Según mi ya larga experiencia, no existen los gobiernos cien por ciento malos o cien por ciento buenos. Es más, también he aprendido que en la vida del ser humano nunca se da el blanco o el negro absoluto y que todos tienen algo de tono gris, de modo que la felicidad consiste en mantenerse todo lo posible en la zona de los grises más claros. Me hago estas reflexiones al abordar el tema del juicio histórico que merecerán los tres gobiernos más conflictivos del periodo que me ha correspondido vivir, y que son el de Salvador Allende, el de Augusto Pinochet y el segundo de Sebastián Piñera. En los tres, y pese a los juicios lapidarios con que algunos tratan de demonizarlos, ocurrieron cosas positivas para Chile, de modo que el juicio global que cada uno de nosotros pueda formarse sobre ellos siempre será un balance entre lo negativo y lo positivo.

Tomemos el caso del tan execrado hoy día gobierno del general Augusto Pinochet Ugarte, al cual la extrema izquierda chilena se ha encargado de presentar como un verdadero infierno sin nada que alabar. Puede ser que la cobardía innata de los chilenos haga parecer que ese juicio es universal, pero eso sería un grave error. Existe un importante sector que añora ciertas virtudes innegables de ese régimen, como el orden, el control estricto de la delincuencia en todas sus formas, la inmigración regulada y comedida, etc. Y ese sector crece cada día debido a la desaparición de esas virtudes que la ciudadanía, pese a lo que se diga, reconoce indispensables. Por eso es que es fácil pronosticar que el pinochetismo rebrotará fuerte y vigoroso si las condiciones de desorden del país se prolongan y se agravan.

Otro tanto se podría decir de lo que ocurrirá con Piñera II. Para una gran mayoría, en la que me cuento, este gobierno ha sido el más nefasto para Chile de toda nuestra historia republicana. Y hay muy buenas razones para ello, porque, antes de un año de gobierno, el Presidente perdió todo control de la gobernabilidad y el resto de su administración no ha sido otra cosa que un vehículo de legitimización de situaciones y de legislaciones completamente contrarias al interés nacional, para culminar con la instalación de un proceso constitucional a cargo de un cuerpo que no es capaz ni siquiera de disciplinarse a sí mismo. Sin embargo, ese mismo gobierno ha tenido la virtud de manejar el problema del Covid 19 con una eficiencia casi sin parangón en todo el mundo, para no hablar solo de los países americanos.

Estoy agudamente consciente de que calificar de ese modo al Piñera II, a pesar de su excelente manejo de la pandemia, requiere argumentos muy sólidos. Y para presentar los míos, me remito a una conversación con don Eduardo Frei Montalva en que me propuso elegir un solo antecedente para juzgar el éxito o el fracaso de un gobierno. Después de mucho meditar y de desechar distintos indicadores que siempre se consideran decisivos (crecimiento económico, pleno empleo, estabilidad política y social, etc.), me incliné por el de conocer la naturaleza del gobierno sucesor. Razoné que, si a un gobierno lo sucedía otro que venía a proseguir y ampliar su tarea, ese gobierno antecesor había sido un éxito. Si, por el contrario, el gobierno sucesor llega para destruir y cambiar completamente el rumbo del antecesor, este habría sido un rotundo fracaso. Ese diagnóstico, que era severo hasta para el propio gobierno de don Eduardo, nos grita ahora que el segundo gobierno de Sebastián Piñera fue todo lo negativo que es dable imaginar. Creo que en toda la historia de Chile nunca se había dado antes el caso de un gobierno de derechas que es sucedido, y por amplísimo margen, por un gobierno de extrema izquierda. Basta eso, según mi criterio, para sustentar mi convicción de que la historia será implacable con Piñera II. Dicho en palabras simples, será este gobierno el responsable directo de las catástrofes que esperan al país bajo el gobierno populista–marxista que se instalará en marzo próximo.

Todo parece indicar que el Presidente Piñera logrará su obsesivo propósito de, como Balmaceda, terminar su periodo constitucional. Para eso tendrá que pagar el duro precio de entregar la piocha de O’Higgins a un tiro al aire como es el Sr. Boric y probablemente rodeado por personajes tan combatidos por él como Maduro y Ortega. Parece que esas humillaciones no lo asustan, para luego retirarse relativamente incólume al limbo de los políticos fracasados. Será el país el que pague las consecuencias de sus desaciertos y de sus renuncios.

La historia enseña que en las guerras rara vez mueren los generales, pero que en todas ellas son los soldados desconocidos los que siembran campos de tumbas. Parece que en la política ocurre relativamente lo mismo, porque será el pueblo de Chile el que tendrá que sufrir las consecuencias del nefasto gobierno cuya mejor hazaña será el irse sin pena ni gloria.

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