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Publicado el 10 de julio, 2019

Pablo Valderrama: La taquilla familiar

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

Poner de moda a la familia a través de un paquete de medidas que la fortalezcan no responde a otra cosa que intentar dar sostenibilidad a un país como el nuestro y a robustecer los vínculos más elementales para el desarrollo de las personas. Familias más fuertes se traducen en sociedades más fuertes.

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.
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A propósito de la reforma constitucional sobre autonomía progresiva, nuevamente se levanta una discusión en torno a la familia, sobre la cual ya es un lugar común sostener que en Chile está en crisis. A la percepción del ciudadano de a pie sobre este asunto la acompañan una serie de estadísticas poco alentadoras sobre la realidad familiar. Por ejemplo, nuestra tasa de natalidad rasguña el 1,2 hijos por mujer, mientras que la de nupcialidad no logra despegar; la de divorcio sigue alta; y así, un largo etcétera.

Aunque las causas del debilitamiento familiar sean múltiples y los simplismos poco ayuden para comprender este fenómeno, poco se habla de dos factores que andan dando vueltas. El primero podría llamarse el factor de la miopía y el segundo el de la taquilla.

Sobre lo primero, la familia está en crisis porque nuestra sociedad, en general, y nuestra política, en particular, ha sido miope en cuanto a los beneficios que esta estructura social entrega al desarrollo humano y en cuanto a los riesgos que ha enfrentado en estas décadas. Es más, a pesar de que algunos políticos han procurado defender a la familia como sujeto de política pública, no digamos que nuestros dirigentes han sido premonitores de lo que hoy sucede ni que han comprendido el fenómeno en toda su complejidad. Un par de ajustes por aquí y por allá no han sido suficientes para contrarrestar los efectos de la miopía en este tema. La crisis de la familia explotó hace rato, pero no hemos acusado recibido.

Ahora bien, no vemos nítidamente, en parte, porque este defecto ocular ha llevado a comprender a la familia únicamente como el conjunto de individuos que la componen y no como una realidad política en sí. Eso ha llevado que hagamos agua por diferentes flancos y que no distingamos, por ejemplo, las cargas tributarias según cuál sea la composición familiar; que no reconozcamos la validez de licencias médicas de los hijos que permitan a sus padres, o incluso a sus abuelos, ausentarse en sus trabajos para acompañar a los menores cuando están enfermos; se trata también de inexistentes incentivos a la natalidad; y un largo listado de deficiencias.

Si la familia supone compromiso y responsabilidad, los tiempos de hoy nos llaman al desarraigo e individualidad.

Con todo, ejemplos positivos sobre esto existen. Aunque cuestionado por otros asuntos, llama la atención lo que el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, ha realizado: bajo la idea de que las políticas pro-familia no son un gasto, sino una inversión a futuro, el gobierno ha destinado un 5% del PIB a iniciativas de apoyo y subvención a las familias, logrando disminuir considerablemente las cifras de aborto y divorcio. Lo propio ha hecho Francia respecto a la natalidad, presentando la cifra más alta en todo Europa.

Por otra parte, las familias están en crisis porque hablar de ellas es muy poco seductor. Es algo así como el remanente de una sociedad pechoña que no advirtió que el mundo cambió. Tampoco ayudan mucho las vocerías que siguen mostrando públicamente el asunto con una estética digna de los 80. Pero, hablar de familia no es taquillero sobre todo porque no parece acorde con los tiempos. Es sinónimo de amarrarse, de menor autonomía o libertad, en tiempos en que el liberalismo moderno, ya sea progresista o clásico, nos ofrece un ideal de libertad como sinónimo de emancipación de toda posible amarra. Así, si la familia supone compromiso y responsabilidad, los tiempos de hoy nos llaman al desarraigo e individualidad.

Si la familia sigue siendo tratada del mismo modo, probablemente no será muy popular; sin embargo, si es presentada como una condición indispensable para el propio desarrollo, probablemente la tendencia cambie. Como sabemos, el interés por promover una agenda pro-familia no responde a un conjunto de dogmas religiosos ni ultraconservadores, aunque algunos sectores progresistas se sientan tentados de verlo así. Para tranquilidad de todos, poner de moda a la familia a través de un paquete de medidas que la fortalezcan, no responde a otra cosa que intentar dar sostenibilidad a un país como el nuestro y a robustecer los vínculos más elementales para el desarrollo de las personas. Familias más fuertes se traducen en sociedades más fuertes. Quien no quiera entenderlo, que se pregunte por el lugar en donde más satisfacción encuentra y se dará cuenta de que en los tiempos que corren, su propia familia requiere de apoyo y protección.

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