El principal problema que tiene hoy el Presidente Gabriel Boric es que se ha quedado sin agenda. Mientras el proceso constituyente está siendo controlado por el Poder Legislativo, las reformas tributarias y de pensiones están en manos del Ministro de Hacienda y la delincuencia es una papa caliente de la que nadie se quiere hacer cargo, Boric ha quedado reducido a una caricatura de sí mismo.

El Presidente que no usa corbata y que anda desarreglado por la vida, recitando poesías y hablando con si fuera Gael García Bernal en el papel de Che Guevara en la película Diarios de Motocicleta, carece de una agenda que la gente asocie con su gestión, liderazgo e iniciativa. Al convertirse en una figura que genera más simpatía que respeto, que está siempre dispuesto a reconocer errores sin renunciar a ese cuestionable pedestal de superioridad moral en el que injustificadamente se subió desde que era un líder estudiantil, Boric se ha convertido en el Presidente menos trascendente en la política chilena desde el retorno a la democracia en 1990.

Cuando ganó la segunda vuelta de la elección presidencial en diciembre de 2021, aparecía como una señal inequívoca de recambio en la política chilena. Nacido en febrero de 1986, Boric había irrumpido en la vida política del país durante las protestas estudiantiles de 2011, cuando cursaba Derecho en la Universidad de Chile. A fines de 2013 ganó un escaño representando a su región, Magallanes, en la Cámara de Diputados, como independiente. En 2017, ganó la reelección y, junto a su amigo y compañero de ruta, Giorgio Jackson, formó el Frente Amplio y levantaron la candidatura presidencial de Beatriz Sánchez, que obtuvo el tercer lugar, con un respetable 20,3% de la votación, apenas por debajo del candidato del PS/PPD y PR, Alejandro Guillier (22.7%). Con un senador y 20 diputados, el Frente Amplio se constituyó en una fuerza relevante en el paisaje político del país. 

En 2021, Boric sorpresivamente derrotó al alcalde de Recoleta, el comunista Daniel Jadue, para convertirse en el abanderado presidencial de Apruebo Dignidad, la coalición compuesta por el PC y el Frente Amplio. Porque la Nueva Mayoría y el PDC demostraron total incapacidad para organizar sus propias primarias y porque el candidato ganador de las primarias de la coalición de derecha, Sebastián Sichel, terminó cavando su propia tumba electoral, Boric pasó a la segunda vuelta. Enfrentando al radical de derecha José Antonio Kast, obtuvo una cómoda ventaja. 

Pero la meteórica llegada al lugar más alto en la política nacional de Boric fue seguida por una caída igualmente apoteósica. A los seis meses de haber asumido el poder, la aplastante victoria del Rechazo en el plebiscito constitucional propinó una derrota de tal magnitud al proyecto refundacional del Gobierno que, a casi cuatro meses de esa votación, el Ejecutivo y el Presidente todavía no pueden volver a ponerse de pie. 

Porque se convirtió en el líder de facto de la campaña del Apruebo, pero nunca pudo lograr que la Convención Constitucional moderara el texto de su propuesta, Boric terminó pagando los costos de los errores ajenos y de su propia omisión. Su incapacidad para entender que él era quien debía guiar el proceso de transformación del país lo llevó primero a nombrar a Mario Marcel, un ministro que, desde antes de asumir, se convirtió en un chaperón cuya principal tarea era convertirse en el adulto en la sala repleta de adultos jóvenes que todavía eran incapaces de transitar desde la lógica de líder estudiantil a la realidad de políticos que debían asumir responsabilidades de adultos. 

La resistencia de Boric a ponerse corbata no fue solo una cuestión de moda o de respeto a las tradiciones. La obsesión por no usar corbata era la reafirmación de que seguía siendo un líder estudiantil.

La crisis de seguridad que se profundizó bajo su presidencia, la incapacidad de su Gobierno para hacerse cargo de la crisis migratoria, y la nula habilidad del Presidente para poner paños fríos a los temores de los actores económicos fueron señales tempranas de que Boric no tenía dedos para el piano.

Pero la negación dominante en buena parte del Frente Amplio de que la política es el arte de negociar con personas que piensan distinto y forjar acuerdos con gente con la que no se comparte la misma visión de mundo terminó por hundir al Gobierno en su propia mentira de que basta con saber lo que no te gusta (los 30 años) para ser capaz de construir un nuevo y mejor país. 

Ahora que se termina el 2022, Boric se encuentra atrapado en el segundo piso de un palacio de gobierno que manejan, desde el primer piso, las ministras Carolina Tohá y Ana Lya Uriarte, y desde Teatinos 120, Mario Marcel. En el Congreso, el PS, PPD y PC roncan, mientras los legisladores del Frente Amplio regularmente caen en el rol que mejor saben hacer, ser la oposición desde la izquierda.

El Presidente que llegó a fundar un nuevo Chile se ha jibarizado al punto que solo hace noticia cuando recita un poema o diserta sobre algún tema que parece haber aprendido hace poco (como la importancia de Patricio Aylwin y su generación en la política nacional). Pero por sobre todo, la ausencia de una agenda que le de un norte a su Gobierno convierten a Gabriel Boric en la principal decepción que tuvo el país en 2022. 

*Patricio Navia es Doctor en Ciencia Política y profesor de la UDP.

Patricio Navia

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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