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Publicado el 28 de diciembre, 2015

Para qué hacer algo simple si podemos complicarlo

Las complejidades de la reforma supuestamente simplificada solo augura complejidad, inestabilidad jurídica, perjuicio para la economía y mayores costos de fiscalización, situaciones en las que solo pierde el país.
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Ingresó al Congreso el proyecto que “simplifica el sistema de tributación a la renta y perfecciona otras disposiciones legales tributarias” (sic). Es un título fantástico que, sin embargo, enuncia un propósito que no se va a cumplir y enmascara la reforma de la reforma tributaria.

Sinceremos las cosas. El proyecto tiene por objeto nada menos que rehacer sustantivamente la reforma tributaria de 2014 y enmendar otros aspectos de la misma. El gobierno -que ha demostrado en ésta y otras materias una porfía digna de mejores causas- no lo reconoce, pero las cosas son lo que son y no lo que se quiere que sean.

El caballo de batalla del Ejecutivo con el proyecto original de reforma fue imponer el sistema de “renta atribuida”. La oposición a ese modelo -complejo, impracticable, negativo para el ahorro y la inversión y abusivo en tanto obligatorio- generó otro alternativo denominado “semi integrado”, quedando ambos como sistemas generales (sic). O sea, el caballo devino en un jamelgo de dos cabezas.

El pingo nació inviable y ahora entra a pabellón para dejarlo con una sola cabeza. Y no aquella con que nació, sino la que le enquistó la Comisión de Senadores. Así, tendremos por sistema general el “semi integrado”, mientras que el de “renta atribuida” será siempre opcional, en palabras del Mensaje.

Mas, si el contribuyente empresario individual, sociedad limitada, comunidad y sociedad de personas -entre otros- no manifiesta expresamente su voluntad de adherir a sistema general, quedará adscrito automáticamente al de “renta atribuida”. Entonces, nuevamente contra la lógica más elemental, si se establece un sistema general, el mismo debería aplicarse por defecto y cualquier otro debería ser motivo de elección expresa por el contribuyente, como pasa con otros regímenes alternativos como la renta presunta y el ahora llamado 14 PyMe. Acá, en cambio, sucede todo lo contrario.

Pero volvamos a la pretendida simplificación. El proyecto tiene 138 páginas; suma artículos que antes no existían como el 4° sexies del Código Tributario (la reforma agregó los arts. 4º bis, ter, quáter y quinquies); en general, para el control de la renta empresarial, de los ocho registros tributarios que estableció la reforma quedarán cuatro, lo que en apariencia es una simplificación, salvo si se considera que hoy existe uno solo, el vilipendiado FUT; el proyecto establece normas interpretativas con efecto retroactivo que pueden afectar derechos adquiridos; y una larga lista de cuestiones que nada tienen que ver con “simplificar”. Como resumen del punto, consigno aquí la interpretación que en tono de sorna un tributarista hizo de la norma que simplifica la disposición anti elusión: no se aplicará la norma a los actos y contratos celebrados antes, a menos que se celebraran después o se modificaran entre medio. En serio, es así.

En síntesis, de simplificar nada, y no por falta de esfuerzo. El problema de la reforma tributaria es que derechamente es mala y, como el caballo bicéfalo, mejor sería mandarla a pastar y esperar (o ayudar) a que vaya al cielo de los caballos y hacernos de un potrillo recién nacido y sobre todo sano. Adicionalmente, el proyecto que comentamos, y desde luego la reforma original, tienen varios vicios de inconstitucionalidad que permiten presumir acciones de impugnación cuando el nuevo sistema esté vigente, lo que generará inestabilidad jurídica, perjudicial para la inversión y el crecimiento.

Recordemos también que la Ley de la Renta data de 1974, no fue redactada en los mejores términos y ha sido reformada, parchada y manoseada cual torniquete de metro. De paso, así como hoy se estima espuria la Constitución por su origen no democrático, nadie cuestiona por el mismo motivo ésta y las demás leyes tributarias fundamentales, todas de ese año. Parece que tratándose de cobrar impuestos, nunca más cierto que derecha e izquierda unidas, jamás serán vencidas.

Si realmente se quiere simplificar, posterguemos el régimen actual a lo menos un año y generemos, en forma real y no aparentemente participativa, leyes tributarias nuevas, comprensibles por la gente común y corriente, eficaces, de fácil fiscalización, con las menores excepciones y contra excepciones posibles, y también con tasas más homogéneas. Las complejidades de la reforma supuestamente simplificada solo augura complejidad, inestabilidad jurídica, perjuicio para la economía y mayores costos de fiscalización, situaciones en las que solo pierde el país.

 

Pedro Troncoso Martinic, abogado.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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