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Publicado el 06 de septiembre, 2019

Orlando Sáenz: Madurando

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

El ejemplo de lo que le puede ocurrir a un país que cae en las garras de las pretendidas “revoluciones libertadoras” es tan potente, que es mejor tenerlo presente. Se ha llegado al punto de que todos juegan a dejar que el fruto podrido se caiga cuando la rama ya no sea capaz de sostenerlo.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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No cabe duda que la Revolución Cubana encabezada por Fidel Castro marcó un antes y un después en la historia mundial, pero muy especialmente en la de América Latina. Al plantear un desafío frontal al liderazgo de los Estados Unidos en la región, cambió definitivamente la forma de relacionarse de cada uno de nuestros países con el gran país del norte, cualquiera fuera el grado de adhesión que podría existir en ellos hacia los valores que éste lideraba y representaba. Dio inicio a largas décadas en que el mundo se definió políticamente en relación a dos polos: el de quienes veían en esa revolución el modelo a seguir para construir sociedades más libres, más justas y más solidarias, y el de quienes la veían como la peor amenaza a la democracia representativa y libertaria que cada uno de ellos había tratado de implementar con grandísimo esfuerzo. Y, sobre todo, marcó el comienzo de una pareja de conspiraciones que, en cada uno de estos países, de una u otra manera alteró su devenir: la de quienes se unían para desafiar a sus gobiernos y emprender la ruta revolucionaria cuyo ritmo marcaba La Habana, y la de quienes se unían para, de la mano de Washington, arrancar de raíz esos grupos malsanos y alejar, ojalá definitivamente, el peligro que representaban. De esa primera conspiración nacieron los Ortega, los Allende, los Velasco, los Mujica y tantos otros, y no hubo movimiento subversivo de extrema izquierda en que no estuviera activa la ayuda de Cuba. De la segunda nacieron los Videla, los Garrastazu, los Pinochet y tantos otros, y no hubo movimiento o partidos antimarxistas tras los cuales no estuviera el apoyo norteamericano.

Había varias razones para temer que el efecto Chávez podría ser mucho mayor y más peligroso que lo que, medio siglo antes, había sido el efecto Castro.

Por eso es que, cuando a principios de este siglo XXI surgió Hugo Chávez en Venezuela y llevó al poder su Revolución Bolivariana, muchos pensaron que se avecinaban grandes tormentas regionales porque la potencialidad de ese nuevo brote revolucionario era todavía más poderoso que el cubano, por la importancia del país, por sus enormes recursos, por su mucha mayor envergadura. Había varias razones para temer que el efecto Chávez podría ser mucho mayor y más peligroso que lo que, medio siglo antes, había sido el efecto Castro. Y, para confirmarlo, el espectro político latinoamericano empezó a teñirse de rosado con tendencia a rojo vivo, porque ya tenían poder los Kirchner, las Bachelet, los Umala, los Correa, los Morales. Pero la amenaza venezolana abortó en su cuna y no por el contragolpe desatado desde Washington, sino porque ocurrieron simultáneamente dos catástrofes desbastadoras: la muerte de Chávez y la sucesión de Maduro.

La muerte de Chávez privó a su revolución de lo que es indispensable, o sea de un líder carismático e inteligente, capaz de inspirar entusiasmos mesiánicos pero también de corregir y controlar. La segunda catástrofe fue causada por un error garrafal del moribundo, que lo llevó a entregarle las riendas del poder a un monigote incapaz, corrupto y fanfarrón. Y, bajo su conducción, la revolución bolivariana se convirtió primero en ineficaz, después en represiva y finalmente en catastrófica y sin futuro. No solo se esterilizó a sí misma, sino que le ha dejado una demoledora herencia a todos quienes adhirieron a ella con entusiasmo: a Rusia, a China, a Cuba y, todavía más importantemente, a todos los rebrotes de extrema izquierda que resurgían en Latinoamérica, como es el caso del PC chileno.

La cerrada adhesión del PC chileno a Maduro y su régimen lo ha privado de las banderas democráticas y de respeto a los derechos humano con que había logrado disimular su siniestro pasado estanilista.

Para medir las consecuencias que ha traído la trasformación del efecto Chávez en el efecto Maduro, vale la pena ahondar en el examen de dos casos: el de Cuba y el del PC chileno. Cuba se jugó a fondo por la revolución bolivariana, se aprovechó de ella, la apoyó de todas las formas posibles y, como ninguna, sufre las consecuencias de su derrumbe. Raúl Castro, contra todo lo que se podría haber esperado de él, había logrado factibilizar un aterrizaje controlado del proceso revolucionario al darle una perspectiva de futuro próspero y posible a una sociedad ahogada por el dogmatismo marxista. Había logrado establecer relaciones cercanas a la normalidad con su vecino Estados Unidos y había abierto la isla a un turismo masivo que pondría en plena producción su mayor recurso natural, como es su belleza y su estupenda cultura caribeña. Pero, al no atinar a detectar el momento en que el gobierno de Maduro se había convertido en infactible, la continuación de su apoyo incondicional le dio a Estados Unidos el pretexto para reanudar la estrangulación económica y del turismo masivo, de modo que su propio régimen se ha convertido en fallido. Difícilmente este retroceso puede estimarse compensado por los años de petróleo gratis de que gozó en el pasado, para no mencionar las peligrosas revelaciones que surgirán tras la caída de la grotesca dictadura de Maduro y que seguramente dañarán aún más su situación internacional.

Por otra parte, el PC chileno tiene tan menguada votación popular (del orden del 5% según la última elección) que corre el riesgo de desaparecer como fuerza política relevante si no logra alianzas electorales para enfrentar los próximos comicios. Y ocurre que su cerrada adhesión a Maduro y su régimen lo ha privado de las banderas democráticas y de respeto a los derechos humano con que había logrado disimular su siniestro pasado estanilista. En otras palabras, se ha convertido en un compañero indeseable hasta para los grupos más izquierdistas del país y el aislamiento político es ya una amenaza más que probable. Es esta la evidencia que está produciendo un revisionismo que parecía impensable en un partido tan ideológicamente fosilizado.

Pero, con mucho, el desastre de Maduro recae inmisericorde sobre el pueblo venezolano porque su agonía se ha trasformado en conveniente para todos los sistemas democráticos de la región. El ejemplo de lo que le puede ocurrir a un país que cae en las garras de las pretendidas “revoluciones libertadoras” es tan potente, que es mejor tenerlo presente que en el pasado y, por tanto, se ha llegado al punto de que todos juegan a dejar que el fruto podrido se caiga cuando la rama ya no sea capaz de sostenerlo. El régimen de Maduro no tiene factibilidad y todo lo que le espera es una penosa agonía, de modo que sería un profundo error otorgarle ahora la corona del mártir mediante acciones agresivas. Tal vez sea esa convicción la que está provocando revisión de los apoyos que llegaron a otorgarle los sectores de la izquierda latinoamericana. Todos ellos están sacando las cuentas de lo caro que Maduro les está costando. Todos ellos lo están madurando.

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