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Publicado el 10 de octubre, 2015

“Partidos” por la mitad

El problema es que en nuestro país –con particular notoriedad desde la década anterior- las colectividades abandonaron de forma contumaz su objetivo central y se transformaron en meras maquinarias para alcanzar el poder.
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El creciente deterioro de la democracia en Chile responde en gran medida a la pérdida de legitimidad de las instituciones que resultan fundamentales para su consolidación: los partidos políticos. ¿Y dónde estriba la fuente de esa pérdida de legitimidad? A mi juicio, en un factor que resulta evidente.

Si nos remitimos a las definiciones clásicas de los partidos políticos y el rol que cumplen, como las planteadas por Giovanni Sartori o Maurice Duverger, estas entidades son estructuras estables orientadas a disputar y obtener el poder, cuya principal finalidad es asumir una labor de intermediario entre la sociedad y el Estado. El problema es que en nuestro país –con particular notoriedad desde la década anterior- las colectividades abandonaron de forma contumaz su objetivo central y se transformaron en meras maquinarias para alcanzar el poder. Así, los partidos se volvieron eminentemente cupulares, quebrando el vínculo natural que debían mantener con la ciudadanía, disrupción que incluso se extendió a sus propias bases militantes.

El resultado de este proceso es que las tiendas políticas dejaron de representar y administrar los múltiples intereses y demandas de los chilenos, para concentrarse solamente en estrategias de conservación del poder, instrumentalizando de paso su relación con los electores. Esto llevó a su vez a un vaciamiento de la política en cuanto a sus contenidos y al debate en torno a las políticas públicas, donde la doctrina y las convicciones se convirtieron en un adorno de vitrina. El ejemplo más claro de esto es que hoy tenemos colectividades que en sus nombres se definen como democráticas, pero que son incapaces de promover la competencia dentro de sus estructuras; mientras que otras dicen defender valores cristianos, pero están abiertas a aprobar el aborto en tres causales.

Esa falta de consistencia entre los principios que dicen representar, y lo que en la práctica terminan respaldando y promoviendo, ha contribuido a amplificar el divorcio de los partidos con la ciudadanía, a tal punto, que son cada vez más los dirigentes políticos que prefieren presentarse a las elecciones sin aparecer vinculados a sus respectivas colectividades, por el perjuicio que ello supone para sus aspiraciones. El reciente movimiento lanzado por alcaldes de oposición de cara a las municipales del próximo año es un reflejo de lo deteriorado que están los partidos políticos.

En la actualidad estas instituciones están partidas en dos: por un lado las cúpulas, compuestas por pequeños lotes de dirigentes que se reparten (no compiten) el poder al interior de los partidos; y por otro lado los militantes de base y el resto de la ciudadanía, que en su gran mayoría ya no los consideran una instancia legítima de intermediación con el Estado. De aquí nace el temor de los partidos a la propuesta de refichar a todos los militantes para poder recibir financiamiento público, porque saben que los números que manejan en la actualidad no son reales, y temen que una medida así deje al descubierto la precariedad del sistema de partidos en Chile.

Revertir este escenario y recomponer las confianzas con la ciudadanía es un proceso que no será sencillo pero que es posible alcanzar en la medida que exista la voluntad –con medidas concretas- de perfeccionar y modernizar las colectividades. Entre ellas está disminuir las barreras de entrada para que los ciudadanos puedan acceder a participar en las instancias partidistas; transparentar los procesos internos tanto políticos como administrativos, facilitando así el accountability; fomentar la competencia para aspirar a los cargos internos y de elección popular; y establecer incentivos para promover entidades institucionalmente sólidas.

Este último aspecto resulta muy relevante en el actual debate, ya que si se reducen los requisitos para constituir un partido –como algunos pretenden- y a la vez se promueve el financiamiento público de las colectividades, se corre el riesgo de que la conformación de nuevos partidos sea vista como un negocio más que como un proyecto colectivo, donde primen los caudillismos y no los liderazgos que el país requiere para sortear la actual crisis de legitimidad.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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