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Publicado el 09 de noviembre, 2019

Osvaldo Schaerer: El paquete constitucionalista chileno

Consultor de empresas Osvaldo Schaerer

Cuidado con recoger los atractivos billetes con que viene envuelta la nueva Constitución que alguien ha escrito para nosotros.

Osvaldo Schaerer Consultor de empresas
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Muchas veces me ha tocado trabajar en otros países de América Latina. En todos ellos experimenté un trato amable hacia Chile y los chilenos, aunque en Colombia, cada vez que identificaban mi nacionalidad, me llamaban la atención sobre el «paquete chileno», como una muestra característica de nuestro país. El «paquete» es una estafa, que consiste en dejar caer un rollo de papeles que tiene en su capa externa algunos billetes de alta denominación y en su interior otros sin valor. Luce y parece un suculento fajo de dinero tirado en el suelo, esperando a su futuro dueño. Cuando un transeúnte se acerca a recogerlo, el estafador (paquetero) finge hacer lo mismo y entabla una conversación con el transeúnte. Luego de un intercambio de opiniones, en vez de repartirse el botín, usa algún pretexto para convencer a la víctima de que le entregue algo de valor y se quede con el paquete. Todo el proceso es feliz, hasta que el infortunado transeúnte lo abre y se da cuenta que ha sido estafado. El proceso cognitivo‑emocional del estafado es fácilmente predecible y manipulable por el paquetero. Al ver los billetes y el tamaño del fajo, la emoción toma el control y los procesos racionales quedan subordinados frente a la emotividad de hacerse de una pequeña fortuna a costo cero.

La redacción de una Constitución es una tarea compleja, su texto resume varios miles de años de evolución de las estructuras de la vida en común. Desde el Código de Hammurabi de 1800 aC, la Carta Magna de 1215, la Constitución de San Marino -supuestamente la más antigua aún vigente- del año 1600, la de los EE.UU. de 1789, entre otras, las Constituciones que usamos como referencia en Occidente son habitualmente modificadas para reducir su ambigüedad y para agregarle nuevos elementos.

Hay países que han decidido cambiar su Constitución. Europa Occidental, más los EE.UU. y Canadá constituyen el 5% de todos los cambios de Constitución en el mundo para el período 1947 a 2015, y si examinamos el intervalo 1990 a 2015, es solamente el 1%. El 49% corresponden a países de África y el Medio Oriente, seguidos por un 17% en Asia y Oceanía, un 15% en Europa Oriental y otro 15% en América Latina y el Caribe, según cifras informadas por el PNUD en su informe «Mecanismos de Cambio Constitucional en el Mundo» publicado en septiembre de 2015.

En los debates recientes sobre una nueva Constitución para Chile, las propuestas se dividen en una alternativa constitucionalista y otra sociológica. La primera defiende el cuidado y rigurosidad que debe existir en la estructura del instrumento. La sociológica postula que lo importante es el proceso, porque sería lo que le otorga legitimidad. La defensa de esta última opción llega a límites como lo expresado por un destacado columnista en La Tercera del domingo 3 de noviembre donde, bajo el título «Disolver el Pueblo», plantea: «…anticipar los resultados del proceso es faltarles (sic) el respeto a los ciudadanos. En este caso, lo importante no es el qué, sino el cómo. Es el proceso el que da legitimidad, no el resultado». El problema con esta posición es que desvaloriza el resultado, que es con lo que tendríamos que vivir por muchos años.

En cualquier opción, una nueva Constitución no va a ser redactada por ningún conjunto de cabildos ni asambleas porque no es posible crear un cuerpo legal de esa trascendencia sin una rigurosa construcción que haga sentido en su conjunto. La versión final será el resultado del trabajo de especialistas que no pasaron por ningún cabildo o asamblea y que, muy probablemente, ya tienen muy avanzado el trabajo.   

Una vez que la nueva Constitución esté redactada, los ciudadanos vamos a ser convocados a un plebiscito, donde cada uno va a poner el dedo hacia arriba o hacia abajo, escogiendo las alternativas SI o NO… por el paquete completo. Ciertamente, éste va a estar adornado en su capa exterior por declaraciones de alto contenido emocional: muchos derechos protegidos, mucha justicia, equidad, dignidad, para que cumplan el mismo rol que los billetes reales en el paquete equivalente. Se configurará así el «paquete constitucional chileno», porque frente a tamaña envoltura, no cabe duda cuál va a ser el resultado de la consulta. Ya lo vivimos en Chile con la actual Constitución, que fue aprobada el 16 de agosto de 2015 por abrumadora mayoría, con 150 de los 154 (97%) votos en un Congreso Pleno. Muchos de los que en esa ocasión la aprobaron, incluso algunos de los que la firmaron, declaran ahora que su interior era inaceptable y hay que hacerla de nuevo. Lo mismo nos va a pasar a nosotros cuando veamos los efectos reales del texto aprobado, pero será tarde porque ya no habrá marcha atrás.

¿Cómo evitamos el paquete chileno aplicado a la Constitución? Basta mirar lo que han hecho los principales países occidentales que, en vez de ofrecer un nuevo «paquete», han hecho el trabajo de identificar qué disposiciones han perdido vigencia y deben ser modificadas o creadas. Con base en dicho análisis, han propuesto modificaciones focalizadas para lograr resultados comprobables y -una a una- las han incorporado en su Constitución. En los EE.UU., la emblemática Constitución “We the People…” ha sido intervenida 27 veces y la de Alemania 62 veces desde 1949.

Lo positivo de este método es que les cierra la puerta a los fabricantes de «paquetes chilenos» porque todos deben abrir el paquete y ponerlo a la luz del sol con sus componentes, deben describirlos detalladamente y someterlos al debate, billete a billete, párrafo a párrafo, exhibiendo sus bondades y efectos esperados. Es la forma responsable de cambiar lo que nos debe representar a todos y no solamente a los vociferantes que en forma agresiva y violenta nos tratan de imponer su punto de vista mediante el secuestro de la calidad de vida y de la normalidad del funcionamiento de nuestras ciudades e instituciones.

Para eso existe el Poder Legislativo elegido en democracia y también existen los quórums aplicables para hacer las modificaciones a las leyes y a la propia Constitución. Nada ha estado ni estará escrito en piedra. Es hora de que los legisladores electos asuman sus responsabilidades y procedan a hacer su trabajo de darle gobernabilidad al país al que decidieron libremente ponerse a su servicio.

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