Todos sabemos que existen actos que, siendo jurídicamente correctos, son éticamente impresentables. También sabemos que, en opuesto sentido, existen actos moralmente correctos que son constitutivos de condena jurídica. Se podrían llenar páginas citando situaciones de uno u otro tipo, pero, para no cansar al lector, me limitaré a dar un ejemplo de cada caso. Abandonar a una esposa embarazada porque no quiere practicarse un aborto de un hijo indeseado puede no ser un delito, pero es un acto tan éticamente repudiable que bien merece las penas del infierno. En sentido inverso, curarle las heridas a un fugitivo puede ser un acto éticamente loable, y sin duda puede ser ilegal. La conclusión inevitable es que lo éticamente correcto no es equivalente a jurídicamente aceptable.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta al formarse un juicio sobre la involucración del Presidente Sebastián Piñera en el caso Dominga. Puede ser que en su actuar en este asunto no existiera nada jurídicamente incorrecto, pero no cabe duda alguna de que es éticamente impresentable. Un mandatario no puede aceptar un pago que estaba condicionado a que, durante su periodo presidencial, una situación como la de Dominga dependiera de modificaciones regulatorias en las que su gobierno pudiera tener un papel determinante. Eso es válido aunque no haya tenido nada que ver en el gatillaje de esa condición suspensiva. Lo que le correspondía hacer era renunciar anticipadamente a cualquier ingreso que estuviera condicionado a algo que podría o no ocurrir durante su ejercicio. Debió haber procedido así al momento de jurar su cargo, fuera o no conocida de todos esa cláusula suspensiva. Estoy ciertamente seguro de que tal habría sido el proceder de casi todos los mandatarios que lo precedieron en el cargo.

Es muy probable que la investigación del asunto llegue a la conclusión de que no hubo nada jurídicamente incorrecto, pero eso no afectará el juicio ético de lo ocurrido. Con su omisión, el Presidente Piñera igualó lo hecho por la ex presidenta Michel Bachelet en el caso Caval, en que todos sabemos que sin el peso de su alta investidura jamás se le habría otorgado un crédito de la forma y monto que tuvo el que el Banco de Chile le otorgó a una empresa de su hijo y de su nuera. Y eso no dependía de que ella haya o no actuado directamente en la operación, porque un mandatario no puede situarse en una posición tan éticamente reprochable. Ella debió irse entonces, como el Sr. Piñera debería irse ahora, haya o no una acusación constitucional de por medio. Esta depende solo de un juicio jurídico, porque el Congreso no tiene facultades para destituir a un mandatario por causas puramente éticas, pero el pueblo chileno sí que tiene facultades para solicitar que se respete la conducta éticamente intachable de los mandatarios.

Estoy seguro de que habrá muchos que juzguen este criterio como excesivamente severo y pueden abundar ejemplos en que otros hombres de negocio, en situaciones parecidas, habrían procedido como ha hecho el Presidente Piñera. Pero, a esos objetantes les propongo la consideración de otra cosa que todos sabemos, y es que el rigor ético crece con las responsabilidades públicas que se asumen. Un acto reprochable puede no ser más que eso en el caso de un individuo cualquiera, pero puede ser intolerable si ese individuo es un juez, un parlamentario, un ministro, o el primer mandatario. Cuando se trata de un asunto como el de Dominga, el silencio presidencial no es éticamente tolerable. La mejor demostración de ello es que ya ha producido daños graves e irreparables en el juicio público de la propia función presidencial, para no mencionar los que se derivarán del clima que hará imposible el desarrollo normal de un proyecto que puede ser muy beneficioso para Chile. Y, al ocurrir a pocos días de una elección enconada como nunca, el hecho asume las características de lesa majestad para el cargo mismo en disputa.

Pasará a la historia, como uno de los hechos más trágicos ocurridos en nuestro país, el caso de un mandatario tan bien dotado como el Sr. Piñera, que pretendió registrarse como un Pericles y terminó haciéndolo como un Kérenski.

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