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Publicado el 19 de junio, 2019

Pablo Valderrama: Bailar con la fea

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

El esfuerzo por construir políticas públicas, entendidas como una solución particular a un problema particular, parece obnubilar otro tipo de esfuerzos dirigidos a un entendimiento más acabado de la vida política. Así ocurre, por ejemplo, con la reforma de pensiones. Sabemos que la discusión que despierta las mayores emociones de nuestra elite es la discusión sobre quién administra el 4%; pero no tanto la pregunta fundamental acerca cómo se logra robustecer la legitimidad de nuestra institucionalidad previsional.

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.
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El 56% de los chilenos nunca lee noticias sobre política; el 64% no se identifica con la derecha, el centro o la izquierda; el 55% nunca conversa en familia sobre política; y el 61% tampoco lo hace con amigos. Estos datos arrojados en la encuesta CEP de la semana pasada, aunque sean menos taquilleros que la desaprobación del gobierno, la popularidad de Lavín o la desorientación de la centroizquierda, no deben pasar inadvertidos. No implican el fin del mundo, por supuesto, pero sí son indicadores de un fenómeno relevante, al que se suma la desconfianza hacia nuestras instituciones y al descontento con la democracia, que no solo afecta a nuestro país, sino que, con mayor o menor intensidad, también al resto de la región, según informa Latinobarómetro el 2018.

Ya es un lugar común sostener que existe una desconexión entre la ciudadanía y la dirigencia política. Se les achaca a los políticos su incapacidad para comprender qué es lo que el pueblo necesita. El Olimpo desde donde ellos miran la realidad, se piensa, les impide adoptar el lenguaje y el conocimiento para conectar con el mundo de los ciudadanos de a pie. Así, sus salidas a terreno no serían más que una excepción dentro de su campo visual: la realpolitik. Ellos son el problema y a ellos hay que cambiar, se tuitea a menudo.

El punto relevante, sin embargo, es que esta simplificación de la realidad olvida el rol que las instituciones juegan en la vida política. Olvida que ellas existen, entre otras cosas, para mediar entre las autoridades y la ciudadanía y que éstas debiesen ser capaces de absorber el malestar popular. De allí que el problema descrito no solo sea que a algunos en la política efectivamente les falten dedos para el piano –a estas alturas es difícil pensar lo contrario— sino que los instrumentos con los que ellos cuentan para gobernar estén dejando de ser idóneos.

Si es cierto que el malestar existe, probablemente este permanecerá mientras las preguntas del mundo político y académico sigan siendo las mismas.

Con todo, el problema es que parece existir una perspectiva acotada de nuestros intelectuales respecto a esos instrumentos para gobernar. El esfuerzo por construir políticas públicas, entendidas como una solución particular a un problema particular, parece obnubilar otro tipo de esfuerzos dirigidos a un entendimiento más acabado de la vida política. Así ocurre, por ejemplo, con la reforma de pensiones. Sabemos que la discusión que despierta las mayores emociones de nuestra elite es la discusión sobre quién administra el 4%; pero no tanto la pregunta fundamental acerca cómo se logra robustecer la legitimidad de nuestra institucionalidad previsional. En este sentido, la negativa sensación ciudadana permanecerá si no aparecen preguntas diferentes, por ejemplo, respecto al modo por el cual se proveen los servicios. Lo mismo ocurre con la descentralización: ¿hay preguntas más relevantes que la fecha de la elección y las atribuciones de los próximos gobernadores regionales? Por supuesto que sí. Pero a nadie parece preocuparle, por ejemplo, si un modelo de macro o microrregiones es el más idóneo.

Si es cierto que el malestar existe, probablemente este permanecerá mientras las preguntas del mundo político y académico sigan siendo las mismas. ¿Quién administra el 4% o el 4.5%? ¿Hay que aplazar o no la elección de gobernadores? Por el contrario, si estas cambian y se expanden al tipo de organización política que necesitamos y a repensar nuestras instituciones, de seguro amainará. El punto, eso sí, es que estas preguntas son fomes, y que, guste o no, necesitamos de políticos dispuestos a bailar con la fea para que algo como esto pueda cambiar.

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