La inoportuna idea del Presidente Gabriel Boric de retrasar la ratificación del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (más conocido en Chile como TPP-11) refleja tanto la incomprensión del gobierno sobre los beneficios de ser un país que respeta las reglas del juego político como su profunda incapacidad de aceptar las derrotas y pasar la página. Como es improbable que los países más importantes que integran el tratado acepten firmar acuerdos paralelos (las llamadas side letters) que eximan a Chile de algunas de las obligaciones que impone, Boric no solo alarga el sufrimiento de esta dolorosa derrota para su gobierno, sino que también se arriesga a sumar nuevos fracasos al discreto legado que ha construido en estos siete meses en el poder.

Incomprensiblemente, el Frente Amplio—y el propio Boric, cuando era diputado de extrema izquierda—optó por montar una firme oposición al TPP-11. Pese a la evidencia acumulada respecto a lo beneficioso que ha resultado para Chile adoptar políticas de mercados abiertos y a ser un líder mundial en la firma de acuerdos de libre comercio, Boric y sus aliados mostraron que, aunque jóvenes, se aferran a ideas viejas que nunca funcionaron en Chile. El sueño de la industrialización sostenida en políticas proteccionistas—lo que en los años 60 se conocía como el modelo de sustitución de importaciones—trajo más frustraciones que éxitos a las economías latinoamericanas. Los países que adoptaron esas políticas se hicieron menos competitivos. Los principales beneficiados, en cambio, fueron los dueños de las empresas en los sectores protegidos y un número reducido de trabajadores que eran parte de esas industrias. La gran mayoría de los chilenos, en tanto consumidores de esos productos de menor calidad y mayor precio que los que se podían conseguir en los mercados abiertos, terminaron subsidiando industrias ineficientes al pagar precios más altos por bienes que en otros países se podían conseguir más baratos.

Pero como el gobierno del Frente Amplio siempre opta por mantener sus dogmas cuando se enfrenta a evidencia que muestra lo errado de sus creencias, el Presidente Boric ha abrazado un modelo de desarrollo que no ha funcionado nunca en América Latina. Creer que en Chile iba a funcionar algo que no funcionó en ninguna parte en la región nos llevó al papelón de perder tres años en un proceso constituyente que volvió a fojas cero. 

Por eso, pese a que el Senado votó por amplia mayoría a favor de la ratificación del TPP-11, con votos a favor de importantes senadores socialistas, La Moneda ha optado por arrastrar los pies y condicionar el necesario—y obligatorio—acto de ratificación del TPP-11 a que algunos (no sabemos cuántos) países acepten firmar side letters con Chile para eximir a nuestro país de algunos de los artículos que molestan al gobierno. Los artículos se refieren a la capacidad del Estado para impulsar la creación de empresas públicas y los derechos de empresas extranjeras de demandar al Estado chileno en caso de trato discriminatorio arbitrario. Pero, con o sin tratado, la creación de empresas públicas es una mala idea que tiende a producir elefantes blancos que desangran las arcas fiscales (mencionar el caso de Codelco es solo la excepción que confirma la regla—y Codelco igual tiene costos de producción mayores que empresas comparables que operan yacimientos comparables). 

La mala noticia para Boric es que es improbable que los países más importantes que han firmado el tratado acepten negociar las side letters que quiere el gobierno. Por eso, de poco sirve que haya uno o dos países que acepten las condiciones que quiere imponer Chile si los más importantes no lo hacen. Al obstinarse en querer conseguir un gol del honor en lo que es una incuestionable derrota política, el Presidente Boric se ha puesto en la incómoda posición que brillantemente describió García Márquez en El coronel no tiene quién le escriba. En la novela, un coronel jubilado que había participado de la guerra de los mil días, a comienzos del siglo XX en Colombia, semanalmente visitaba el correo del puerto esperando el arribo de una carta que le informara la asignación de una pensión de veterano de guerra. (Spoiler: la carta nunca llega). La espera de esa carta se convierte en el norte de la vida del frustrado coronel.

Al condicionar la ratificación del TPP-11 a la firma de algunas side letters, el Presidente Boric también se ha puesto en la compleja posición de depender de la voluntad de otros países que firmaron el tratado para intentar anotarse un gol de consuelo en este partido que ya perdió. El TPP-11 ya fue ratificado por el Senado. Más temprano que tarde, Boric deberá registrar la ratificación para incorporar a Chile al tratado. Mientras más se demore en hacerlo, más alargará el presidente su sufrimiento por esta derrota política. 

Es más, ahora que ha apostado a anotar un gol del honor en esta derrota, el gobierno arriesga sumar una nueva derrota a su registro de fracasos en estos 7 meses de gobierno. Como amante de la buena literatura latinoamericana, el Presidente Boric debiera aprender de la lección de vida del mítico personaje del coronel inventado por García Márquez y evitar ponerse en una situación en la que su suerte dependa de lo que decidan hacer otros países. 

Patricio Navia

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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