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Publicado el 28 de marzo, 2020

Osvaldo Schaerer: ¿Data Power o Power Data?: La pregunta crucial de la pandemia

Consultor de empresas Osvaldo Schaerer

Estamos bajo órdenes perentorias de permanecer confinados en nuestros hogares. Millones estamos trabajando remotamente. Vemos que mucha gente ha comenzado a perder su trabajo. Hay temor a una recesión. Es hora de comenzar a planificar el mundo posterior a la pandemia, porque, de lo que no hay duda, es que cuando esté disponible la vacuna contra el SARS-CoV-2 y volvamos a salir de nuestro claustro, veremos las mismas calles y los mismos recintos, pero la sociedad, el gobierno y el trabajo, no volverán a ser lo que eran.

Osvaldo Schaerer Consultor de empresas

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En estos meses de circulación restringida, la normalidad serán las conferencias, tanto personales como laborales. Las plataformas de conferencia más populares han incrementado exponencialmente su uso. Paradojalmente, ante la masiva volatilidad en los precios de las acciones, la única compañía tecnológica que no perdió su sitial de valoración bursátil mayor a 1 trillón (norteamericano) de dólares fue Microsoft, que desarrolla y opera una de ellas.

Hasta febrero, una reunión presencial era la práctica para directorios, comités, coordinación y seguimiento de actividades y resultados. Todo cambió. Las reuniones se extinguieron mucho antes de la cuarentena total. Todas viven ahora en plataformas digitales.  El cambio fue instantáneo, hasta los más recalcitrantes se convirtieron y descubrieron un nuevo mundo, donde las conferencias comienzan y terminan puntualmente y, quizás por la novedad, todos los participantes mantienen sus intervenciones centradas en el foco de los temas. El mundo se achicó. A las conferencias ingresan personas de cualquier parte del planeta, sin problemas, sin viajes, sin hoteles, sin viáticos, sin esfuerzo. Por lo mismo, todo se aceleró. Lo que antes se coordinaba en semanas, ahora se hace en horas. Otro mundo, más eficiente, más impersonal. Desapareció el apretón de manos, el saludo «de beso» y el cafecito. Ahora todos somos orientales, una reverencia, un guiño, un gesto y nos damos por cordialmente saludados o despedidos. Sin drama, natural.

Esta nueva realidad no necesariamente tendrá únicamente resultados positivos. Desde el momento en que el trabajo humano presencial se hizo escaso, todas aquellas tareas que -por diseño- lo requerían, están siendo rediseñadas para evitarlo. Eso implica un aceleramiento de la automatización y la transformación digital. Las empresas van a aumentar sus inversiones en tecnologías de la información y automatización. Puede que suene contra intuitivo porque un estudio de la consultora PWC arrojó que alrededor del 62% de las organizaciones norteamericanas están tomando medidas de contención de costos como reacción ante la pandemia.

Con el nuevo soporte de una ley laboral que reconoce los derechos del teletrabajo, muchos empleados de oficina seguirán trabajando desde su casa en forma semipermanente. Es poco probable que después de muchas semanas trabajando remotamente, las personas regresen al trabajo de oficina en las proporciones previas a la pandemia. Este cambio implicará gastar menos en instalaciones físicas y más en tecnologías de trabajo remoto. Se reducirán las interacciones cara a cara entre empleados y clientes y subirán las interacciones electrónicas. La venta minorista ya se desplazó en esa dirección. Las interacciones de servicio al cliente se están volviendo virtuales, los Call Centers se están repoblando masivamente, ya no desde un lugar de trabajo unificado, sino que cada agente trabajando desde su casa sobre una plataforma de coordinación electrónica.

En estos largos meses, las medidas de vigilancia y control informático serán desplegadas in extremis, cubriendo el amplio espectro de la vida en sociedad.

Cuando la crisis haya terminado, se habrán formado hábitos laborales y personales y el mundo post pandémico se verá muy diferente del mundo pre pandémico. Estos nuevos hábitos tendrán un mayor componente de electrónica digital y eso forzará a las organizaciones a gastar más en las tecnologías de soporte. La masiva descentralización del trabajo humano también conlleva mayores riesgos en la seguridad de las comunicaciones y transacciones, lo que indica la necesidad inevitable de aumentar el gasto en herramientas de seguridad electrónica, activas y pasivas.

Sospecho que los que respondieron el estudio de PwC eran ejecutivos de la escuela clásica del «bajen los gastos», mentalidad de gestión que, en este caso, es garantía para el desastre. Una nueva realidad exige una gestión diferente. Para reducir costos es esencial invertir en las alternativas operacionales de menor costo y abandonar o restringir las de costo superior. Es probable que cortar a «tabla rasa» todo, incluidas las tecnologías, sea causal de fallas catastróficas, colapsos operativos y ataques cibernéticos.

Lo anterior aborda el problema de los procesos de negocios que forman parte de la economía de servicios, porque las tareas asociadas pueden ser ejecutadas mediante teletrabajo. Otra cosa es la manufactura y la distribución, donde los empleos humanos requieren más presencia en el lugar de los hechos. No hay duda de que todo este sector de la economía será objeto de una ola automatizadora sin precedentes. Donde en la gestión pre pandémica había dudas o rentabilidades marginales, ahora habrá un propósito estratégico ineludible.  Tal como, desde Harvard, lo predijo Soshana Zuboff en 1988 en su libro «En la Era de las Máquinas Inteligentes», cito: «1. todo lo que pueda ser automatizado será automatizado.  2. todo lo que pueda ser informatizado, será informatizado y 3. toda aplicación digital que pueda ser utilizada para vigilancia y el control se utilizará para vigilancia y control». Si todavía queda un resabio de duda sobre la factibilidad de esta tarea, basta mirar a Amazon para erradicarla. En esta realidad post pandémica, la demanda de mano de obra para el mismo nivel de producción sufrirá una disminución significativa en muchas áreas de la economía.

Si lo anterior fuera poco, el tercer pronóstico de Zuboff, relacionado con la vigilancia y control será la innovación planetaria de mayor incidencia post pandemia. La amenaza a la salud humana finalmente terminará. Va a durar -con distintos grados de intensidad- hasta que esté disponible una vacuna. El pronóstico optimista es de doce meses y el realista es de 18-24 meses. Por mucho que la tasa de contagios decaiga en las próximas semanas, la tasa de mortalidad para los mayores de 70 años comienza en el 7% y se eleva, para los mayores de 80 años, por encima del 15%. Lo que significa que ningún gobierno responsable puede desproteger a esos segmentos antes que la vacuna esté disponible para ellos.

En estos largos meses, las medidas de vigilancia y control informático serán desplegadas in extremis, cubriendo el amplio espectro de la vida en sociedad. Todos estaremos de acuerdo con el propósito que las anima e incluso criticaremos al gobierno de turno por la lentitud en implementar la capacidad de cualquier otro gobierno. ¿Qué garantía tenemos los ciudadanos de que cuando entremos en la era post pandémica, esas medidas extraordinarias van a desaparecer? Desgraciadamente ninguna, porque no van a desaparecer, se van a quedar entre nosotros y van a pasar a ser parte del paisaje social.

Superada la pandemia Covid-19, habrá una nueva oportunidad para los gobernantes, de demostrar su compromiso con el bien común desactivando los mecanismos de control y vigilancia establecidos para combatirla.

Estas nuevas capacidades tecnológicas recolectarán, relacionarán y procesarán los datos de desplazamiento, registros médicos, sociales, preferencias y todo lo que se pueda recolectar sobre los ciudadanos. Esto no tiene nada de novedoso, porque es lo que hoy hacen Facebook, Google y otros. La innovación es que ahora será coercitivo, porque el poder del Estado lo forzará por una causa noble, habilitando usos futuros que no podemos prever si serán tan nobles.

Mientras dure la pandemia, la gente aceptará cualquier medida de fuerza estatal porque estarán asustados. En los momentos en que las personas temen a la enfermedad y a la muerte, aceptan todo tipo de medidas porque creen -correcta o incorrectamente- que las salvarán, incluso si eso significa una importante pérdida de libertad. Un reciente estudio realizado en Chile por TrenDigital UC concluyó que cerca de un 60% de los chilenos estaríamos de acuerdo con una mayor fiscalización mediante rastreo de celulares. Autoridades del Colegio Médico también declaran que es «una buena medida». Tales medidas han sido populares en el pasado, ahora también lo serán.

En los países asiáticos y europeos, que nos llevan la delantera por algunas semanas, vemos cómo se restringe todo tipo de libertades, cuarentenas, espacios públicos cerrados, tiendas y negocios cerrados, gente multada o presa por moverse sin razón, todo con buena aceptación de la sociedad. Más aún, vemos creación de grandes repositorios de datos destinados a que la autoridad sepa más sobre los individuos, no sobre la sociedad, porque no es la sociedad la que está enferma esta vez. Los enfermos potenciales somos los individuos y sobre cada uno de nosotros el Estado necesita saber. La salud de la población está en juego.

Usemos como referencia el Estado de Israel, donde el Primer Ministro promulgó un decreto de emergencia con el que se ha otorgado enormes poderes de vigilancia sin ningún tipo de supervisión. Las instituciones, capacidades y prácticas normalmente usadas para rastrear a los terroristas ahora se aplicarán para monitorear el cumplimiento de restricciones a los ciudadanos, seguir su actividad y movimiento, realizar un seguimiento de sus temperaturas, estado de salud, entre otras. En condiciones normales, la población nunca aceptaría este nuevo rol de los servicios de seguridad, pero mientras los ciudadanos estén asustados, una gran parte de la población lo hará y estos servicios del Estado van a pasar a formar parte de nuestra vida cotidiana en todo el mundo, porque dada la eficacia que ciertamente van a demostrar en su cometido, los países que cuentan con esta tecnología se la van a vender a los demás.

Otro caso es el de Singapur, destacado como ejemplo de la contención de la pandemia, no solamente por un testeo CPR masivo, como majaderamente se insiste. Este país lanzó una APP para los smartphones de todos sus ciudadanos, se llama TraceTogether, que, en lugar de usar el GPS para localizar enfermos y focos de contagio, hace un barrido de la señal Bluetooth para convertir el móvil de cada persona en un radar, que se conecta durante unos milisegundos a todos los otros teléfonos cercanos a su paso, para capturar su identificador único.  En su primera versión, los datos recolectados se almacenan en el móvil de cada persona y son descargados solamente en caso de ser diagnosticada con el virus. TraceTogether ha sido muy eficaz en el combate a los contagios porque el radar Bluetooth es superior al GPS, que no es preciso bajo techo y no reconoce el posicionamiento vertical. Usando solamente GPS, si una persona da positivo en coronavirus y vive en un décimo piso, habría que poner en cuarentena todo el edificio. El sistema de Singapur rastrea los contactos cercanos, no la ubicación, que ya está masivamente rastreada por otras aplicaciones.

Habiendo ya corrido voluntariamente la frontera de lo tolerable en materia de recolección de datos personales, cuando la solicitud venga acompañada de la promesa de proteger nuestra salud, todos vamos a poner el dedo en la opción «acepta» y eso va a generar un cambio de paradigma.

En la República Checa, un consorcio de empresas está creando la misma aplicación de Singapur con la promesa de que lo hará con una licencia de código abierto. Cuando eso ocurra, cualquier país podría lanzar la misma aplicación en cuestión de días y, al ser código abierto, cualquier Estado podrá agregar las capacidades que estime conveniente para el propósito adecuado a las circunstancias.

Una gran masa de la especie humana está integrada a las redes sociales y al comercio electrónico de Facebook, Google, Microsoft, Amazon, Uber, Cornershop, y muchas otras. Estas compañías suelen recopilar más datos personales de los que necesitan para realizar los servicios que ofrecen a los usuarios y, dada la calidad del servicio que entregan, todos nos rendimos pasivamente ante ellas, desplazando el límite de lo posible. Habiendo ya corrido voluntariamente la frontera de lo tolerable en materia de recolección de datos personales, cuando la solicitud venga acompañada de la promesa de proteger nuestra salud, todos vamos a poner el dedo en la opción «acepta» y eso va a generar un cambio de paradigma.

Los gobiernos que han sido amables al anunciar sus medidas, están cumpliendo con su obligación de hacer que la salud de las personas esté protegida. Pero no hay forma de saber si, después de la pandemia, las nuevas capacidades tecnológicas de las autoridades serán desactivadas. Desde tiempos inmemoriales sabemos que la información da poder. También sabemos que, una vez que una posición de poder ha sido lograda, nadie la abandona voluntariamente.  Superada la pandemia Covid-19, habrá una nueva oportunidad para los gobernantes, de demostrar su compromiso con el bien común desactivando los mecanismos de control y vigilancia establecidos para combatirla. No soy optimista al respecto.

Espero que exista transparencia en estas decisiones, no solamente para tener la tranquilidad de saber a qué tipo de sociedad estamos evolucionando, sino también para que Soshana Zuboff tenga la oportunidad -en vida- de saber si su visión de hace más de 30 años era verdadera o falsa. Lamentablemente, no tenemos opción de ofrecerle lo mismo a Aldous Huxley quien, con motivo de la publicación de su libro «Un Mundo Feliz», fue entrevistado por Mike Wallace el 18 de mayo de 1958, donde expresó «no creo que haya personas siniestras que deliberadamente intenten despojar a las personas de su libertad, pero creo que, en primer lugar, hay una cantidad de fuerzas impersonales que están empujando en la dirección de cada vez menos libertad, y también creo que hay una serie de dispositivos tecnológicos que cualquiera que desee usar puede usar para acelerar este proceso de alejarse de la libertad, de imponer más control»

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