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Publicado el 24 marzo, 2021

Orlando Sáenz: Las circunstancias especiales

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

Cinco factores convierten a nuestro país en firme candidato a inaugurar la serie de colapsos democráticos que es posible pronosticar con seguridad.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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En una reflexión anterior (“De Spengler a Emerson”) concluimos que lo que ocurre en Chile convierte a nuestro país en un privilegiado escenario para observar y estudiar el desmoronamiento de una democracia representativa. Siendo ese desmoronamiento parte de un fenómeno global que afecta a la democracia en su calidad de sistema de gobierno consustancial con la llamada civilización occidental, de la que Chile es una provincia periférica, es necesario explicar cabalmente por qué podría ser un lugar privilegiado para observar un fenómeno tan trascendental y complejo como es la decadencia de occidente que pronosticó Oswald Spengler hace más de un siglo.

Pero esa explicación es fácil. En primer lugar, porque la propia tesis del filósofo alemán muestra que la descomposición de las civilizaciones siempre comienza en la periferia, como demuestra, por ejemplo, el que la descomposición del Imperio Romano sea primero observable en Bretaña que en la propia Italia. Si esa consideración coloca en América Latina el mejor observatorio para apreciar esa crisis sistémica, una serie de circunstancias especiales hacen de Chile un caso en que el fenómeno se acelera y permite una observación que en otros lugares podría tomar mucho más tiempo.

Antes de definir y analizar esas circunstancias especiales, es necesario recalcar que, además, en nuestro país se da con máxima intensidad la incapacidad de definir y consensuar un compromiso justo entre el respeto a los derechos humanos y las necesidades de represión que todo estado necesita indispensablemente para combatir la delincuencia, la sedición, mantener el orden público y neutralizar a sus enemigos naturales. Es sobre ese trasfondo ominoso, que aflige a todas las democracias occidentales, sobre el que actúan las circunstancias especiales que hacen de Chile el observatorio privilegiado a que aludimos. Procedamos, pues, a enumerarlas y analizarlas.

El trauma de la dictadura

Para 1973, la democracia chilena exhibía una continuidad institucional no solo impropia entre sus hermanas latinoamericanas, sino que favorablemente con cualquiera en el resto del mundo. En más de siglo y medio de vida independiente, la República de Chile mostraba una larga lista de mandatarios elegidos constitucionalmente y con escasos y breves episodios anormales. En ese mismo lapso de tiempo, por ejemplo, la cultísima Francia había pasado por dos imperios, cuatro reinados, cinco republicas, una comuna, dos revoluciones, dos guerras globales y una larga ocupación extranjera. Basta eso para entender la profundidad del trauma que provocó en nuestra ciudadanía una dictadura militar de casi dieciocho años.

Basta esta constatación para apreciar el trauma causado por un autoritarismo militar de casi dos décadas en una sociedad constituida sobre tal institucionalidad democrática. Como el trauma es una herida en el alma que altera la racionalidad, la neodemocracia construida sobre una sociedad así herida adoleció, desde el principio, de una precaria gobernabilidad porque todo acto de necesaria represión provocaba sobrereacciones dolorosas. Esta característica de reducida gobernabilidad se ha ido acentuando a medida de los sucesivos gobiernos democráticos hasta alcanzar el extremo del Piñera II, que simplemente ha abdicado de su deber primordial de ejercer la soberanía que le fue mandatada.

El abismo cívico militar

Los gobiernos democráticos que sucedieron al régimen militar cometieron, sin excepciones, el capital error de excluir a las Fuerzas Armadas y de Orden del proceso de reconciliación nacional que era indispensable para darle estabilidad a la nueva república. En su afán de mostrarse como paladines del respeto a los derechos humanos, como signo diferenciador máximo del régimen anterior, han mantenido abierta por más de treinta años la puerta para que se prolonguen los castigos que demuestren ese celo reivindicativo. Como el tiempo se ha encargado de poner fuera del alcance de ese sistema punitivo a los máximos y directos responsables de los supuestos crímenes cometidos, se ha seguido castigando a quienes fueron subalternos obligados de ellos, para lo cual se ha contado con la complicidad de un sistema judicial que, ansioso de hacerse perdonar su obvia obsecuencia con el régimen autoritario, no ha dudado en consagrar tesis jurídicas que no resisten análisis, como es el de secuestro permanente para eludir las leyes de amnistía, el de considerar asociación ilícita el vínculo de obediencia militar e ignorar el principio de la obediencia debida que es fundamental en todas las fuerzas armadas del mundo.

Todos sabemos que el Partido Comunista ha llegado al extremo de tener diputados con dedicación exclusiva a la acusación de militares en retiro de esa época nefasta, con lo cual se ha añadido el escarnio al daño, puesto que nadie ignora que los partidos marxista leninista han sido los mayores genocidas que conocen la historia de la humanidad.

El resultado de todo esto es un abismo entre el estado democrático y sus fuerzas armadas, que impide tener con ellas una relación como corresponde. Existen altas autoridades, como recientemente la Presidenta del Senado, que le hacen advertencias al gobierno para que no vaya a ocurrírsele recurrir a los estados de excepción que le permitirían utilizar a fondo el poder militar, como por ejemplo, en la Araucanía, donde es claro para todos que la situación se ha salido de las manos de los métodos normales para controlar una delincuencia común. No deberían preocuparse, porque pueden estar seguros de que estas fuerzas armadas no estarían dispuestas a “sacarle las castañas del fuego” a gobiernos que solo despiertan en ellas desconfianza y desprecio.

El derrumbe cultural y educativo

Ya están lejanos los días en que la educación en Chile tenía una justa fama internacional. En el gobierno de Don Eduardo Frei Montalva se hizo un loable y gigantesco esfuerzo por extender ese sistema a todos los habitantes de Chile, con lo cual se produjo un explosivo aumento en el número de educandos. Ese esfuerzo habría sido de maravillosos resultados si los gobiernos sucesivos se hubieran preocupado de acompañar ese crecimiento numérico con la inversión indispensable para atenderlo en el mismo nivel de excelencia. Por eso, lo que siguió fue un emparejamiento a niveles cada vez más bajos y la pérdida de calidad se constata hoy en una población cultural y formativamente degradada en que lo único en que se ha avanzado es en la indisciplina.

Como a ese empobrecimiento de calidad se ha sumado una legislación que protege y fomenta la disolución de la familia formalmente constituida, ese resultado de población culturalmente marginada se ha ampliado en forma tan alarmante como para dudar de que hoy el pueblo chileno esté preparado para sustentar un régimen democrático.

En suma, y tal como está, el sistema educacional chileno es el mayor factor de desigualdad social puesto que produce, por una parte, un sector que ha tenido la suerte de estudiar en un colegio y una universidad que no está cerrada o tomada la mitad del año y, por otra, un sector mayor que ha tenido la mala suerte de que han decidido su destino colegios y universidades de pacotilla en que han aprendido más a marchar y a gritar en la Plaza Italia que a escuchar  que la vida es lo que cada uno de nosotros hace de ella con esfuerzo y sacrificio. Como es lógico e inevitable, los del primer sector serán los que “heredarán la tierra” y los del segundo serán los que les limpien los zapatos.

Las redes sociales

Cuando nos sentíamos felices y orgullosos porque Chile, en un rápido ciclo virtuoso, pisaba los umbrales del pleno desarrollo, nos olvidamos de que los avances materiales no necesariamente van acompañados de avances intelectuales equivalentes. Una forma popular de expresar ese concepto se esconde en el dicho “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”. Por eso es que las sociedades prudentes se aseguran que determinados avances sean socializados cuando la población está preparada intelectualmente para administrarlos responsablemente. Tal es el caso, por ejemplo, de las tecnologías relacionadas con la energía atómica, las que, siendo ya antiguas, siguen reservadas para solo ciertos grupos nacionales.

Pero ¿quién se preocupó del efecto social que tendría lanzar a la calle la tecnología y los medios materiales para aprovechar los espectaculares avances comunicacionales? Recién ahora hasta las principales democracias están comenzando a reaccionar y a estudiar formas de controlar el tremendo poder que han dejado suelto y que, aunque represente un prodigioso avance de toda la humanidad, también crea plagas de muy difícil y complejo control: los hackers, los estafadores electrónicos, los saqueadores de bancos de datos, incluso los gobiernos que intervienen en los asuntos internos de otros estados. Chile se equipó tempranamente con la mejor red de comunicación digital de toda la región y, por eso, está sufriendo con máxima intensidad el poder disolutorio de las llamadas redes sociales. Una sociedad con el grado de cultura que hoy tiene la chilena no puede simplemente soportar sin quiebres la tremenda cantidad de veneno que diariamente inyectan en su ciudadanía estas redes sociales. Ya se han convertido en la coordinadora de la delincuencia, del narcotráfico y la sedición y son causantes directos de las diarias convocatorias que alteran a nuestra sociedad. No existe esperanza alguna de que nuestro sistema político controle esta situación de la que es su principal víctima puesto que el fraccionamiento que ya le ha producido ha acabado con el poder legislativo como ente funcionante.

El conflicto mapuche

Recién ahora el gobierno y la clase política están comenzando a recoger en su lenguaje la triste realidad de que el conflicto mapuche ha terminado en generar una zona de guerra en lo que se suponía un simple fenómeno de delincuencia exacerbada por condiciones sociales más adversas que las de otras zonas del país. Pero falta otro eón para que terminen por aceptar que la solución del problema requerirá una operación militar de gran envergadura. En Colombia y en Perú, para no mencionar más que dos casos, tuvieron que pasar muchas tragedias y mucho tiempo antes que se resignaran a ello y la solución fue tan traumática como ya sabemos.

La derivación del conflicto mapuche a lo que hoy día es será un caso de estudio para los futuros libros de historia. Los paños tibios con que se trató el mal por decenios, además de corresponder a un diagnóstico equivocado, terminaron por revelar un cáncer avanzado en lo que se suponía un resfrío. Y eso es solo culpa de la ignorancia, la irresponsabilidad y el inmediatismo de una larga serie de gobiernos que nunca se atrevieron a enfrentar el problema en su verdadera dimensión. Si lo hubieran hecho, habrían evitado que se apoderara de él el ideario revolucionario que lo usa como pretexto para destruir al sistema democrático. Hoy el conflicto requerirá un virtual estado de guerra y no existe esperanza alguna de que nuestra democracia sea capaz de enfrentar esa dura realidad.

Hemos detallado las cinco circunstancias especiales que convierten a nuestro país en firme candidato a inaugurar la serie de colapsos democráticos que es posible pronosticar con seguridad. Lo que Spengler no nos enseña es cómo calcular el tiempo que tomará el derrumbe. No sabemos si será una muerta súbita o, como dice O’Neill, “un largo viaje hacia la noche”.

  1. Augusto Bruna Vargas dice:

    magnifico analisis. Un pais que se derrumba y su elite es incapaz de enfrentar el desborde de la plebe anarquista. Hay millones de chilenos de bajos ingresos que conservan la cordura pero carecen de lideres politicos, gremiales, academicos, en tanto que los destructores tienen claros sus objetivos.

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