«Es hora ya de restablecer (…) conceptos en su valor originario (…). Desgraciadamente, por sabidos se callaron y, por callados, se olvidaron. Lo que procede ahora, por lo tanto, es proclamarlos de nuevo a voz en cuello». Estas palabras del padre Osvaldo Lira ―hoy más que nunca― representan quizás lo que ha venido ocurriendo desde hace algunos años en los sectores que de una u otra forma se oponen a las ideologías y los totalitarismos, especialmente de corte marxista. Tal vez la derecha se contentó por mucho tiempo con cómodas estrategias defensivas y con maniobras evasivas cuando se trata de los bienes más fundamentales para una sociedad justa y humana… La evasiva derivó en indiferencia, y de ahí al cambio de posición no hay más que un paso. Esto hace más oportuno que nunca recordar la figura de este polémico personaje.

Hoy, 20 de diciembre, se cumplen 25 años del fallecimiento del mítico e irrepetible cura Lira, el padre Osvaldo, de los Sagrados Corazones. Maestro de Juan Antonio Widow, José Joaquín Ugarte, Juan Carlos Ossandón, Julio Retamal y Jaime Guzmán (aunque este último, probablemente el más conocido, fue también el que más se distanció de su pensamiento). Pocos personajes han tenido tanta repercusión en las ideas del mundo de la derecha chilena ―podríamos ponerlo a la par con un Mario Góngora, un Jaime Eyzaguirre o un Alberto Edwards―, por mucho que los derroteros ideológicos de dicho sector los hayan hecho abandonar ese tronco inspirador para sustituirlo por el economicismo barato de un Friedman o un Novak, conocido como “Chicago-gremialismo” (expresión acuñada por Jovino Novoa), tan ajeno al padre Lira como a los otros pensadores mencionados. Con todo, su vida marcó a muchos e, incluso, fue muy influyente en los rumbos de la historia de Chile. Basta con pensar en la influencia no menor que tuvo (tan controvertida como otros aspectos de su vida) para la justificación filosófica del golpe que pondría fin a la Unidad Popular. Como es sabido, las referencias a San Isidoro de Sevilla, a Santo Tomás de Aquino y a Vázquez de Mella fueron cruciales para tal apología, de la que el cura Lira fue protagonista indiscutido: «la legitimidad del poder tiene su trascendencia porque lleva como correlativo el de lo lícito de la sublevación».

En ciertos ambientes universitarios hasta el día de hoy se repiten legendarias y sabrosas anécdotas en que aparecía con claridad su férreo carácter y su absoluta intransigencia frente al error (acompañada a veces de insultos dirigidos al interesado). Esas historias, por las que él es conocido, suelen causar una primera impresión negativa: un cura gruñón y muy terco, sobre todo en materias políticas, constituyendo muchas veces un prejuicio que impide evaluar objetivamente su obra filosófica oral y escrita en toda su densidad. Detrás de ese carácter bélico se escondía un pensamiento profundo, no sólo político, sino también filosófico y teológico, que eran los que fundamentaban adecuadamente sus ideas sobre la vida en sociedad.

El padre Lira no solamente se caracterizaba por ese estilo combativo, sino también por la coherencia con su fe y por su tomismo. Católico, porque era la cualidad que definía cada veta de su pensamiento, más allá de las divisiones ideológicas contingentes. Tomista, porque fue fiel a los principios, el método y las conclusiones del angélico doctor: su connaturalidad con él era total. Era un escolástico injertado en el siglo XX: de los que citan latines frecuentemente; de una claridad mental regida por perennes definiciones; de un pensamiento estructurado con la coherencia que sólo tienen los que dedican su inteligencia a la metafísica. Y es que la filosofía específicamente tomista es el mejor remedio frente a lo que el padre Osvaldo llamaba «raquitismo mental», tan propio de nuestra época (ahora peor que en sus días), que impide ir a las raíces de los problemas. Es también la mejor vacuna para prevenir la ideologización, que nubla los entendimientos, pues «el resumen de lo que es la metafísica tomista según la aguda observación de Chesterton [es] el sentido común estilizado».

No era un memorión repetidor de definiciones de manual tomista decadente. Don Juan Antonio Widow decía que «no aceptaba enseñar ni estudiar según los manuales en uso: siempre fue a la fuente, la Sagrada Escritura y Tomás de Aquino». Las fórmulas hechas y definiciones reflejaban su estudio: rumiaba la literalidad de las palabras del Aquinate para extraer el licor de su sabiduría. La filosofía perenne contiene una enorme riqueza precisamente por la exactitud de su lenguaje y el orden de sus conceptos, en nada contrapuestos a la profundidad de su verdad.

Un verdadero tomista ve la metafísica como scientia rectrix, tronco fundamental que conecta las más variadas ramas del conocimiento. Desde esa matriz se articulan y desprenden coherentemente los saberes de la filosofía práctica. Todos los escritos del padre Lira sobre estética, filosofía de la historia, filosofía política o filosofía del derecho se construyen con ladrillos metafísicos. Es más, precisamente en sus escritos de estas ramas filosóficas se percibe ese inconfundible sabor metafísico propiamente tomista: en su Ontología de la ley define la ley como «la determinación o configuración producida por la causa eficiente en el efecto»; en Catolicismo y Democracia describe el efecto de la gracia santificante o deiformante como una «sobreexistencialización» de la persona racional; sus varios estudios de estética son iluminados por la noción trascendental de belleza; en Nostalgia de Vázquez de Mella explica la definición de sociedad como un todo sucesivo, vinculándola así con la tradición… En fin, podemos decir que toda su obra está marcada (y elevada) por este talante metafísico.

La influencia del padre Lira no solamente se debe a su estilo confrontacional, ni tampoco únicamente a sus ideas: es la unión de ambas cosas lo que causa ese efecto tan único. Podría haber dicho que la verdad debe ser anunciada cabalmente, aunque algunos «se sientan ofendidos», aunque sea políticamente incorrecta, aunque nadie más la sostenga, aunque «perdamos adeptos», aunque escandalicemos: «¡Hay que escandalizar a veces!(…). ¡Cristo no rehuye el escándalo! (…) No hay que escandalizar a los niños (…) —el scandalum pusilorum—, pero el scandalum phariseorum, el escándalo de los fariseos hay que provocarlo(…): a ver si (…) dejan de ser fariseos».

La verdad es lo que debe guiar siempre, no sólo al católico ni al filósofo, sino a toda persona humana, que es substancia individual de naturaleza racional: nuestra racionalidad está ordenada a la verdad, objeto propio de la inteligencia. Particularmente cierto es esto respecto de la comprensión del libre albedrío: «la libertad debe estar subordinada a la Verdad, de lo contrario es una ideología destructiva». Sin ordenación a la verdad y al bien la libertad degenera en encierro irracional del sujeto, que tiende solamente a la aniquilación y el absurdo… y en eso consiste el liberalismo (a grandes rasgos podemos decir que ese es el común denominador de los distintos liberalismos). De ahí que el cura Lira haya sido tan tajante en sus críticas inflexibles contra toda forma del mismo. «El derecho a la libertad, tan desatinadamente proclamado y propugnado en nuestros días (…) ha de ejercerse, y, luego, proclamarse y defenderse sobre la base del cumplimiento y respeto absolutamente previo y primordial del deber de adorar a nuestro Dios Creador». De la misma manera, el servicio es manifestación de libertad ordenada dentro del lugar que a cada cual corresponde dentro de la jerarquía dispuesta por Dios: «la actitud de obedecer resulta tan noble de por sí como mandar. Porque una y otra actitud vienen a ser al fin de cuentas dos modos de cumplir dignamente con la voluntad infinitamente perfecta del Dueño de la Historia».

En estos tiempos tan locos que nos ha tocado vivir, quizás ahora más que nunca en Chile deberíamos mirar al padre Lira. Restablecer los conceptos. Recuperar el vocabulario perdido de la filosofía perenne. Llamar a las cosas por su nombre… ¡Perder el miedo de estar del lado de la verdad! Podemos debatir, podemos dialogar… incluso podemos ―¡y debemos!― rectificar si somos refutados. Pero no podemos perder nunca de vista que existe la verdad, que debe ser proclamada, mientras que el error debe ser combatido. Es más, dicha actitud es más transparente que la hipocresía que muchas veces se esconde detrás de la falsa modestia de quien afirma que no posee la verdad. «Nunca hemos sido proclives a inhibirnos en materias doctrinarias ni de adoptar, tampoco, actitudes falsamente prudenciales que, más bien, deberían calificarse de cobardes. Hemos sido, por el contrario, partidarios decididos de ajustarnos al consejo categórico de Cristo, de que lo que oímos en nuestros oídos, lo proclamemos sobre los techos». Muchas veces hace falta que en el debate público se hable sin miedo… sobre todo cuando se trata de la voz que grita las repercusiones públicas que tiene la fe católica, que de otro modo acabarán calladas, y por calladas olvidadas. Hace falta, pues, alzar la copa del buen vino de la Verdad —esa Verdad que es Cristo mismo— a la salud del padre Lira.

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