Como se están dando las cosas, “quedaremos para marzo” en materia constitucional. Así decíamos antes en el colegio cuando no pasábamos algún curso al final del año. La propuesta de la Convención recién entregada no pasó el mínimo que se esperaba en cuanto a generar un reencuentro de los chilenos y el avance unidos y en paz hacia una mejor sociedad. Por el contrario, ha extendido hacia el ámbito constitucional la polarización, los conflictos y un clima de guerra entre enemigos declarados.

Estimo que la propuesta de la Convención resultó más bien un programa político de sectores específicos y dudosamente mayoritarios de la sociedad. Por lo tanto, tenemos que continuar el proceso. La forma que intentamos no resultó. Pero tampoco fracasó. No fue suficiente. Considero necesario valorar el proceso constitucional que permitió que se pusieran en la mesa y por escrito las aspiraciones de sectores jóvenes, estudiantes, ambientalistas militantes, activistas de causas sociales como las identidades de género,  el aborto, derechos de pueblos originarios y otras causas que hasta ahora se habían expresado más parcialmente y de otras maneras (manifestaciones callejeras, tomas, etc.). El aprovechamiento de todo esto por parte del Partido Comunista es más de lo típico y no vale la pena inflarlo mucho, sino mantener el ojo puesto.

El  desafío ahora es, ¿cómo seguimos? ¿Cómo genuinamente con-versamos?, en el sentido del origen en latín del término: “versare” -de versátil-, de cambiar juntos, como le gustaba recordar a Humberto Maturana. Y más en particular o concretamente, ¿cómo hablar con quienes piensan diametralmente distinto a nosotros? Creo que esto último es lo que debemos aprender y practicar con urgencia en estos meses antes y después del 4 de septiembre.

Comparto algunas pistas que me parecen fundamentales de cómo conversar con quienes discrepamos. Por ejemplo:

  1. No esperar que primero cambien ellos antes de conversar. Eso lleva a hacernos impotentes. El poder de lograr lo que buscamos se lo damos completamente a los otros. Así no nos moveremos de las posturas iniciales ninguno de los dos.
  2. Entremos a conversar abiertos de mente. Tengamos propósitos, sí. Pero vamos abiertos a muchas formas de alcanzarlos. Y también a cambiarlos. A variar el orden entre temas que podamos haber preconcebido; los tiempos, los plazos… Ir abiertos de verdad. A escuchar al otro.
  3. Vamos dispuestos a cambiar además nuestros puntos de vista. Si no estamos dispuestos a cambiarlos nosotros, ¿sobre qué bases esperar (y menos exigir) que los cambien los otros que piensan distinto a mí?
  4. Consideremos los estados emocionales nuestros y de los otros en cada momento. Las emociones especifican lo que podemos hacer y decir a través de alterar  la estructura muscular de nuestro cuerpo, y no sólo la externa, dice Maturana. (Ver “Emociones y lenguaje en educación y política”, CED, 1988). No es que solo se nos ponga una cara de rabia, sino que el resto de nuestra musculatura contraída no permite que nos salgan auténticas palabras de escucha, acogida y comprensión. Bajo la ira sólo nos salen las de rechazo e intento de destrucción de lo que estimo que me amenaza.
  5. No ir creyendo que nosotros sabemos todo. Menos de que sabemos “cómo las cosas son”. Aunque ellos crean que sí lo saben todo. No digamos, por lo tanto: “es que ellos o ellas no saben”. Ni siquiera lo pensemos; basta esto último para cerrar toda comunicación y más todavía la comprensión. 
  6. No conversemos creyendo que el otro “no entiende”, aunque sea por razones muy ciertas que damos. Por ejemplo, que piensan ciertas cosas porque no tienen suficiente experiencia, además de conocimiento. Eso puede ser verdadero, pero no basta para que el otro escuche o cambie. Tampoco las explicaciones que les demos, por claras y verdaderas que a nosotros nos parezcan. 
  7. Conversar chequeando continuamente la emoción en que estamos, y en particular, si nos estamos sintiendo superior a los otros o las otras. Esto nos suele ocurrir muy inconscientemente y por eso hay que estar vigilante. Si nos pasa, basta con darnos cuenta y empezará a disolverse ese sentimiento. Si permanece, es casi seguro que el otro dejará de escucharnos genuinamente. Se cierra él, seguimos cerrados nosotros y percibimos que estamos bloqueados; no avanzamos.

¿Es ingenuo,  ilusorio o imposible seguir estos tips? No creo. Si nos parece imposible hacer lo que es necesario para generar normas de convivencia constitucionales donde quepamos todos viviendo en paz, entonces no pidamos esto último a otros. Sería una hipocresía. Seremos otra parte más del problema y no de la solución. La salida no vendrá de milagros, de magias y ni siquiera de afuera. La salida pasa por dentro de nosotros mismos.

*Ernesto Tironi es economista.

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