El Partido Comunista chileno debe haber sido el más fiel y ortodoxo de todos los movimientos marxista–leninistas que nacieron por inspiración y apoyo del Comintern, que fue el órgano creado por el PC de la Unión Soviética para organizar, coordinar y dirigir a todos los partidos afines que serían sus instrumentos para el proyecto imperialista de Rusia.  Sin nunca una disidencia, o una diferencia ideológica, o una crítica a lo que la matriz hacía en su territorio, el PC chileno ostenta una continuidad doctrinaria y de actividad política que nunca ha tenido mayores variaciones. Por eso es que hoy es un fósil de los poquísimos que quedan de esa especie y tiene un extraño parecido con esos soldados japoneses que, emboscados en selvas de lejanas islas, no se enteraron nunca de la rendición del Japón y continuaron por largos años en guerra contra los norteamericanos. De igual modo, el PC chileno parece todavía ignorar que en 1991 se firmó el acta de defunción del comunismo internacional.

Por todo lo señalado, cualquier variación en la política ancestral del PC chileno, por minúscula que sea, es digna de cuidadoso análisis porque solamente la pueden producir causas muy profundas. Y ocurre que en la actual campaña electoral chilena el PC se está comportando de una forma distinta que todas las del pasado. Este partido sabe que, si bien posee una base popular fiel y sólida, también enfrenta un fuerte y mayoritario repudio de una enorme mayoría que le tiene desconfianza y miedo. Por eso mismo, su participación en coalición con otros siempre ha sido más bien discreta, evitando todo aspaviento revolucionario o extremo. Fue así como participó en el Frente Popular que llevó a La Moneda a tres presidentes radicales y así también participó en la campaña de Salvador Allende, un socialista al que jamás intentó pautear en el curso de ella. ¿Por qué, ahora, se empeña en pautear a Gabriel Boric con declaraciones tan determinantes como las que hemos oído de labios de sus máximos dirigentes? Daniel Jadue ha advertido que no permitirá que Boric se aparte ni un milímetro del programa y el propio Tellier ha dicho que éste debe cumplirse íntegramente sin excusa de lo posible, lo que es una clara critica a la posición que tuvo la Concertación y particularmente el Presidente Aylwin.

Creo que el origen del cambio estuvo en el entusiasmo que en el PC produjo la súbita pero liviana emergencia de Jadue como figura significativa de la política nacional. Eso le creó al partido la ilusión de que por primera vez en su ya larga historia tenía un candidato presidencial con verdaderas posibilidades de triunfo si es que lograba respaldarlo con una base política más amplia que la de él mismo. Para ello tenía dos opciones:  o trabajar para la recomposición de la Nueva Mayoría e imponerse en una primaria de candidatos, u optar por un pacto electoral con el Frente Amplio sobre la base de una primaria en que parecía fácil imponer a su abanderado. Las obvias dificultades de la primera opción, lo llevaron a trabajar en el sentido de la segunda. Pero ocurrió que su candidato fue rotundamente derrotado en la primaria con el Frente Amplio y el partido se vio incómodamente prisionero de un compromiso de apoyo electoral que está muy lejos de satisfacerlo. Es muy distinto apoyar a un candidato propio con un conglomerado amorfo como es el Frente Amplio, fácilmente digerible en el futuro, que verse obligado a apoyar una candidatura que, de triunfar, puede ser muy difícilmente gobernable.

De este análisis se desprende que el PC se encuentra apresado en una situación que puede ser muy prometedora, pero que está erizada de peligros. El Frente Amplio, con un candidato propio sentado en La Moneda, puede perfectamente terminar convirtiéndolo en un volantín de cola en vías de final extinción. Por eso es que se hace necesario, ahora, antes de la elección, amarrar compromisos arrancados en el momento en que la candidatura de Boric depende grandemente de su apoyo en las urnas y, todavía más, esos compromisos deben asomar explicitados, lo que genera la necesidad de pautearlo públicamente y en forma enérgica. De ese modo, con su actitud, el PC chileno le está diciendo a la ciudadanía que, o es piedra angular de un gobierno presidido por Gabriel Boric, o se convertirá en un opositor de él, dejándolo huérfano del único apoyo organizado con que puede contar.

Ahora bien, Gabriel Boric podrá ser ignorante y a leguas de la preparación necesaria para el cargo de Presidente de la República, pero no es ningún tonto y seguramente sabe que no le gusta al PC ni le inspira confianza en su futura fidelidad. Pero momentáneamente necesita su apoyo y trabajo de campo, de modo que, en esta etapa, tiene que maniobrar con la suficiente habilidad para no perder ese apoyo pero tampoco teñir su campaña de marxismo porque, en ese caso, la fidelidad comunista le sería muy cara desde el punto de vista electoral. Será muy interesante ver cómo transita la delgada línea que existe entre esos dos escenarios negativos. El problema lo agudiza aún más la evidencia de que en cuanto más crece la desazón de la mayoría silenciosa del país por la violencia, las incertezas y los absurdos debates de la Convención Constitucional, más votos electorales irán a parar al candidato José Antonio Kast. Lo ya ocurrido ha sido suficiente para que las encuestas lo revelen como el ganador de la primera vuelta y, por tanto, es una cuestión de tiempo que la acentuación de esos factores lo pueda convertir también en mayoría de segunda vuelta.

Sin embargo, ni aun esos inmensos riesgos pueden evitar el vocinglero pauteo del PC  a Gabriel Boric, porque la impericia de su directiva en su juicio sobre el poder político de Jadue lo metió en una trampa con el Frente Amplio que puede ser perdedora y  ponerlo en una posición terminal de aislamiento político.

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