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Publicado el 30 de mayo, 2020

Pablo Valderrama: ¿Y la familia?

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

El progresismo se ha encargado de mostrar la preocupación sobre ella como algo antiguo, retrógrado y pechoño; probablemente porque piensa que sus vínculos son una limitación más a la libertad.

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.

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Como el ser humano no tolera la incertidumbre, muchos economistas, filósofos, sociólogos y columnistas han comenzado a dibujar el futuro de un mundo post pandemia: el capitalismo no morirá, nuestro Estado se parecerá más al de países nórdicos, resurgirá la solidaridad, y tantas otras cosas más. Muchos de esos pronósticos, sin embargo, olvidan lo más fundamental: ¿qué pasará con las familias de nuestro país, tan maltratadas en las últimas décadas?

Muchos se habían anticipado a lo que esta crisis sanitaria hizo aún más evidente: la familia chilena se encuentra sumida en una grave crisis. El abogado e historiador Gonzalo Vial ya lo decía años atrás en sus famosas columnas: “la familia es una especie en extinción”. Y así ocurre ahora. No solo porque el progresismo mainstream tiende a debilitarla o derechamente a destruirla, sino porque no hemos sido capaces de protegerla estructuralmente. Así lo demuestra el reciente aumento de la violencia que sufren en silencio las mujeres al interior de los hogares; lo refleja también la baja responsabilidad masculina en las tareas domésticas y de crianza, obligando a las mujeres a compatibilizar la vida laboral y doméstica de un modo inhumano. Todo ello, como sabemos, agravado por un contexto de pobreza y precariedad.

Otro ejemplo lo constituye el hacinamiento: ¿qué familia puede desarrollarse sanamente en una vivienda de 40 metros cuadrados? 1.7 millones de chilenos viven en esa condición (más de tres veces la comuna de Puente Alto), sin contar con los mínimos materiales para la privacidad de pareja, el espacio adecuado para el aprendizaje escolar o el desarrollo integral de sus niños. Además, el hacinamiento es perjudicial para la familia porque incentiva la “vida de calle” que, para muchos jóvenes, equivale a estrechar vínculos con la delincuencia y la droga.

Sin embargo, para hacerse cargo de esto hay un problema previo: el individualismo reinante nos impide analizar estos problemas desde lógicas comunitarias y desatiende la realidad de la familia como un sujeto a quien poner especial atención. Además, le pide al Estado que se expanda y cumpla un papel que jamás podrá satisfacer. Él es tosco, frío y materialista; mientras que la familia es idónea para proteger a sus miembros. Por lo mismo, debemos cambiar el paradigma sobre la familia. El progresismo se ha encargado de mostrar la preocupación sobre ella como algo antiguo, retrógrado y pechoño; probablemente porque piensa que sus vínculos son una limitación más a la libertad. Por lo mismo, quienes rechazan esa mirada, deben ser capaces de posicionar a la familia como un sujeto gravitante para la política. Una buena oportunidad para ello es el acuerdo o pacto social que distintos sectores políticos han impulsado en los últimos días.

Sabemos que la familia es el corazón de una sociedad, ya que le entrega vitalidad para poder contar con un tejido social fuerte. Ahora bien, el tema es quizás poco atractivo y “no se adaptada a los tiempos”. Sin embargo, la tarea de la política es, precisamente, que ello no sea así.

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