A principios de 1971, Salvador Allende asumió la presidencia de Chile en forma legítima y constitucional. En los días, semanas y meses que siguieron, todo el mundo estuvo pendiente de la marcha de un experimento nunca antes intentado: un camino democrático, legal, pacífico e institucionalizado hacia el socialismo. Se trataría, según el programa con que el Sr. Allende había llegado a La Moneda, de un socialismo “con empanadas y vino tinto”, estructurado dentro del marco institucional cuya fortaleza siempre había sido más fuerte que cualquier personalismo y que había librado a Chile de los nefastos caudillismos que habían dañado  tanto a tantos hermanos latinoamericanos.

En la segunda mitad de ese año, visitó Chile el dictador cubano Fidel Castro, reconocido mentor de la candidatura de Salvador Allende, y contra todo protocolo y uso entre mandatarios, se quedó en Chile varias semanas, lo visitó todo, lo estudió todo y se reunió con moros y cristianos (de hecho, fue esa la ocasión en que lo conocí, ya investido como Presidente de la Sociedad de Fomento Fabril). Ofreció muchos discursos en que, con palabras medidas y engañosas para los incautos, se las arregló para transmitir un claro mensaje en el que firmemente creía: el socialismo no es alcanzable democráticamente, y solo se puede implantar por un camino revolucionario.

Todavía recuerdo con asombro su increíble último y enorme discurso en el Estadio Nacional, con Salvador Allende a su costado y en medio de un bosque de encendidas banderas rojas. En un punto de él, le planteó a la muchedumbre enfervorizada la siguiente pregunta: “¡Compañeros! ¿Creen ustedes que están ganando la lucha por implantar en vuestro país un régimen socialista?”. La multitud rugió un SIIIIII que estremeció la ciudad entera, pero al que Castro respondió: “Están equivocados, la están perdiendo”.

Era la terca insistencia en la tesis que le había venido a advertir a Salvador Allende, que no era otra que la convicción de que no había socialismo sin revolución armada, que al enemigo no se le podía vencer dentro de las normas de su juego, que el pueblo unido (entendido como lo hacen los izquierdistas) siempre pierde si no está armado. Un año y medio después, el golpe de estado militar de 1973 le demostró la validez de su tesis y, todavía más importante para nosotros, se la demostró a los comunistas locales y a todos los que lo son sin darse cuenta.

El dilema planteado por Fidel Castro ha vuelto a presentarse en el escenario chileno. Ya no llenan los hoteles de periodistas y eruditos politólogos y sociólogos extranjeros que venían, llenos de curiosidad y de esperanza, a ver el milagro chileno en producción y terminaron huyendo de un enorme y trágico fracaso. El Presidente Boric, en poco más de un mes, está comprobando la imposibilidad de encauzar por vías institucionales normales lo que se pretende sea una refundación del país en búsqueda de un socialismo que la historia reciente de la humanidad ha demostrado utópico. Pero ahora hay una profunda diferencia ante el mismo dilema: el Partido Comunista y buena parte del ala más radical del Frente Amplio aprendió la lección de Salvador Allende y no está dispuesta a experimentar el desgaste que asegura el gradualismo y que, según demuestran ya las encuestas, es vertiginosamente rápido. Ese sector no está dispuesto a ver derrumbarse el régimen por sus contradicciones internas ni está dispuesto a irse para la casa con el rabo entre las piernas ante un proyecto constitucional que pretendió ser revolucionario y terminó siendo ridículo. Ese sector va a hacer su mejor esfuerzo por impulsar al Presidente a conquistar el poder total por la vía de un autogolpe de estado. Y, si no lo logra, va a pretender eliminarlo por “amarillo”, como ya le gritaron cuando visitó una población.  

Claro que un autogolpe de estado implica romper frontalmente con la institucionalidad democrática vigente. Significa perder la legitimidad y abrirse a toda reacción insurreccional. Las únicas veces que en la historia eso ha sido posible ha sido cuando se contó con la complicidad de las fuerzas armadas y, por tanto, lo que veremos en las próximas semanas será un esfuerzo gigantesco por, a lo menos, neutralizarlas.  

Estoy agudamente consciente de estar planteando un escenario aterrador, pero en verdad no creo que, habiendo llegado hasta aquí y con la oposición política tan estragada, el extremismo de izquierda se resigne a un fracaso total de un gobierno que en verdad no tiene cómo resolver sus contradicciones para enfrentar la situación de rebeldía social y de crisis económica que ya se sufre y que, ciertamente empeorará en el futuro inmediato.  

Aunque parezca muy paradójico, el detonante de esta situación insostenible lo está marcando el comportamiento de la Asamblea Constituyente que, conformada con una amplia mayoría favorable a la refundación del país, en su momento pareció ser el vehículo para hacer posible una marcha institucionalizada hacia el socialismo. Pero su actuación ha sido tan desatinada y tan extremista, que lo que pareció una oportunidad de implantar legal y normalmente un socialismo profundo, se ha comenzado a ver como una trampa que hizo pregonar ideas extremas antes de tener las herramientas de poder para sustentarlas. En palabras simples, lo que hace pocos meses parecía un triunfo histórico y aplastante, se ha demostrado como una trampa mortal.

Me pregunto qué opinaría Fidel Castro de lo que ahora está ocurriendo en Chile. Seguramente lo reafirmaría más que nunca en su tesis de que el socialismo es una flor que solo se abre en un macetero revolucionario e irrigado con sangre. Pero Fidel Castro ya no está y la dupla Maduro–Ortega está muy lejos de reemplazarlo. Y, además, nosotros los chilenos estamos obligados a vivir otros tiempos pero ante el mismo dilema.

*Orlando Sáenz es empresario.

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