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Publicado el 18 septiembre, 2020

Patricio Navia: Trump, Bolsonaro y la nueva constitución

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

Tal como los estadounidenses y los brasileños se enceguecieron con la alternativa de escoger a quienes prometían refundar sus democracias y pasar a retiro a la vieja clase política, muchos chilenos están embriagados con la idea de que una nueva constitución vendrá a solucionar los problemas que enfrenta el país.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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Las sorpresivas llegadas al poder de Donald Trump en Estados Unidos en 2016 y Jair Bolsonaro en Brasil en 2018 comparten un factor común. En ambos casos, los candidatos se presentaron como foráneos al desacreditado sistema político de sus países y lograron convencer a un porcentaje importante del electorado que ellos tenían la receta mágica para solucionar los problemas que enfrentaban.

En ese sentido, la campaña a favor de una nueva constitución en Chile se parece a los fenómenos de Trump y Bolsonaro. Para muchos chilenos, la nueva constitución funciona como un símbolo de su voluntad de querer remplazar a la actual clase política y, sobre todo, se ha convertido en una especie de receta mágica que busque solucionar todos los problemas que enfrenta el país. Pero en los casos de Trump y Bolsonaro, sus gobiernos han exacerbado los problemas que enfrentaban antes de su llegada al poder. Porque en política las balas de plata no existen y porque esos deseos de refundarlo todo y empezar de nuevo solo terminan en profundizar más los problemas que se quieren solucionar, el proceso constituyente en Chile nos llevará por el mismo camino de las decepcionantes experiencias de Trump y Bolsonaro en sus países.

Una de las frases que más se repetían entre los partidarios de Trump y de Bolsonaro cuando eran candidatos era que las cosas estaban tan mal que era difícil que pudieran estar peor. Decepcionados con la política y cansados de las caras de siempre, muchos estadounidenses y brasileños se dejaron seducir por los cantos de sirena y la retórica de cambio radical que caracterizaron las campañas de los ahora presidentes. Pero como la política cambia de forma, pero no de fondo, una vez en el poder, Trump y Bolsonaro echaron mano de las mismas estrategias de los políticos tradicional que los votantes rechazaban. Sin entender que la política es como la recolección de basura, los votantes querían camiones y uniformes limpios, pero al poco andar se dieron cuenta de que la pureza y la política no van de la mano.

En Chile, muchos ilusamente argumentan que nada puede ser peor que una constitución impuesta por la fuerza en dictadura. Pese a que la historia repetidas veces ha demostrado que las cosas siempre pueden empeorar, algunos se niegan a considerar la posibilidad de que, con todas sus debilidades, el orden constitucional que hoy nos rige pudiera ser superior al que resulte del proceso constituyente. Abundan las razones para pensar que las cosas pueden salir mal. Las reglas del proceso están mal diseñadas. Tendremos proceso constituyente a la par de una campaña presidencial. Por las reglas electorales, habrá muchos miembros de la convención constituyente que habrán recibido una cantidad ínfima de votos (y muchos otros que, habiendo recibido más votos, quedarán excluidos). El requisito de mayoría de dos tercios para lograr acuerdos hará que, en vez de producir una constitución minimalista, la convención termine redactando un texto que parezca un árbol de navidad o un ekeko. Por cierto, en ningún país que ha vivido un proceso constituyente la nueva constitución ha sido más corta que aquella que remplaza.

Las contradicciones de la constitución convertirán al órgano que dirima controversias constitucionales (el equivalente del Tribunal Constitucional) en el ente más importante en los próximos años. La incertidumbre que reinará entre octubre y el momento de la promulgación de la nueva constitución (¿septiembre de 2022?) aumentará cuando se judicialicen los debates sobre las interpretaciones que se hagan de los preceptos de la nueva constitución.

Pese a la evidencia comparada que se acumula y a las claras señales de que el proceso constituyente no está yendo por buen camino —las demandas por cambios, reformas y perfeccionamientos siguen incluso ahora que ya estamos en pleno proceso de campaña para el plebiscito—, el buenismo imperante en muchos los lleva a insistir en que todo va a salir bien simplemente porque sería hermoso que Chile fuera el único país del mundo que logra que un proceso constituyente produzca un texto más simple, corto y conciso que el anterior.

Pero igual que los estadounidenses (aunque no una mayoría) y los brasileños se enceguecieron con la alternativa de escoger a Trump y Bolsonaro para buscar refundar sus democracias y pasar a retiro a la vieja clase política, muchos chilenos están embriagados con la idea de que una nueva constitución vendrá a solucionar los problemas que enfrenta el país. En vez de aprender la lección de que las recetas mágicas no existen y que la mejor forma de construir un mejor futuro es haciéndolo sobre las cosas que antes se han hecho bien, muchos chilenos avanzan hacia el plebiscito del 25 de octubre con el mismo irracional entusiasmo en probar esa receta mágica que promete curar, con el simple ejercicio del voto, todos los males que aquejan a la sociedad.

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