Nunca es bueno ser impopular. Pero ser impopular pocos meses después de que una amplia mayoría de los votantes te convirtió en el Presidente de la República más joven en la historia reciente del país probablemente golpearía el ánimo incluso del político con más tolerancia a la frustración. Precisamente porque la popularidad presidencial ayuda a que los legisladores se ordenen detrás de las prioridades del gobierno, el Presidente Gabriel Boric pasa por un momento complejo. Además de tener que lidiar con la difícil realidad de que su desempeño es tan rechazado como el de su predecesor (a quien él mismo amenazó con perseguir legalmente), Boric debe entender, aunque no lo explicite, que las probabilidades de éxito de sus reformas disminuyen ahora que hasta los legisladores oficialistas comienzan a marcar distancia de La Moneda.

Nunca es fácil ser Presidente de la República. Hasta los políticos experimentados deben aceptar que es más difícil estar en el sillón presidencial que disparar desde la posición de legislador de oposición. Pero los vientos en contra que ha tenido Boric parecen haber causado un daño especialmente notorio en el estado de ánimo del Presidente y de su coalición de gobierno. Después de la inapelable derrota del Apruebo en el plebiscito del 4 de septiembre, el gobierno ha oscilado entre aceptar la realidad de ser una administración minoritaria en el Congreso, y en la opinión pública, y el voluntarismo de querer volver a disfrutar esa sensación de victoria histórica que embriagó a su sector entre el estallido social de 2019 y las elecciones presidenciales de 2021. 

Pero como la realidad siempre se termina imponiendo, Boric deberá replegar sus fuerzas y centrar su estrategia en intentar lograr un par de victorias importantes. El ambicioso programa de gobierno —con sus aires refundacionales, el buenismo excesivo, y la inocencia de aquel que cree que el mundo comienza cuando llega al poder— debe ser puesto en el baúl de los recuerdos y la autoridad debe abocarse a enfrentar los problemas que hoy afligen a los chilenos y no los problemas que ellos consideraban —y tal vez todavía consideran— prioritarios. 

Por eso, aunque Boric todavía quiera reemplazar la constitución de Pinochet y sepultar al neoliberalismo, las urgencias a las que debe abocarse el gobierno tienen más que ver con la delincuencia desatada y la inflación que sigue golpeando con fuerza la capacidad de consumo de las familias del país. 

Como los legisladores son animales políticos que se alejan convenientemente del gobierno cuando la gente rechaza la forma en que el Presidente lo maneja, la disponibilidad del Congreso para trabajar con La Moneda depende de que Boric redefina sus prioridades. Si la gente tiene fatiga constitucional, los legisladores no se apurarán en alcanzar un acuerdo constitucional esta semana, o este mes, o incluso antes de fin de año. Por eso, el gobierno pierde el tiempo y energía cuando insiste en que el proceso constituyente debe ser una prioridad. Después de perder tres años fumando el opio del proceso constituyente, la gente quiere rehabilitarse. Es cierto que hay apoyo para una nueva constitución, pero igual que cuando la remodelación de la casa salió mal, todos saben que hay que hacerlo bien, pero nadie quiere volver a tener la casa llena de maestros por un periodo largo. 

Por su parte, el Congreso estará más que dispuesto a pegarle al gobierno por no hacer lo suficiente para controlar la delincuencia, por no tener un plan para mejorar la asistencia de los niños a los colegios y por no ser capaz de atraer inversión extranjera que ayude a generar el empleo que tanto necesitan los chilenos, especialmente los más jóvenes. 

Para empeorar las cosas, si en 2019 el Frente Amplio se sumó a la falacia del “no son 30 pesos, son 30 años”, el gobierno deberá empezar a preparar el terreno para anunciarle a la gente que el aumento en el precio del transporte público en la capital será bastante mayor a los 30 pesos, mientras que el crecimiento y la creación de empleo no estarán ni cerca de lo que gozamos los chilenos en los 30 años de la democracia que tanto demonizó el Frente Amplio. 

Afortunadamente para el gobierno, hay una noticia buena. La gente quiere una reforma que mejore las pensiones. Aunque el gobierno sea impopular, las AFP son todavía menos populares. Así que pelearse con las AFP es una estrategia ganadora para el gobierno. Pero La Moneda debe ser cuidadosa. Por un lado, no puede mejorar las pensiones si no genera más recursos y, por otro, la gente no quiere que sus cotizaciones mensuales vayan a un fondo solidario. La gente rechaza a las AFP, pero apoya el concepto de cuentas de ahorro personal, individual y heredables. Si el gobierno quiere reconstruirse a partir de la reforma previsional, debe alejarse de la idea de hacer solidaridad intergeneracional con el 6% adicional de cotizaciones mensuales y en cambio debe centrarse en introducir más competencia en los administradores de los fondos. 

La realidad siempre es dura, pero lo peor es no querer aceptarla. El Presidente Boric debe redefinir su agenda y aceptar que, dados los vientos en contra, solo podrá obtener un par de victorias en los 3 años que le quedan en el poder. Por suerte para él, la reforma de pensiones es una gran oportunidad, siempre y cuando entienda que debe hacer la reforma que la gente quiere y no la reforma con la que él siempre soñó. 

*Patricio Navia es Doctor en Ciencia Política y profesor de la UDP.

Patricio Navia

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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