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Publicado el 18 de septiembre, 2019

Pablo Valderrama: Bachelavín

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

Si la sobrepolitización de Michelle le entregó la banda a Sebastián, ¿la despolitización de Joaquín se la entregará a Beatriz?

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.
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Michelle y Joaquín se parecen. Físicamente no, por cierto, sino políticamente. Michelle trabaja en la ONU. Ella es la Alta Comisionada. La guardiana de los derechos que las autoridades mundiales han decidido llamar humanos. Ella está, en definitiva, en la cima de la izquierda progresista contemporánea. Además, es la causante de la gratuidad en Chile, del fin al copago y a la selección, de la agenda del aborto, entre otros hitos para agregar a su CV. En simple: Michelle personifica ese liberalismo progresista; esa paradojal mezcla de estatismo social con autonomía individual exacerbada.

Al otro lado está Joaquín. Autor de Chile: La Revolución Silenciosa, un chicago-gremialista como dirían algunos. Firme devoto de las políticas capitalistas e identificado con Pinochet. A estas alturas, su desliz como bacheletista-aliancista es una anécdota más. Su corazoncito está, al parecer, allí donde fue formado: en Comercial-UC y en Economía-Chicago. En lo que es, probablemente, una excesiva confianza en la técnica y muy poco en la política.

Con todo, sus diferencias no son solo ideológicas, sino también de apuestas. Si Michelle decidió sobrepolitizar al país, Joaquín hará, probablemente, todo lo contrario: despolitizarlo. Al tiempo que ella propuso grandes reformas ideológicas contra el modelo de la transición, él dirá lo contrario: que falta más modelo, más soluciones privadas a problemas públicos. Si ella fue el exceso de ideología, él será su falta.

Aún así, con todas sus diferencias, las apuestas de Bachelet y Lavín se parecen en algo: son capaces de engendrar a sus opuestos.

Así ocurrió con el país sobrepolitizado de Bachelet, en que se empezó a echar de menos la moderación. Entre tanto cambio, reformitis y chachachá, una cuota de normalidad se hizo necesaria. Apostar por un cambio tras otro produjo agotamiento, tanto así que Sebastián Piñera apareció como apuesta segura. Por el contrario, en el eventual país despolitizado de Lavín faltaría sabor, un poquito de ese chachachá y alguna que otra apuesta sustantiva. El tema está en que una derecha sin política –su peor enfermedad– sería terreno fértil para populismos y políticas refundacionales. Por eso, si la sobrepolitización de Michelle le entregó la banda a Sebastián, ¿la despolitización de Joaquín se la entregará a Beatriz?

Obviamente no sabemos qué nos deparará el futuro. Es más, aún no sabemos si Lavín correrá en la presidencial; pero algo sí parece estar claro: si Joaquín quiere asumir la posta de Sebastián y entregársela a alguien de su coalición, aún queda pega por hacer. Con todo, el alcalde ha demostrado una adaptabilidad al cambio fuera de serie –aunque a veces extrema–. Los vaivenes de su historia política demuestran que sabe leer el escenario y que varias apuestas le resultan bien. ¿Acaso no es una lectura fina haber comprendido que Las Condes era el mejor lugar para capturar el apoyo popular que las encuestas le ofrecen? Esperemos que si llega a ser presidente, no solo sepa adaptarse nuevamente a los tiempos, sino que entienda que a Chile no le sobra, sino que le falta política, pero de la buena.

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