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Publicado el 22 de abril, 2020

Orlando Sáenz: Nerón y los diputados

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

El incidente de la testera de la Cámara de Diputados plantea una pregunta mucho más amplia y profunda: ¿puede superarse una crisis mortal cargando con un porcentaje significativo de la población y de su institucionalidad boicoteando todo ese esfuerzo redentor?

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor

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En los últimos días ocurrió algo en la Cámara de Diputados que, aparte de iniciarla en un periodo de absorbente preocupación y febriles maniobras politiqueras, me hizo recordar una bizarra tradición histórica: la de Nerón cantando mientras Roma ardía en junio del año 64 DC. Justo cuatro años más tarde, en junio de 68 DC, algún piadoso amigo ayudó a ese emperador a suicidarse para evitar que su pueblo lo despedazara. Con él se hundió todo el sistema de los “poderes del principado” creado por Augusto casi un siglo antes, y el Imperio Romano entró en la fase de las dictaduras militares que ya no abandonaría hasta su caída final.

Como quiera que sea, la leyenda de Nerón pulsando la lira mientras el incendio de Roma consumía la ciudad y le parecía la inspiración para cantarle a la caída de Troya se ha convertido en el símbolo de los sistemas políticos que, en su fase terminal, han perdido toda sincronización con las necesidades y preocupaciones del pueblo que gobiernan. Que el parlamento chileno centre su afiebrada actividad en resolver el problema de generar una mesa directiva en la Cámara de Diputados capaz de estorbar más y mejor al Poder Ejecutivo -mientras el pueblo chileno lucha por superar la peor crisis que  aflige al país en casi un siglo- es una señal demasiado potente de un sistema caduco y tan desconectado de la realidad, que produce coraje en quienes vemos cómo se desperdician recursos, tiempo y energías para atender las nimiedades de una tropa de mentecatos que ni siquiera tienen la inteligencia para comprender que a Chile no le importa un carajo quién preside una Cámara de Diputados y un Senado cuyo único papel reside en estorbar lo que desesperadamente hace el país para sobrevivir.

Pero, además de agregar otro elocuente signo de la descomposición terminal de una estructura política superada por la evolución social, el incidente de la testera de la Cámara de Diputados plantea una pregunta mucho más amplia y profunda: ¿puede superarse una crisis mortal cargando con un porcentaje significativo de la población y de su institucionalidad boicoteando todo ese esfuerzo redentor? Durante la Guerra Civil Española se acuñó el término “quinta columna” para designar a quienes, debiendo militar en un bando, saboteaban desde su interior el esfuerzo bélico del otro para así favorecer el triunfo de su enemigo. Como los “quintacolumnistas” fueron determinantes en la victoria de los nacionalistas, el mundo aprendió que en una guerra –como la que Chile sostiene contra una mortal pandemia– es imprescindible neutralizar a la Quinta Columna. Y lo aprendió tan bien que, en muchos casos, esa neutralización ha alcanzado las proporciones de una “caza de brujas”, como ocurrió en Estados Unidos en la época del macartismo y el país entendía que había comenzado la Guerra Fría.

Existe otro sector, mucho más organizado, que sabotea las medidas de combate del gobierno por razones políticas, ideológicas o delictuales que legítima y justificadamente adopta y que son las necesarias para emerger victoriosos de la gran crisis que nos afecta.

Pero, en la guerra que libramos contra el formidable Coronavirus, ¿cabe afirmar que cargamos con una Quinta Columna que justifique una enérgica neutralización? Para contestar con seguridad y mesura esa interrogante hay que separar en dos grandes grupos a los que boicotean o entorpecen el combate que lidera el gobierno contra el virus. Existe un gran grupo de los que, estando sinceramente a favor de la patriótica causa, la entorpecen por afán de figuración, altanería o simple estupidez. En ese campo militan mini autoridades locales con la vista fija en alguna elección futura, dirigentes gremiales o vecinales que desean que su nombre sea conocido más allá del circulo familiar, candidatos a caudillos heroicos, fulanos que no se toman en serio lo que ocurre y, finalmente, aquellos muchos que creen que las reglas de la autoridad no se han hecho para ellos porque pertenecen a un sector ciudadano de derechos especiales.

Pero existe otro sector, mucho más organizado, que sabotea las medidas de combate del gobierno por razones políticas, ideológicas o delictuales que legítima y justificadamente adopta y que son las necesarias para emerger victoriosos de la gran crisis que nos afecta. Este segundo grupo está formado, básicamente, por la misma coalición que protagonizó la asonada subversiva de octubre pasado y que la forman delincuentes, anarquistas, mapuches en rebeldía, bandas narcotraficantes y lumpen que están organizados, dirigidos y liderados por movimientos políticos cuya expresión mas orgánica son los partiditos del Frente Amplio, el Partido Comunista y los sectores del Partido Socialista recaídos en el marxismo. Están temerosos de que el combate coordinado contra la pandemia derive en el empoderamiento y la re aprobación del gobierno de don Sebastián Piñera, dejándolos enfrentados a un fracaso político de marca mayor y a un rechazo trasversal de fatales consecuencias electorales. Por eso es que tratan desesperadamente de demostrar que el manejo de la contingencia es deficiente, opaco, alarmista y mentiroso y buscan entorpecer el manejo de la crisis de todas las maneras y en todos los frentes posibles, incluso desafiando cada vez con mayor audacia el control militar de la coyuntura.

No está de más advertirle al gobierno que tenga cuidado con el momento en que termine la emergencia, porque lo mas probable es que traten de repetir lo de octubre, aunque sea para ratificar aquello de que “nunca segundas partes fueron buenas”.

Ciertamente que este grupo amerita el calificativo de quintacolumnista y una enérgica neutralización de él. Ahora bien, debo reconocer que nada asegura que el actual gobierno vea así las cosas. La ingenuidad a la hora de detectar las verdaderas intenciones y maniobras de sus opositores ha sido su característica, y eso ya le costó el estar “with the pants down” cuando estalló el motín de octubre pasado. Por eso es que no hay que perder la esperanza de que esta vez asuma que dispone de unas pocas semanas para completar la drástica neutralización de que hemos estado aludiendo. ¿Por qué podría creer que la inefable Sra. Bachelet elige este momento para demostrar su preocupación porque el manejo de las crisis sanitarias aumente las justificadas represiones? Obviamente que nada diría si en verdad no las justificaran. En todo caso, y como quiera que fuera, no está de más advertirle al gobierno que tenga cuidado con el momento en que termine la emergencia porque lo mas probable es que traten de repetir lo de octubre, aunque sea para ratificar aquello de que “nunca segundas partes fueron buenas”.

Con todo y por irrelevante que sea, vale la pena ahondar en las causas que han llevado a los dirigentes políticos a tal extremo grado de enajenación de lo que ocurre en el país, como demuestra lo que hemos llamado “el síndrome de Nerón” en la Cámara de Diputados. La principal razón de ello es que la mayoría del Congreso que es contraria al gobierno nunca ha podido articular una oposición coherente, racional y con el bien del país como objetivo fundamental. Ello no ocurre por las ocasionales debilidades de alguno o las deslealtades de otro. Ocurre porque está escindida por una brecha mucho más profunda que la que la separa del oficialismo, aunque no lo vea así, y que es la de la adhesión al ideal democrático. Prueba de ello es que ya esa imposibilidad de cohesionarse la afectó en el Bachelet II y condujo al fracaso de ese gobierno y a la crisis de la Nueva Mayoría.

El epicentro de esa irreparable brecha es el Partido Comunista, cuya rama chilena es un notable fenómeno de fosilización tanto en su doctrina como en su praxis. Lleva un siglo desarrollando una política dual: tratando de liderar a la calle y al rupturismo mostrándose como revolucionario y tratando simultáneamente de integrarse con la izquierda política democrática mostrándose como tal. Este doble discurso siempre termina en tantas contradicciones y falsas posturas que unos y otros dejan de creerle. No es casualidad entonces que hayan fracasado todas las alianzas políticas que integran al PC, llámense Frente Popular, Unidad Popular o Nueva Mayoría y terminen divididos todas las centrales, sindicatos o colegios profesionales en que un comunista alcanza la dirección (como ahora va a ocurrir muy pronto en el Colegio Médico).

En las circunstancias en que nos encontramos esa brecha ha terminado por poner a la Cámara de Diputados en el límite del ridículo y la desubicación. Ahora estará muy ocupada estudiando cómo puede censurar a una mesa directiva que ni siquiera ha debutado, pero no tendrá problema en ello porque ha perdido el miedo al ridículo. Sin embargo, podemos estar seguros que cualquier cosa que haga al respecto será irrelevante y no afectara al país real, que esta demasiado preocupado tratando de salvar vidas como para prestarle atención a unos cuantos payasos rentados que están parodiando a Nerón.

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