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Publicado el 17 de mayo, 2019

Patricio Navia: El enemigo interno del gobierno

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

La forma en que Piñera ha gobernado en su segundo periodo demuestra que la derecha chilena predica un discurso de meritocracia —especialmente en su intento por revertir algunas de las más controversiales reformas que implementó el gobierno de Bachelet. Pero en la forma en que ejerce el gobierno, La Moneda sigue privilegiando una estrategia elitista y excluyente.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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No hay peor enemigo que el enemigo interno. El gobierno del Presidente Sebastián Piñera está en problemas porque ha sido incapaz de practicar lo que predica. La forma en que Piñera ha gobernado en su segundo periodo demuestra que la derecha chilena predica un discurso de meritocracia —especialmente en su intento por revertir algunas de las más controversiales reformas que implementó el gobierno de Bachelet. Pero en la forma en que ejerce el gobierno, La Moneda sigue privilegiando una estrategia elitista y excluyente.

Desde que se inició el gobierno en marzo de 2018, el gobierno ha tropezado reiteradas veces con la misma piedra del nepotismo y amiguismo. Aunque éstos generaron inicialmente suficiente polémica como para que aprendiera la lección, las polémicas recientes parecen dejar en claro que eso no pasó. En días recientes, desde la polémica que se generó producto de la inclusión de los dos hijos del Presidente a la gira a China hasta la forma en que el gobierno manejó el ahora frustrado nombramiento de la jueza Dobra Lusic, da la impresión de que La Moneda simplemente no logra entender que los chilenos se han comprado el ideal de meritocracia y demandan que el gobierno aplique el principio de la igualdad de oportunidades y altos estándares de probidad a todas las decisiones que toma. No hay nada que genere más rechazo entre los chilenos que ver que las reglas aplican de forma diferenciada, favoreciendo a los amigos y discriminando a los que no tienen santos en la corte.

Tanto la inclusión de los hijos del Presidente Piñera a la gira a China como la decisión de nombrar a Lusic a sabiendas de las acusaciones que existían en su contra—y la decisión de mantener ese nombramiento pese a la evidencia que se había acumulado en su contra—reflejan que al gobierno simplemente no le importa practicar el discurso de meritocracia y altos estándares de probidad que predica.

Las instituciones siguen funcionando como si en el país existieran chilenos de primera y segunda categoría.

La sospecha de que, en Chile, la cancha está dispareja no es nueva. Las personas sienten que los poderosos tienen ventajas y regalías en la forma en que son tratados por el Estado —incluido el sistema judicial. En cierto modo, los chilenos parecen creer en el país rige esa vieja máxima atribuida al prócer decimonónico mexicano Benito Juárez: “A los amigos, justicia y gracia. A los enemigos, la ley a secas.”

Pero en un país que ha avanzado a pasos agigantados en consolidación democrática y en el que las demandas ciudadanas cada vez son más exigentes, la respuesta institucional a la demanda por una cancha pareja ha sido demasiado lenta. Las instituciones siguen funcionando como si en el país existieran chilenos de primera y segunda categoría.

En su campaña presidencial de 2017, Sebastián Piñera intentó articular un mensaje de protección e inclusión de la clase media. Después de que el gobierno de Michelle Bachelet se dedicara a realizar reformas que terminaron por golpear a la clase media en sus sueños de movilidad social ascendiente, el programa de Chile Vamos buscó ganar apoyo entre esos sectores medios que se sintieron abandonados y perjudicados por las reformas de Bachelet. Pero la forma en que ha gobernado Chile Vamos ha fallado en reflejar esa prioridad por los derechos de la clase media. El gobierno de Piñera está formado en general por personas que provienen de la elite y que se identifican claramente como tal. Aunque el discurso público para justificar las reformas que impulsa La Moneda muchas veces se articula en términos de defensa e inclusión de la clase media, hay una disonancia evidente entre lo que el gobierno dice y la forma en que se comporta.

Hay múltiples razones que explican los problemas de baja aprobación del Presidente Piñera. La economía no ha funcionado como muchos esperaban. Las expectativas eran demasiado altas. La oposición ha optado por bloquear las iniciativas del gobierno más que cooperar para construir acuerdos. Pero es innegable que parte del problema de este gobierno radica en que, en lo que respecta a la selección de cuadros para altos cargos de gobierno, el gobierno ha sido derrotado por su propio enemigo interno al ser incapaz de practicar lo que predica.

Porque es imposible pretender hacer un gobierno que defienda y represente a la clase media si esta clase media no es partícipe de las decisiones del gobierno y no está debidamente representada en los altos cargos de gobierno, la segunda administración de Piñera arriesga ser menos exitosa que la primera, repitiendo lo que le pasó a sus dos veces predecesora, la ex Presidenta Michelle Bachelet. A menos que el gobierno se la juegue por la defensa de la meritocracia —o bien abandone ese discurso y asuma su condición de gobierno de elite que adopta una actitud paternalista hacia la clase media— la tensión que genera no practicar lo que predica seguirá socavando las bases de credibilidad de esta administración.

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