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Publicado el 30 diciembre, 2020

Orlando Sáenz: Ser y parecer

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

Deseo invitar a mis lectores a preparar un cuadro clasificatorio de los actuales gobernantes de nuestro lado del mundo dentro de cuatro categorías: los que son y lo parecen, los que son pero no lo parecen, los que parecen y no son, y los que ni parecen ni son (…) Como estoy plenamente consciente del alto grado de subjetividad, me atrevo a facilitar la tarea de cada cual con un adelanto de mi propio criterio clasificador aplicado a mandatarios actuales de nuestro entorno.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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En una de mis atesoradas conversaciones con don Eduardo Frei, en los años 70’s, el imponente exmandatario se esforzó, en parte de ella, en describirme el sentimiento y las sensaciones que brotaron en él cuándo recibió la noticia de que había sido electo Presidente de la República. Tras agotar vocablos tales como vértigo, plenitud, abrumo, culminación, concluyó con una frase que me ha inducido décadas de reflexiones: “me sentí como si fuera otra persona”.

Pero ¿es verdad que la investidura del poder supremo altera a un ser humano al punto de sentirse “otra persona”?  En la antigüedad se creía así porque se suponía que, al ser investido, la divinidad electora penetraba en él y lo convertía en un ser distinto del anterior. Los faraones del antiguo Egipto, al asumir el trono, adoptaban el “nombre en Herus” para afirmar que ya no eran el príncipe heredero si no que eran ya un dios.  La Iglesia Católica ha recogido el hondo significado de esa tradición y lo ha trasformado en la costumbre de que el pontífice electo adopta un nombre distinto del propio para advertir que en adelante está asesorado por el propio Espíritu Santo.

En el mundo de hoy, son ya pocos los que entienden y creen en la efectividad de esos simbolismos, pero todo buen político sabe que una parte relevante del poder de un gobernante emana y depende del respeto y la devoción que le proporciona la majestad de su cargo y su señorial comportamiento. Aun en sociedades en que, como la nuestra, toda excelencia es sospechosa de inequidad, el vulgo comprende que el mandatario debe residir en un palacio y rodearse de un estricto protocolo. Hasta el populacho más soez acepta que el mandatario goce de privilegios, porque oscuramente comprende que en él se encarna la majestad del cargo y de la nación. Lo que tal vez no comprenda es que todo privilegio implica la aceptación de deberes insoslayables, de modo que quien goza de aquellos, está de alguna manera obligado a entender que el poder lo ha trasformado en “otra persona” de la que no se podrá desprender completamente durante todo el resto de su vida. Siempre ya le estará vedado el gesto destemplado y la facha indecorosa, porque, quiera que no, se ha trasformado en un paradigma para al menos parte de su pueblo.

En menor escala, esa transformación de la persona ocurre con la recepción de poderes menores. Por ejemplo, si un jovenzuelo se convierte en legislador gracias a su rimbombante retórica, se degrada así mismo y al poder que ha recibido si sigue comportándose y luciendo como un atorrante. Puede parecer inteligente, pero su propia actuación denota que está más cerca del título de payaso que del de legislador. Lo mismo podría decirse de un magistrado o de un jefe de oficina pública que no entiende que con el cargo le llega la obligación de un comportamiento y de una apariencia acorde con su función que siempre tendrá algo de aleccionadora. 

No cabe dudar de que el mundo sería mucho mejor si todos pareciéramos lo que en realidad somos. No existirían los estafadores con rostros de candidez, los asesinos con cara de niños buenos, ni los demagogos con rostro de estadistas, pero lo que al nivel del hombre de la calle es una utopía, al de un mandatario es una indispensable obligación porque el daño que le causaría a la institucionalidad con un comportamiento inadecuado es demasiado grande para tolerarlo. En América Latina se ha puesto de moda el tener a los exmandatarios procesados, o en la cárcel, o refugiados en países vecinos y a nadie parece importarle el daño atroz que eso le causa a todo el sistema democrático que trabajosamente tratamos de que enmarque adecuadamente nuestras vidas. Es muy difícil discernir si esos tratamientos son justos o son la simple expresión de innobles venganzas políticas, pero lo que no está en duda es el daño sistémico que acarrean.

Cuando se menoscaba la figura mandatorial, comienza a ocurrir inevitablemente una serie de fenómenos políticos, todos nocivos para el sistema republicano representativo. Avanzan ideas para disminuir aún más al poder ejecutivo en beneficio de un parlamento al que el fraccionamiento partidario ha tornado incoherente. El desprestigio del cargo presidencial genera candidaturas a niveles inverosímiles en cualquier época normal, como de animadores de matinales, alcalduchos de barriadas o señoras de reciente abandono de la cocina. La agenda del debate nacional ya no la administra el Estado, si no que un periodismo negativo y tendencioso en que la ecuanimidad y el profesionalismo están rigurosamente suprimidos.

En la esperanza de haber, con las reflexiones antedichas, demostrado bien la importancia que tiene para una república estar gobernada por un mandatario que en verdad lo sea y en verdad lo parezca, deseo invitar a mis lectores a preparar un cuadro clasificatorio de los actuales gobernantes de nuestro lado del mundo dentro de cuatro categorías: los que son y lo parecen, los que son pero no lo parecen, los que parecen y no son, y los que ni parecen ni son. Tal vez, para la utilidad de esa clasificación convenga precisar aún más lo que estamos entendiendo por “ser” y por “parecer”. Para esos efectos, ser un mandatario significa ejercer a plenitud el liderazgo y todas las facultades que le fueron conferidas para cumplir y hacer cumplir el programa de gobierno que ofreció la ciudadanía y para el cual le fue transferida temporalmente la soberanía. Parecer un mandatario significa actuar siempre, tanto en público como en privado, con la dignidad, la mesura, la seriedad y firmeza que se corresponden con un protocolo que protege la majestad y la representatividad del alto cargo que ocupa.

Como estoy plenamente consciente del alto grado de subjetividad que inevitablemente existirá en la preparación de una tal clasificación, pero también del irremplazable poder demostrativo del ejemplo, me atrevo a facilitar la tarea de cada cual con un adelanto de mi propio criterio clasificador aplicado a mandatarios actuales de nuestro entorno:

El que es y parece……………………………………………… Iván Duque de Colombia 

El que es pero no parece ………………………………….. Donald Trump de EE.UU.

El que parece y no es ……………………………………….. Sebastián Piñera de Chile

El que ni es ni parece ……………………………………….. Nicolas Maduro de Venezuela

Me siento muy confortable con mi clasificación.

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