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Publicado el 16 de julio, 2020

Pablo Paniagua: Consideraciones sobre el malestar

Investigador Senior FPP. Ingeniero Civil Industrial. Magíster en Economía y Finanzas de la Universidad Politécnica de Milán. PhD (C) en Economía Política de la King’s College London. Pablo Paniagua

Si el proceso de modernización capitalista generara, de forma casi natural o inherente, fenómenos de corte pseudo revolucionarios o revoluciones contraculturales, como mayo del 68 o el 18-O, entonces tendríamos que ver a la mayoría de los países del mundo anteriormente mencionados en llamas o con profundas inestabilidades sociales.

Pablo Paniagua Investigador Senior FPP. Ingeniero Civil Industrial. Magíster en Economía y Finanzas de la Universidad Politécnica de Milán. PhD (C) en Economía Política de la King’s College London.

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Mucha tinta se ha derramado, pero poco se ha reflexionado con relación a lo ocurrido durante el 18-O y acerca del malestar social en Chile que pareciera haberse desbordado por las calles. Algunos, de forma comprensible, se han concentrado en la violencia que ocurrió durante el fenómeno de octubre y las subsiguientes olas de violencia y saqueos que afectaron a las ciudades más importantes del país durante casi cuatro meses. Otros, de forma obcecada se han concentrado en la desigualdad de ingresos y de riqueza —de paso, no reconociendo la evidencia de que ésta ha disminuido sistemáticamente en los últimos 20 años— para tratar de, no sólo explicar el malestar social subyacente, sino que incluso hasta llegar a justificarlo tácitamente.

Con todo, se ha tratado de sobre manera de dar una interpretación normativa o una justificación ex post tanto política como ideológica al fenómeno social vivido en octubre, sin atender entonces ni a la evidencia empírica y económica que falsifica aquellos argumentos normativos, ni a los elementos político-económicos que podrían explicarlo. En vista a la evidente pobreza del debate entorno al 18-O, es que el último libro de Carlos Peña Pensar el Malestar y su ensayo complementario publicado en el Centro de Estudios Públicos “La Revolución Inhallable” son sin duda relevantes contribuciones para tratar de elevar el debate, desmitificar ciertas erróneas ideas en torno a la desigualdad; y así tratar de conjeturar ciertas causas que podrían explicar, o que subyacen a, los sucesos ocurridos en Chile. En este espacio, más que tratar de hacer una reseña del libro o de todas las ideas de Peña, simplemente trataré de esbozar una reflexión crítica en torno a una de las ideas centrales de la tesis de Carlos Peña expuesta de forma sucinta en su ensayo; a saber, que la revolución cultural “inhallable” ocurrida en Chile es el producto de “las contradicciones de la sociedad industrial” y el resultado involuntario de un rápido proceso de modernización.

  1. El simplismo del debate: la desigualdad de mercado

A pesar de no tener aún una explicación convincente del malestar social y de los orígenes del 18-O —lo que no debería sorprender dada la complejidad y multiplicidad de matices que posee—, ciertos intelectuales maximalistas y algunos oportunistas se han apresurado a apuntar a la desigualdad bajo un sistema capitalista como la suma de todos los males sociales y políticos que padece el país. Sin duda, y como bien lo evidencia Peña, un elemento que ha empobrecido el debate con respecto al malestar social es el uso indiscriminado y simplista del concepto de desigualdad y el potencial significado maléfico que este posee para algunos intelectuales. Lo acontecido en octubre del 2019, argumentaban algunos, fue el resultado casi directo de una sociedad capitalista con “profundas” e “insoportables” desigualdades económicas y de ingresos, y el producto de profundos problemas de justicia distributiva generados por la sociedad capitalista reinante durante los 30 años de proceso modernizador; que, en vez de corregir dichas “insoportables” desigualdades, las alentaba y exacerbaba.

Como bien reconoce Peña, el problema fundamental de dicha tesis maximalista de la desigualdad económica es simplemente que no coincide de ninguna manera con los hechos ni históricos ni comparados de la real desigualdad económica en Chile, ni tampoco con su desarrollo decadente en el tiempo. Este no es el lugar para poder explorar el debate de la desigualdad en Chile en profundidad, pero basta con observar algunos datos elocuentes: 1) que, en el año 2017, el informe Desiguales, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), identificaba que la desigualdad económica en Chile —sea como ésta fuese medida— había disminuido sistemáticamente por más de dos décadas; similares conclusiones se derivan de otros estudios (Sapelli 2016; PNUD 2019). 2) Si comparamos la desigualdad generada sólo producto del mercado, es decir aquella desigualdad generada solo a través de ingresos por salario y rentas antes de impuestos y transferencias del Estado, entonces la desigualdad de mercado en Chile es igual a la de Finlandia y Francia, e incluso menor a aquella del Reino Unido, España y Alemania. Y, 3) que, al comparar la desigualdad económica de Chile, contra el resto de los países de América Latina —basándonos en el coeficiente de Gini para medir desigualdades salariales y otras formas de medición— la desigualdad en Chile se ubica aproximadamente en la mitad de la tabla de los países sudamericanos. En síntesis, ni tan mal ni tan bien, pero mejorando persistentemente en el tiempo.

Es decir, Chile no es necesariamente más desigual que Brasil, Colombia, Honduras o Paraguay, pero si más desigual que Argentina y Uruguay. Con lo anterior solo quiero evidenciar que, si fuera sólo por la desigualdad económica como factor que explica el malestar social en Chile, entonces la mitad del continente tendría que estar sumido en las llamas y la violencia. Ilustrativo en este sentido son los casos de Indonesia, India, México, Costa Rica y Turquía, países que han tenido procesos modernizadores industriales o capitalistas similares al de Chile, con décadas de marcada aceleración económica entre 1990-2010 aproximadamente, pero que lamentablemente, al igual que Chile, han sido bastante incapaces de reducir drásticamente sus índices de desigualad económica. No obstante, y a pesar de las similitudes en desigualdad y desempeño económico, en ninguno de estos otros casos hemos visto procesos de revolución social o fenómenos violentos de ‘malestar post-modernizador’ de la forma que se evidenció en Chile. Todo esto sugiere, prima facie, que la tesis de que la desigualdad económica explicaría el fenómeno de octubre es errada y que simplemente no coincide ni con la evidencia observada en Chile y en el mundo, ni con los datos analizados por la gran parte de las organizaciones mundiales para el desarrollo. Peña entonces concluye que “la base del problema no era la desigualdad, sino más bien la vivencia de la desigualdad”.  

  1. La paradoja de la modernidad: Aron y Peña sobre el malestar

Una plausible reinterpretación, más elaborada de lo anterior, es la que propone Carlos Peña en su ensayo del CEP, quien argumenta que lo que estaría pasando en Chile sería, en parte, una típica paradoja de la modernidad capitalista. Entonces, esto sería un fenómeno para nada nuevo, sino que más bien bastante común en aquellos países de corte demócrata-liberal que se modernizan rápidamente. Según Peña, “el fenómeno de octubre en Chile no es raro ni sorprendente en una sociedad que ha experimentado un rápido proceso de modernización”. Siguiendo a Tocqueville, este señala además que “la desigualdad (…) hiere más en una sociedad cuyo bienestar se incrementa”. Si bien esta tesis es plausible —y probablemente hasta parcialmente correcta— creo que nos otorga como sociedad un cierto grado de complacencia que puede resultar contraproducente y hasta dañino en el largo plazo para poder resolver nuestros problemas sociales y económicos y que no deberían ser ignorados frente a tesis de carácter más generales y abstractas como la enarbolada por el Rector.

Siguiendo al pensador francés Aron y sus reflexiones en La Révolution introuvable, Peña pareciera argumentar que lo vivido en Chile es casi un fenómeno ineluctable o predecible (“no es raro ni sorprendente”), debido a que “las sociedades que experimentan rápidos procesos de modernización configuran una inconsistencia entre la racionalización técnica indispensable para promover el bienestar con la subjetivación que inunda el mundo de la vida”. Con todo, Peña argumenta, pareciera que el fenómeno ocurrido en Chile sería bastante parecido al de mayo de 1968 en Francia, en cuanto sería el producto de las contradicciones de la sociedad industrial; “un síntoma de ella más que un cambio revolucionario”. Todo esto pareciera sugerir, argumenta Peña, que, similar a mayo del 68 y otros fenómenos sociales que lo siguieron, la “revolución inhallable” chilena, es un síntoma “de una crisis de la modernidad organizada”. Los movimientos sociales vistos en octubre del 2019, entonces, “expresan un desajuste [las tensiones] entre la racionalidad de la modernización [capitalista] y la subjetividad de los individuos”.

De esta forma, se podría apresuradamente interpretar el malestar que ocurre en Chile, como producto (¿casi inevitable?) de las tensiones de la modernidad capitalista y de las contradicciones —que ya advertía Max Weber con las tensiones de la “jaula de hierro”— de la sociedad industrial organizada bajo la racionalidad técnica. Dicho en simple, el fenómeno de octubre pareciera ser, según Peña, en parte un síntoma no deseado del éxito de la modernización capitalista en Chile, más que la consecuencia negativa de que dicho proceso modernizador haya quedado bastante inconcluso y desarrollado finalmente de manera insatisfactoria para la mayoría de la población. No obstante, esta explicación plausible del fenómeno de octubre, presenta algunos matices o interrogantes que merecen ser consideradas.

  1. La desaceleración del proceso modernizador en Chile (2014-2019)

Por de pronto, no es del todo claro que determina la magnitud o intensidad de dichas “tensiones de la modernidad” y cómo estas son efectivamente expresadas a través de la población hacia la vida en común, por ejemplo, sea a través de violencia, protestas u otras vías más pacificas. Si estas tensiones y contradicciones de la modernidad capitalista ocurriesen siempre de forma intensa e directamente correlacionadas con los rápidos procesos de modernización presentes en algunas sociedades industriales, y, más encima, que estos ineludiblemente terminasen en protestas, caos y manifestaciones como las ocurridas en Chile, entonces deberíamos haber visto similares procesos de malestar y de manifestación de dichas contradicciones capitalistas en países como: Polonia, Costa Rica, Corea del Sur, Singapur, Portugal, Tailandia, Indonesia y tantos otros países que han tenido altas tasas de crecimiento económico sostenidas por más de dos décadas, experimentando rápidos procesos de modernización muy parecidos a lo ocurrido en Chile. Dicho en simple, si lo ocurrido en Chile “no es raro ni sorprendente” en una sociedad capitalista que experimenta un rápido proceso de modernización, entonces deberíamos preguntarnos: ¿por qué entonces no se han visto similares fenómenos en Polonia, Corea del Sur, Portugal, etc.?

Mas aún, debemos reconocer que la época dorada del crecimiento económico en Chile (1990-1999) ocurrió hace ya más de dos décadas, y el país lleva años creciendo muy por debajo de lo necesario para sustentar un proceso de revolución modernizadora capitalista —por ejemplo, en materias de crecimiento, entre el 2014 y el 2019, con excepción del 2018, el PIB anual del país se situó siempre por debajo de los tres puntos—. De hecho, durante el periodo 2014-2017, la expansión promedio anual fue de 1,7% y la tasa de crecimiento pre 18-O durante el 2019 seguía siendo bastante pobre (2%). Peor aún, ésta última década (2010-2019) ha sido el decenio con el peor crecimiento económico promedio (3,3%) desde la década de los 70 (2,5%). Dicho en simple, el proceso modernizador lleva casi una década estancado.

Todo lo anterior pareciera ser confirmado por el estudio realizado por Álvaro Donoso, académico de la Universidad del Desarrollo, en donde argumenta que la principal explicación del malestar social en Chile sería económica. En lo específico, el estudio señala tres componentes claves detrás de la crisis: el bajo crecimiento económico de la última década, una caída dramática en las tasas de inversión desde el 2014, y una desaceleración notable en la demanda por trabajo entre 2014-2019. Todo esto, argumenta Donoso, hizo que el crecimiento anual de las remuneraciones pasara de un 3,2% anual a un humilde 0,4% por año después del 2014. Esto sería equivalente a “cerrarle el horizonte a la gente, es cuasi estancamiento”, sostiene Donoso.

Todo esto lo reconoce Peña de paso cuando menciona que “la modernización capitalista legitima la desigualdad con la expansión creciente del consumo y la promesa meritocrática (…) Y ocurre que ambas formas de legitimar la desigualdad han fallado. La expansión del consumo y el bienestar se hizo notoriamente más lenta, y la meritocracia no ha logrado contar con estructuras que la hagan plausible”. Entonces, al desacelerarse el proceso modernizador y al agotarse la expansión del bienestar en esta última década, la “sociedad chilena estaría, pues, en parte, atrapada en una de las varias versiones de la paradoja del bienestar”. Es importante destacar, como hemos visto, que Peña reconoce en parte este punto; lo discutible de su análisis entonces es, más bien, el hecho de que no le atribuya mayor peso argumentativo y causal a este fenómeno de la desaceleración del proceso modernizador a la hora de explicar el malestar subyacente en el país. Peña se concentra en argumentar que la desigualdad “hiere más en una sociedad cuyo bienestar se incrementa”, sin embargo y a luz de la evidencia mostrada en este ensayo, pareciera ser que la desigualdad hiere más cuando el bienestar se esfuma.    

Difícilmente entonces se podría argumentar que Chile ha vivido una década reciente de rápido proceso de modernización económica y capitalista; a lo más pareciera ser que Chile está experimentando un proceso grave de desaceleración económica y un notable estancamiento en su proceso de modernización, que ha imposibilitado las posibilidades de mejora y de bienestar de muchos chilenos. En síntesis, llevamos casi una década sin ver tiempos mejores, exacerbando los sentimientos de impotencia, frustración y una mayor vivencia subjetiva de la desigualdad.

De hecho, si comparamos el proceso de modernización económica chileno con otros países a nivel internacional, podemos entrever que nuestro proceso de rápida modernización duró no más de 20 años, mientras que en otros países —como Tailandia, Polonia, Malasia y Corea del Sur por mencionar algunos— dichos procesos han durado aún más, con tasas de crecimiento y modernización más vigorosas que la chilena, y algunos incluso continúan vigentes. No obstante, no vemos en ningún otro proceso de modernización reciente —quizás sólo en los casos de Francia e Italia a fines de la década de los 60— un proceso de malestar social tan agudo y canalizado en manera de violencia, protestas masivas y una fanática resistencia a la autoridad. En otras palabras, pareciera no haber una relación causal entre las manifestaciones violentas del malestar social experimentadas en Chile y las inherentes contradicciones de la modernidad organizada de corte capitalista que experimenta rápidos procesos de modernización.  

Al igual que con la desigualdad, si el proceso de modernización capitalista generara, de forma casi natural o inherente, fenómenos de corte pseudo revolucionarios o revoluciones contraculturales, como mayo del 68 o el 18-O, entonces tendríamos que ver a la mayoría de los países del mundo anteriormente mencionados en llamas o con profundas inestabilidades sociales.

Con todo, pareciera ser que el rezago temporal entre el rápido proceso de modernización vivido en Chile entre 1990 y 2010, y el fenómeno de octubre del 2019 (diferencia de casi una década entre ambos), sugiere que, más que ser un producto de las contradicciones inherentes de la modernización, el fenómeno chileno pareciera ser más bien el producto de que dicho proceso de modernización nacional se agotó de forma profunda o de que se perdió en el camino. De otra forma, sería difícil poder explicar por qué este fenómeno del malestar social surge precisamente al final de la década en la cual el país experimenta el crecimiento económico promedio más bajo de los últimos 30 años y el tamaño del Estado más grande de las últimas tres décadas. El hecho de que el proceso de modernización chileno haya quedado a medio camino, inconcluso o interrumpido —producto de esta última década de pobres resultados económicos—, y la frustración generalizada que genera aquello, perecieran ser causas más inmediatas que explican el malestar que aquel difuso fenómeno contradictorio de la modernidad que identificó Aron en Francia en mayo del 68.

  1. Conclusiones

Finalmente, el atribuirle en parte el malestar social a este aparente fenómeno endógeno de contradicciones que produciría la modernidad capitalista —como si fuese algo natural o incluso hasta inevitable— de cierta manera minimiza, difumina y le extrae la particularidad al fenómeno social ocurrido en Chile. Al vincularlo teóricamente con el fenómeno cultural ocurrido en mayo de 1968, Peña generaliza y abstrae demasiado el fenómeno chileno vinculándolo, como hemos visto, de sobremanera a dichas contradicciones generales que experimentan los procesos rápidos de modernización; pero esto, a su vez, desprovee el análisis de una particularidad local y del contexto temporal y político-económico en el cual realmente ocurre este fenómeno.

Por ejemplo, al hacer el paralelo entre las contradicciones de la modernidad identificadas por Aron y el caso chileno, Peña pareciera atenuar o subestimar nuestro problema al señalar: “¿Se dirá lo mismo [que mayo de 1968], luego de algún tiempo, de las reacciones que suscitaron los acontecimientos de octubre en Chile? ¿Nos parecerán desorbitadas? Las líneas que siguen sugieren que sí.” Peña está en lo correcto al señalar que lo que ocurre en Chile no es, ni será, la revolución armada, ni el comienzo de una revolución social reivindicativa; sino más bien se encontraría en una “revolución inhallable”. No obstante, estas afirmaciones parecieran ser un tanto complacientes o condescendientes —minimizando, de cierta manera, el problema modernizador que tenemos de frente—. Como hemos visto, dicha tesis de la normalidad (o inherencia) del fenómeno del malestar social, que en teoría ocurre en “sociedades que experimentan rápidos procesos de modernización”, pareciera no coincidir ni con la evidencia comparada internacional, ni con el desarrollo y posterior debilitamiento del proceso modernizador de Chile a lo largo del tiempo.

Con todo, el malestar subyacente en Chile pareciera ser no el producto “normal” y “poco sorprendente” de un exitoso proceso modernizador capitalista. Algo más profundo y complejo que las normales contradicciones de la sociedad industrial, identificadas por Aron, pareciera existir dentro de nuestro fenómeno del malestar chileno.

Finalmente, es plausible que la tesis de la desaceleración del proceso modernizador sea compatible con la tesis de Peña a través del fenómeno de las expectativas endógenas. Es decir, que el propio proceso modernizador chileno (1990-2010) haya elevado las expectativas con relación a la modernización local y el desarrollo económico, las cuales sin embargo parecieran haberse elevado más rápido que la real capacidad de respuesta del sistema político-económico nacional a las mismas. Dicho desajuste normativo se acentúa cuando el crecimiento económico se desacelera, abriendo paso a la anomia y a la incapacidad de nuestra estructura socioeconómica de proveer a los ciudadanos de lo necesario para lograr las metas modernizadoras. Es decir, el desajuste entre lo que promete nuestro sistema de desarrollo y lo que realmente se logró siguiéndolo en la última década. No obstante, la causa subyacente de todo esto, a pesar de que Peña no lo enfatice bastante, sigue siendo el hecho innegable de que el proceso modernizador chileno lleva una década estancado.

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