Como muchos otros días importantes en la historia de Chile, el 18 de octubre de 2019 se ha convertido en un día que divide al país. Para algunos ese día representa el despertar de una ciudadanía que demandaba más derechos sociales, mientras que para otros fue el símbolo de la normalización de la violencia y la celebración de los saqueos y la delincuencia. Por eso, no podemos esperar que el 18 de octubre represente un momento de reencuentro para el país. 

Al igual que el 11 de septiembre, el 18 de octubre ya ha pasado a la historia como un día polémico—celebrado por algunos y lamentado por otros—que lejos de mostrar lo mejor de los chilenos, nos retrotrae a la violencia, la destrucción, el saqueo y la renuncia a los mecanismos de la democracia como la única vía legítima para dirimir las diferencias. En eso, el 18 de octubre se parece mucho al 11 de septiembre, en tanto es un día que representa el fin de un periodo democrático que, con altos y bajos, habíamos construido como país.

En cambio, el 5 de octubre de 1988, permitió abrir las puertas al retorno de la democracia. Aunque un porcentaje importante de los chilenos votó por la continuidad de Pinochet en el poder, con el paso de los años, el 5 de octubre se ha convertido en un día en que Chile votó por reencontrarse y darse a sí mismo la oportunidad de construir un futuro mejor. 

Volviendo al 2019, nadie puede negar que el país en que vivíamos antes del 18 de octubre era un país con menos violencia, más desarrollo y más respeto por la autoridad. Es cierto que también era un país con falencias. A comienzos de octubre de 2019, el gobierno del Presidente Piñera ya había perdido el rumbo. Mientras el país se entusiasmaba con la propuesta de una reducción de la jornada laboral de 45 a 40 horas—por un proyecto promovido por las diputadas comunistas Karol Cariola y Camila Vallejo—La Moneda impulsaba un proyecto de reforma laboral que nunca nadie entendió. La reforma de pensiones estaba en un punto muerto y la reforma tributaria que había prometido Piñera en su campaña de 2021 no iba a ninguna parte. 

La democracia de Chile también tenía problemas. La gente no confiaba en los partidos políticos, los niveles de desconfianza interpersonal seguían en picada y también caía la satisfacción con la democracia. Los motores que habían llevado al país a tener 30 años de desarrollo sostenido iban perdiendo fuerza. La economía ya no crecía con el mismo vigor y la desigualdad apenas disminuía. La migración que se había comenzado a acelerar en el segundo gobierno de Bachelet ya alimentaba un aumento de la pobreza, crisis de vivienda y crecientes niveles de delincuencia. 

El país necesitaba un remezón. 

Pero el estallido social, más que remezón, fue un golpe a la línea de flotación de esa democracia que dejaba demasiadas personas fuera y que era cada vez menos capaz de dar respuesta a los desafíos que se acumulaban para el país. 

La violencia que caracterizó el estallido fue más bien la apertura de una puerta hacia el infierno que la construcción de un puente hacia la tierra prometida. Desde saltarse el torniquete y no pagar el pasaje hasta la destrucción de estaciones de metro, incendios a propiedad pública y privada, múltiples saqueos y violencia contra la policía—con respuesta desmedidamente violenta de la policía—todo lo que rodea al 18 de octubre apunta a la violencia como el camino para solucionar los conflictos

El deseo popular por una mejor calidad de vida, mejores pensiones, más oportunidades, igualdad y fin de los abusos se manifestó en un fuego y un caos que nunca, en ninguna parte y en ningún momento de la historia, han logrado forjar un camino para una sociedad más justa, con un estado de derecho más sólido y una democracia más pujante. 

Si la violencia es la partera de la historia, como dijera Marx, la violencia que se desató el 18 de octubre dio a luz a una sociedad menos democrática, más intolerante, menos respetuosa de los derechos de los otros y menos dispuesta a dialogar y construir en conjunto con personas que piensan distinto. 

De nada sirve tratar de volver al pasado. Al igual que el Chile anterior 11 de septiembre de 1973 no existió más después del golpe, el Chile pre-18 de octubre de 2019 tampoco existe más. 

Afortunadamente, a diferencia de lo que la dictadura que se inició el 11 de septiembre, el octubrismo que celebra la violencia y normaliza los saqueos recibió un rechazo fuerte y claro del electorado el 4 de septiembre recién pasado. Una amplia mayoría de los chilenos rechazó fuerte y claro la propuesta que nació de los hechos que se desencadenaron el 18 de octubre. 

Por eso, aunque el país eventualmente logre concordar una nueva constitución, el texto que remplace a la constitución de Pinochet será promulgado pese a todo lo que ocurrió desde el 18 de octubre y no gracias a ese día que seguirá representando saqueos, violencia y caos. 

La buena noticia es que ahora tenemos una nueva oportunidad para construir un mejor país, con más democracia, más justicia social, más oportunidades, pero también con un estado de derecho que no deje espacio a la violencia, los saqueos y el desorden. 

Nada nos garantiza que lo vayamos a lograr.  Pero al menos comienza a configurarse una mayoría que ahora, a diferencia de octubre de 2019, rechaza la violencia, los saqueos y el caos y defiende la democracia de los votos y las elecciones como el único camino legitimo para forjar un acuerdo que nos represente a todos y que establezca el orden y la paz social.

*Patricio Navia es Doctor en Ciencia Política y profesor de la UDP.

Patricio Navia

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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