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Publicado el 07 de febrero, 2020

Pablo Valderrama: Decadencia espiritual y romanticismo revolucionario

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

Son estos los ingredientes que hoy tienen a la democracia en ascuas. Se requiere de políticos de estatura –de izquierda y de derecha– que no solo aíslen a la izquierda refundacional que derrama su romanticismo revolucionario en la decadencia espiritual de estos jóvenes, pero, ante todo, se necesita una política que dé esperanza a tantos jóvenes encapuchados que hoy siguen apedreando a cualquier auto que huela a Estado.

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.

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Hace menos de una semana, caminando por la Alameda hacia el poniente, vi a dos tipos tomando y fumando marihuana echados en los pastos del cerro Santa Lucía. Ambos estaban encapuchados con una polera perfectamente amarrada para permitir la respiración y facilitar la vista. De cuando en vez, soltaban el copete y el pito para agarrar un par de piedras de su arsenal, y se las tiraban a cualquier carabinero motorizado o caminante que se atreviera a asomarse por ahí. Lo suyo no era una reivindicación política ni menos un trabajo intelectual, era, más bien, un “estar luchando” quién sabe contra qué.

Fue imposible reconocer su edad. No menos de 15 y no más de 35. Hijos, a fin de cuentas, de una mezcla que se venía gestando hace mucho tiempo y que desde el 18 de octubre tomó color propio: decadencia espiritual y romanticismo revolucionario.

Sobre lo primero, Solos en la noche, de Rodrigo Fluxá, es probablemente unas de las obras que mejor exhibe esta decadencia espiritual: jóvenes desorientados, sin referentes morales, hijos de familias fragmentadas, ciudadanos olvidados por el Estado y la sociedad, uso excesivo de alcohol y drogas y un deambular callejero agobiado de vicios. Básicamente un nada que perder constante en la vida de muchos jóvenes. Nada puede ser peor, pensarán estos muchachos, mientras se toman las calles de las principales ciudades del país. Se adjudican territorios como propios, desvían el tránsito, intimidan a quienes no les dan una propina y esparcen el miedo en los espacios públicos. Es difícil no pensar que el narcotráfico hace lo suyo en cada gesta ciudadana que ellos emprenden. Muchos de ellos, ya sabemos, cuentan con antecedentes penales (solo por nombrar un caso, según cifras del Ministerio Público, el 97% de los detenidos en Antofagasta durante el último período ya tenía antecedentes penales). Miran la ley con un amplio conocimiento técnico sobre lo que los protege y con un estrecho respeto sobre lo que les demanda.

La decadencia espiritual, por otra parte, encontró durante la crisis un aliado que la idealizó: el romanticismo revolucionario. Un grupo de políticos autoidentificados con estos jóvenes abandonados a su suerte, que ve en ellos el ejército revolucionario que derrocará el modelo neoliberal y sus consecuencias. Una banda de jóvenes que hace lo que ellos quieren, pero que no se atreven a hacer. Estos políticos no son, sin embargo, delincuentes, son pusilánimes. De allí que no se adjudiquen sus actos públicamente, sino que reivindican una paternidad tardíamente reconocida. Les rinden homenaje en una sala del Congreso, el lugar en donde, se supone, gobierna la fuerza de la ley y no la fuerza callejera.

Decadencia espiritual y romanticismo revolucionario. Son esos los ingredientes que hoy tienen a la democracia en ascuas a casi cuatro meses de iniciada la crisis. El punto relevante, sin embargo, es que la respuesta a esta amenaza es, ante todo, política. Se requiere de políticos de estatura –de izquierda y de derecha– que no solo aíslen a la izquierda refundacional que derrama su romanticismo revolucionario en la decadencia espiritual de estos jóvenes, pero, ante todo, se necesita una política que dé esperanza a tantos jóvenes encapuchados que hoy siguen en el Santa Lucía apedreando a cualquier auto que huela a Estado.

La decadencia espiritual era un mal silencioso que recién hoy empezó a meternos ruido.

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