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Publicado el 07 de junio, 2019

Pablo Valderrama: Patipelao

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

De una discusión política relevante, todo devino en una avalancha de emociones digitales entre quienes se sentían orgullosamente “patipelaos” y, por lo mismo, ofendidos por Van Rysselberghe.

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.
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Obviamente Jacqueline Van Rysselberghe no pensó que al tratar de “patipelao” a aquellos que, según ella misma lo dijo, “se sienten con el derecho a insultar a quienes trabajan en el servicio público”, terminaría siendo trending topic. Desde un punto de vista político, la salida de madre es criticable, por cuanto ninguno de quienes tienen razones para bajar las dietas parlamentarias ―el contexto de dicha conversación― son en realidad “patipelaos”. La actitud de la senadora solo colabora a reforzar el lamentable desprestigio de la actividad política y de las instituciones representativas nacionales que ella representa.

Lo triste, al fin y al cabo, es que todo terminó por generar una verborrea twitterra a la que, desde un tiempo a esta parte, todo sujeto público parece estar expuesto. De una discusión política relevante, todo devino en una avalancha de emociones digitales entre quienes se sentían orgullosamente “patipelaos” y, por lo mismo, ofendidos por Van Rysselberghe. El suceso es revelador de una paradoja a la que la libertad de expresión del siglo XXI se ve expuesta: al tiempo que vomitamos en redes sociales la amargura que contenemos, se genera una tendencia que rehúye de la discusión personalizada. Aunque urgen explicaciones que den cuenta sobre el fenómeno que la comunicación digital ha generado –en esa línea, algo interesante ha intentado el surcoreano Byung-Chul Han con su obra En el enjambre, al exponer sobre el anonimato que esta comunicación envuelve y las consecuencias que ello trae–, ya es bastante obvio que la modernización o la tecnología no solo han mejorado el bienestar material de muchas personas en el mundo, sino que, entre sus cuentas negativas, han comenzado lentamente a modificar las relaciones humanas radicalmente, llegando incluso a despersonalizarlas.

Eso es lo que ocurre en las redes sociales: creemos que hablamos con otros y que generamos comunidades (como algunos creen en la centroderecha), pero, en realidad, nuestras “conversaciones” suelen ser con nosotros mismos, con un yo reflejado en una pantalla.

De algún modo, tras esta reacción vemos también una peligrosa tendencia a la corrección política: una cultura destinada a censurar y castigar socialmente a quien ose decir lo digitalmente prohibido. En otras palabras, a disentir de la “tendencia”, pues aquello puede terminar por dañar a otro –especialmente si aquél pertenece a alguna minoría—. Lo característico del fenómeno, cada vez  con más vuelo, es que las relaciones humanas terminan por protocolizarse a través de reglamentos que obligan a hablar –y a pensar– de un modo determinado.

Si no se habla de esa forma, nadie hace el esfuerzo para ir más allá y continuar con el debate de fondo, tal como ocurrió con este caso. Nadie continuó discutiendo sobre las razones para bajar las dietas parlamentarias. Todo confluyó en un mar de twitteos que forzaron el trending topic, el cual a la postre influye en la prensa y en lo que esta comunica al resto de las personas.

Como sea, este suceso no es más que un poco de agua en un mar gigantesco que crece y crece. Hoy somos ciegos a su tamaño. No vaya a ser que terminemos ahogándonos.

 

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