Los partidos políticos chilenos, y al parecer en el mundo, no gozan de espléndida salud y su prestigio se encuentra a mal traer, como la política misma. Así lo dicen las cifras de valoración ciudadana de las instituciones, que los sitúan en los últimos lugares de la estima pública, así como la baja continua de militantes y de desaparición de estructuras partidarias de base, comunales o regionales. Sin embargo, gracias a leyes electorales que elevan la vara para competir a los sillones del poder democrático (municipales, regionales, congresuales), los partidos continúan llevándose la parte del león.

El 15 y 16 de mayo de 2021 ese cuadro cambió. La Convención Constitucional elegida resultó compuesta por franjas independientes que hicieron retroceder las listas partidarias; de los 155 convencionales ungidos en las urnas por el 43,4 % del universo electoral chileno, solo 50 fueron abierta y confesamente militantes de partidos. Muchos independientes de varios colores, pero mayoritariamente ubicados en la izquierda, comparten una de las características que está marcando el rumbo de la nueva Constitución; esto es, las motivaciones político-sociales con sentido único y a menudo excluyente, agrupadas en tres grandes temas: feminismo, ecologismo e indigenismo, que se alzan como fundamentos que, hasta ahora, atraviesan gran parte de las normas de la carta constitucional. Son tres temas que arrecian tempestuosamente entre los constituyentes, plegando banderas, doctrinas y razones que deberían tamizar el impulso de estas tres ideas que, es bueno recordar, son parciales, abarcan solo una parte de la múltiple realidad que está en la base de toda construcción social, traducida en eso que se llama nación.

Parcialidad y totalidad, he ahí la gran diferencia entre movimiento y partido. El primero observa y actúa en base a una particular motivación que pretende extenderse y abarcar todo, apenas considerando otros fundamentos que no sean los de su (muchas veces sacra) causa. Más allá de las justas razones medioambientales, hay datos y bases de la economía, de los ingresos, empleo y crecimiento; el horizonte de la necesaria causa de la paridad hombre/mujer debe también considerar los méritos individuales de las personas; y el reconocimiento de los pueblos indígenas debe observar igualmente los derechos de la mayoría nacional que no pertenece a esas etnias. Sin duda movimientos y partidos tendrán desavenencias en su actuar, pues el partido mira a lo general y –al menos en partidos históricos– se inspira en doctrinas políticas y principios de tipo universal, y lo parcial del movimiento independiente chocará con su deber de partido de considerar el todo de la sociedad, y los intereses propios de los demás sectores que reclaman igual atención. ¿Es posible la armonía entre partidos y movimientos?

Claro que sí. No solo es posible, sino también deseable. Para ello, el movimentismo independiente debe reconocer los méritos y necesidad de los partidos como sustento institucional de la democracia que reconoce el sufragio y los derechos políticos como fundamento de sí misma; y que la mirada de conjunto de un partido político es imprescindible a la hora de componer democrática y civilmente los conflictos y colisiones de los intereses de los variados grupos que componen la sociedad.

¿Son necesarios los partidos? La respuesta depende mucho del tipo de partido, de su conexión con la calidad de la democracia y la política, y de su capacidad de gobernanza eficiente. Me temo que bajo la óptica de esas cualidades, varios partidos serían superfluos y su ausencia no impactaría la consistencia política del país. Al lector la incómoda labor de identificarlos.

Los partidos son necesarios, considerando el derecho de participación política “desde abajo” y en forma voluntaria, algo propio de la democracia. Partidos que no se contenten con su periódica presencia en elecciones, sino que prosigan en su ambición de representar –en lo posible y sin violar sus principios– al conjunto de la sociedad y resolver los conflictos, como puentes entre la democracia política y la democracia social, propia de los movimientos y de los ciudadanos independientes. En estos tiempos de confusión de demandas, algunas de ellas violentas y desmesuradas, ese rol es precioso para la integridad social de Chile.

*Fredy Cancino es profesor.

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