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Publicado el 31 marzo, 2021

Pablo Tusso: La delincuencia no es un problema, es un síntoma de una enfermedad estructural

Msc. en Finanzas, Investigador Políticas Públicas Pablo Tusso

Ni los planes de seguridad, ni la mano dura, ni mayores penas efectivas lograrán disminuir la delincuencia, pues su origen no radica en la maldad de las personas, sino en un conjunto de defectos socioestructurales que aún no logramos siquiera ver o entender.

Pablo Tusso Msc. en Finanzas, Investigador Políticas Públicas
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La delincuencia, la corrupción y la violencia generan un desgaste social de enormes proporciones, corrompen el sano desarrollo de niños, niñas y adolescentes y generan miedo en las familias. El perjuicio que genera en la economía es dramático, genera desconfianza empresarial y pérdida en los incentivos a la inversión y al emprendimiento.

Si la delincuencia fuera un problema, entonces con bastante confianza creo que ya se habría solucionado de manera transversal a lo largo de todo el mundo, pero creer en esto implica asumir que la maldad de las personas es superior a su bondad, que el egoísmo radical supera con creces al valor de la solidaridad e incluso que la esencia humana y primitiva del sometimiento de otros tiene más valor que el actuar racional y colaborativo de una sociedad.

Estoy convencido de que la delincuencia no es un problema, sino un síntoma y, al igual que en temas de salud un dolor puede calmarse con un paracetamol, bien sabemos que de ser persistente entonces hay que acudir a un médico para revisar la causa raíz y solo esperar que no sea algo de gravedad. Con la delincuencia pasa igual: si bien se puede disminuir con ciertas acciones de seguridad, presencia policial, cámaras, instalando muros divisorios entre comunas, estableciendo penas efectivas o incluso en el extremo con la pena de muerte, lo cierto es que, de ser persistente, debe ser considerado como una invitación a estudiar las causas que generan su aparición y esperar que no sea nada grave.

Los datos muestran que los bajos resultados del índice de paz global, los primeros lugares del índice de criminalidad, así como los del ranking de los países con homicidios intencionales cada cien mil habitantes muestran importantes correlaciones negativas con las mejores posiciones del ranking de libertad económica, un bajo coeficiente de Gini y con los mejores resultados de la prueba PISA; es decir, los países con instituciones que protegen la libertad de los individuos para conseguir sus propios intereses económicos, que adicionalmente tienen una menor desigualdad de ingresos y un buen sistema educativo, se relacionan con una delincuencia mucho menor.

Dicho de otra forma, en un país con un sistema educativo deficiente, un país en el que hay que pedir cientos de permisos para invertir, pagar por derechos y papeles legales a notarios, conservadores, municipios y burócratas varios para instalar desde un negocio familiar a una gran multinacional y que adicionalmente a pesar de todo el esfuerzo, dedicación y talento que las personas empleen en sus labores, siempre podrán evidenciar que son parte de una torta repartida no en razón de lo anterior, sino que por algo que nunca podrán tener o siquiera alcanzar… entonces, al menos desde los datos, podríamos creer que este será un país con altos niveles de delincuencia.

Si lo anterior le suena familiar, entonces en las próximas elecciones desconfíe de los políticos que prometen atacar la delincuencia como si esta fuera un cáncer, pues es solo el dolor de cabeza, es un síntoma de una enfermedad mucho mayor que es la que hay que estudiar y subsanar; todo lo demás no solo es una falsa promesa electoral.

Por el contrario, confíe en aquellos que quieren más y mejor Estado, más libertades individuales y más mercado, un país con la cancha emparejada desde el nacimiento, que permita que cada persona pueda buscar su propia felicidad y no que quede obligada y sometida a vivir de la caridad de terceros en un país injusto y desigual.

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