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Publicado el 08 de diciembre, 2018

Osvaldo Schaerer: El voto en papel recupera valor

Consultor de empresas Osvaldo Schaerer

La fortaleza de un sistema de votación descansa en dos pilares: las medidas de protección y el nivel de confianza que la población tiene sobre la veracidad del resultado. Si en los niveles de protección electrónica no está claro todavía cómo garantizar su inviolabilidad, en los niveles de confianza no hay mecanismo electrónico que pueda reemplazar al escrutinio público, no centralizado, a la luz del sol, que es la característica del proceso vigente en Chile.

Osvaldo Schaerer Consultor de empresas
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El mayor éxito que ha mostrado un sistema de votación electrónica en Chile es acerca del destino del Parque Intercomunal Alberto Hurtado en octubre pasado. Para poner el problema en perspectiva, según declaraciones públicas de la empresa que vende este servicio, en dicho referéndum votaron 77.812 personas. Además, declaran haber conducido 450 procesos con más de 320 mil votantes. Si restamos del total a los electores del parque y los dividimos por el total de procesos menos uno, en las restantes elecciones participaron en promedio 540 electores. ¿Es ésta la solidez industrial en la que vamos a basar el futuro de las instituciones en que se sustenta la democracia?

 

La empresa defiende el voto electrónico. Dice: «Abarata costos administrativos, se incentiva la participación ciudadana y es más seguro, ya que el voto queda resguardado en servidores. En cambio, en la manera tradicional debe haber una cadena de custodia», dando a entender que la cadena de custodia desaparece mágicamente por ser electrónicos los votos.  Lo que corresponde decir es que la cadena de custodia física debe ser reemplazada por una cadena de custodia electrónica. Ahí es donde empiezan los problemas.

 

Las cadenas de custodia electrónicas no han logrado todavía superar a las físicas. Todos los días nos enteramos de nuevas pérdidas de dinero y datos que estaban custodiados electrónicamente. Eso es lo que queda en la retina del ciudadano observador de su entorno. Lo que está en juego es un indicador de riesgo. Nadie está dispuesto a invertir los recursos humanos y tecnológicos necesarios para intervenir fraudulentamente un sistema de votación si lo que está en juego es un parque o el consejo de administración de un condominio. Pero no estaría tan seguro de que no habrá inversionistas dispuestos a hacerlo si lo que se juega es el destino de un partido político, o de un país.

 

De hecho, quienes diseñaron el sistema vigente de votación en papel pensaron en la necesaria protección ante ataques, y concluyeron que el más capacitado para desincentivar o repeler dichas arremetidas era el Ejército de Chile, que toma el control de todos los recintos y los medios de votación con 48 horas de anticipación a cualquier elección. Bajo el principio analítico de la acción y la reacción, la capacidad de reacción de las Fuerzas Armadas de un país sería congruente con la fuerza de una potencial acción desestabilizadora del proceso electoral. Si trasladamos esa fuerza potencialmente dañina a un sistema electrónico, ¿cuáles fuerzas armadas o tecnológicas serían necesarias para asegurar su integridad?

 

La fortaleza de un sistema de votación descansa en dos pilares: las medidas de protección y el nivel de confianza que la población tiene sobre la veracidad del resultado. Si en los niveles de protección electrónica no está claro todavía cómo garantizar su inviolabilidad, en los niveles de confianza no hay mecanismo electrónico que pueda reemplazar al escrutinio público, no centralizado, a la luz del sol, que es la característica del proceso vigente en Chile. Podrá haber errores en el actual proceso electoral en papel, tal como un consejero del Servicio Electoral enumeró en una reciente carta publicada por El Mercurio, pero esta modalidad tiene la robustez industrial necesaria para sobrevivir a cualquier duda sobre la veracidad del resultado.

 

Si existiera la intención de intervenir fraudulentamente el proceso electoral vigente en papel, por su naturaleza distribuida y pública sería extremadamente difícil lograr alterar los suficientes escrutinios para cambiar el resultado de una votación y sería fácil descubrir la profundidad lograda por el ilícito. En el caso electrónico, por su naturaleza centralizada, de «caja negra», el resultado debe ser digerido por la población como un acto de fe, habida cuenta que, además, la intervención maliciosa de un sistema electrónico puede ser invisible al ojo humano, indetectable e incorregible.

 

No existe forma de compensar el daño hecho por el fraude en una elección. El perdedor pierde, aunque finalmente demuestre que la elección fue intervenida fraudulentamente. Los efectos que produce en la sociedad el anuncio del resultado no se pueden revertir. Una vez hecho el fraude, el sistema de votación electrónico es incapaz de ofrecer una solución diferente a repetir la elección. Repetición que podría hacerse cargo de los problemas puntuales de tipo técnico, pero que no tiene ninguna posibilidad de resolver el problema electoral con los ciudadanos.

 

Quienes tenemos una visión tecnológica y de procesos sobre el desafío de custodiar electrónicamente, dirigimos nuestra mirada hacia las tecnologías de Blockchain que, en teoría, logran cumplir con el estándar de custodia deseado. De hecho, con esta tecnología se ha custodiado ya por diez años la masa monetaria convertida a Bitcoins y no hay registro de que se haya extraviado ningún Bitcoin en la última década. Cómputo de los votos distribuido por local de votación y público, son los atributos que tiene el sistema en papel y que no tienen, todavía, los sistemas electrónicos. Blockchain podría cambiar esto, porque su arquitectura es distribuida y pública.

 

Lamentablemente, hay una característica de Blockchain que eleva en demasía los costos de su aplicación en un sistema de votación electrónica. Para este uso, su implementación debe dejar satisfechos a múltiples actores, donde cada uno tiene cero confianza en las actuaciones de todos los demás, que es la característica clásica en una votación competitiva. El logro de dicha garantía requiere desplegar una cantidad de recursos, tecnológicos y energéticos, de una magnitud que no le permite presentarse como una alternativa económicamente viable. Salvo que cada interesado asuma, respecto de la confiabilidad del resultado, sus propios costos en su rol de verificador de la integridad del sistema.

 

Esta misma razón de carencia absoluta de confianzas determina la actual implementación electrónica del dinero Bitcoin, en tecnología Blockchain. Son muy conocidas las críticas a la cantidad de tecnología y energía que consumen los certificadores de confianza (también conocidos como «mineros») para garantizar la integridad de su criptomoneda. Afortunadamente para ellos, la rentabilidad histórica de su inversión les ha permitido, hasta ahora, pagar esto sin problemas.

 

FOTO:MARIO DÁVILA HERNÁNDEZ/AGENCIAUNO

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