa pagará las consecuencias de su temeridad: será condenado por el tribunal de los biempensantes sin que sus argumentos sean escuchados y sin que se hayan presentado pruebas en su contra.

No es raro que la identificación nacional consiga adeptos en un ambiente en el que se han diluido las certezas y los marcos de referencia

Por supuesto, es este un tratamiento indigno de una cultura que dice valorar el debate abierto y la tolerancia. La paradoja genera una obvia dificultad, porque confirma prejuicios allí donde deberían imperar los intentos por comprender, buscar causas, establecer matices y dar cuenta cabal de un fenómeno que, pese a todas las diatribas, sigue cohabitando con expresiones modernizadoras de distinto signo.

Si los críticos automáticos mostraran al menos alguna disposición al análisis, quizás descubrirían que las razones que explican la testaruda fortaleza del apego nacional pueden hoy atribuirse en buena medida a las debilidades del proyecto globalizador y a la pérdida de referencias que supone la modernidad. No es raro que la identificación nacional consiga adeptos en un ambiente en el que se han diluido las certezas y los marcos de referencia, donde una parte importante de la opinión pública percibe riesgos asociados a una mundialización económica, política y cultural que, al mismo tiempo que atrae con adelantos y nuevas formas, parece amenazar su fuente laboral, su modo de vida y aquellos usos y vínculos que le resultan más entrañables. Frente a la incertidumbre y el desarraigo existencial que parecen reinar hoy en un sinfín de dimensiones, el retorno al abrigo de aquello que es conocido y familiar no es más que una respuesta natural.

Una auténtica democracia constitucional, donde gobiernen las mayorías con respeto a los derechos de las minorías, sólo es pensable en un Estado nacional.

Si quisieran prestar más atención, los críticos también podrían llegar a advertir que el Estado nacional, lejos de representar una amenaza a la estabilidad, ofrece las mejores condiciones para garantizar el respeto a los derechos humanos y la preocupación efectiva por los problemas concretos de la población, en especial la menos influyente y la que no recibe los beneficios de la globalización. Es una ilusión creer que los grandes actores transnacionales poseen los recursos, las ganas y la sensibilidad para ocuparse de asuntos cercanos a las necesidades locales de la ciudadanía. Solo dentro de los límites del Estado nacional puede existir la voluntad real de atender ese tipo de cuestiones con eficiencia y solicitud. Una auténtica democracia constitucional, donde gobiernen las mayorías con respeto a los derechos de las minorías, sólo es pensable en un Estado nacional. Los evidentes problemas que sufre la Unión Europea para subsanar su déficit democrático deberían servir como una advertencia al respecto.

Así que el gran Paul Pogba no anda nada de perdido cuando se enorgullece de su país y comparte su alegría con miles de franceses que ondean exultantes la tricolor al paso de Les Bleus. Todos comparten el entusiasmo de haber ganado la Copa del Mundo y el orgullo de pertenecer a una de las naciones más reconocibles del escenario global. Vive la France!

Juan Ignacio Brito, periodista

 

FOTO: FRANCISCA CARLINI/AGENCIAUNO

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