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Publicado el 11 septiembre, 2020

Patricio Navia: El peor momento para redactar una nueva Constitución

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

Es perfectamente democrático y legítimo que haya discrepancias sobre la necesidad de que el país tenga una nueva constitución. Pero parece obvio que, como sociedad, evitemos elegir el peor momento para realizar el proceso si la mayoría vota por iniciar un proceso constituyente.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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Nunca es un momento óptimo para hacer una nueva Constitución. Pero ciertamente hay momentos peores que otros. El peor de todos es cuando se está desarrollando una campaña presidencial. Independientemente de si uno quiere o no una nueva constitución, el calendario incluido en el diseño electoral trae malos augurios sobre el producto final del proceso constituyente.

Las nuevas constituciones son como tener que cambiarse la dentadura. A veces resulta inevitable hacerlo, pero nunca hay un buen momento para comenzar el proceso. En el caso de Chile, por más que la nueva dentadura tenga un origen ilegítimo y haya sido impuesta por la fuerza, hemos vivido con ella por varias décadas y hemos sido capaces de hacerle mantención e irla mejorando. La dentadura sigue teniendo un origen ilegítimo. Precisamente hoy se cumple un nuevo aniversario, el número 47, del golpe de estado que derrocó al presidente Salvador Allende y terminó con la democracia, imperfecta, pero democracia al fin, que había tenido Chile entre 1932 y 1973. El origen de la Constitución actual es innegablemente ilegítimo. Pero igual que una persona puede seguir usando una dentadura que nos pagó un padre violador, hemos sido capaces de construir una democracia que funciona cada vez mejor. Aunque muchos repitan hasta el hastío lo contrario, Chile también ha logrado reducir la pobreza al punto más bajo en su historia y aumentar las oportunidades. Los indicadores de desigualdad eran, al menos hasta antes del estallido social y de la pandemia, los más bajos en los últimos 40 años.

Con todo, pudiera ser que algunos crean que esta dentadura no da para más y es hora de cambiarla. Aunque discrepo de esa postura, sostengo que las personas razonables que sostienen ese argumento concordarán que hay que buscar el mejor momento para realizar ese complejo procedimiento. Nadie en su sano juicio decide cambiarse la dentadura el mismo día en que va a contraer matrimonio. De igual forma, redactar una nueva constitución en medio de un proceso electoral es una muy mala idea.

Por cierto, también parece obvio que tampoco es conveniente cambiar la dentadura en medio de la pandemia. Es más, aún si la amenaza de salud ya está superada para abril de 2021, la incertidumbre económica que se viene hace inevitable considerar si es razonable incurrir en el costo económico asociado a iniciar un proceso constituyente ahora que el país está en medio de la peor crisis en esa área en 40 años. La inevitable incertidumbre que trae un proceso constituyente hará que, comprensiblemente, muchos actores económicos decidan esperar a ver cómo se viene la mano antes de tomar decisiones de inversión. Pero aún si esas cosas no importaran —o si creemos que el país no puede cambiar la hoja de ruta diseñada, en noviembre de 2019, para frenar la violencia asociada al estallido social, como bien reconociera el entonces ministro del Interior Gonzalo Blumel—, sigue existiendo el problema de que el proceso constituyente en Chile coincidirá con una campaña presidencial.

El peor momento para redactar una nueva constitución es cuando el país está en medio de un proceso electoral presidencial. De hecho, los casos de procesos constituciones en América Latina en las últimas tres décadas se dieron todos bastante antes o inmediatamente después de las elecciones presidenciales. Nunca se redactó una nueva constitución a la par de un proceso electoral. En varios casos, el proceso constituyente culminó con la realización de nuevas elecciones, para que así la nueva constitución pudiera entrar en vigencia junto a la toma de poder de nuevas autoridades.

En el caso de Chile, el proceso constituyente estipula que la convención constitucional comenzará su trabajo al mismo tiempo que se inicia la campaña para las primarias presidenciales de julio de 2021. Es más, además de lo inconveniente que resulta que las elecciones presidenciales de noviembre y diciembre se realicen mientras está sesionando la convención constituyente, el nuevo presidente y nuevo congreso asumirán su cargo en marzo de 2022, tres meses antes de que termine su trabajo la convención constituyente y 5 o 6 meses antes de que se realice el plebiscito de salida para que los chilenos decidan si aceptan o rechazan la propuesta de nueva constitución.

Es perfectamente democrático y legítimo que haya discrepancias sobre la necesidad de que el país tenga una nueva constitución. Pero parece obvio que, como sociedad, evitemos elegir el peor momento para realizar el proceso si la mayoría vota por iniciar un proceso constituyente. Porque nadie en su sano juicio decide cambiarse la dentadura el mismo día en que se va a casar, la clase política debiera construir un gran acuerdo para evitar que Chile cometa el error de tener un proceso constituyente a la par de una campaña presidencial y para evitar que las nuevas autoridades deban esperar al menos seis meses después de asumir sus cargos antes de que los chilenos puedan decidir si aceptan o rechazan el nuevo texto propuesto por la convención constituyente.

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