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Publicado el 22 de mayo, 2019

Orlando Sáenz: La ventana negra

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

Así como una ventana no puede ser negra porque entonces dejaría de ser ventana, un gobierno no lo es si no impera, y un Parlamento no es tal si no legisla. Estas simplísimas reflexiones explican perfectamente por qué la democracia chilena está palideciendo al punto de convencernos de que anochece para ella. Su gobierno en verdad no gobierna realmente y su Parlamento utiliza el no legislar como instrumento de oposición política. 

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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Ese incomparable maestro de la paradoja que fue Chesterton observa que una ventana puede tener muchas formas, diseños y colores, pero no puede ser negra – o sea opaca – porque entonces dejaría de ser ventana. Con esto apunta a que lo que le otorga la naturaleza de ventana es dejar pasar la luz y, de no hacerlo, pierde su propia naturaleza. Todas las cosas tienen su naturaleza, o sea el propósito primordial por el que fueron creadas, y en consecuencia la pierden si se inhabilitan para atenderlo. Un cuchillo que no corta ni pincha ya no es un cuchillo. Un tenedor que no ensarta ya no es tenedor.

Lo mismo pasa con las instituciones humanas y, así como un ladrón no lo es si no roba, y una escuela no es tal si no enseña, un gobierno no lo es si no impera (o sea no impone el cumplimiento de la ley) y un Parlamento no es tal si no legisla. Estas simplísimas reflexiones explican perfectamente por qué la democracia chilena está palideciendo al punto de convencernos de que anochece para ella. Su gobierno en verdad no gobierna realmente y su Parlamento utiliza el no legislar como instrumento de oposición política. 

En una democracia, gobernar es, en su esencia, hacer cumplir la ley concebida como “manifestación de la voluntad soberana que, en la forma establecida por la Constitución, manda, prohíbe o permite”. Esa función, que otorga la naturaleza de gobierno, está tan esencialmente priorizada que es la única que se le pide jurar al mandatario cuando asume el mando. Y ocurre que, tal como hoy están las cosas, todos sabemos que en Chile hay leyes que no se cumplen, hay leyes que se cumplen algunas veces y las hay que se aplican solo cuando interesan a un ente poderoso

Ahora vemos, todos los días, pendiente la amenaza de que el Parlamento rechace la idea de legislar. Pero resulta que legislar es la razón de ser del Parlamento, de modo que esa negativa, que para nada implica el compromiso de aprobar lo que propone el Poder Ejecutivo, equivale a la renuncia a ser tal. Peor aún, demuestra que una mayoría del Parlamento no entiende ni asume la función que legitima su existencia.

¿Por qué pasa todo esto? Las razones son muchas, acumulativas y complejas, pero hay algunas muy fundamentales. Una de ellas, y tal vez la principal, es que Chile ya acumula un porcentaje sustancial de su población que ni aprecia ni cuida el sistema democrático, cuando no lo rechaza radicalmente. Ese porcentaje, ya muy relevante, se manifiesta en el abuso del poderío sindical, en el vandalismo estudiantil, en el terrorismo en la Araucanía, en el atrevimiento de la delincuencia, en el abuso económico, en el clima de crispamiento político, en la oposición irracional y odiosa, en los esfuerzos mediáticos para instalar el pesimismo y el descontento.

Otra razón de fondo es la incapacidad de la clase política para proponer un proyecto nacional coherente, de modo que solo se mueve en la inmediatez y la intrascendencia. En esto hay que reconocer que es la llamada izquierda la más deficitaria, porque esta transida de antisistemismo y no tiene lo que podría llamarse un programa natural.  Los partidos de derecha y de centro son prosistemáticos y, por tanto, tienen el programa natural de mejorar lo presente pero conservándolo. La izquierda, en cambio, sabe lo que no quiere, pero ignora lo que quiere en términos precisos, de modo que navega en vagos conceptos de “progresismo”, “inclusión”, “justicia social” que tienen de eufónicos lo que no tienen de precisos. Es explicable que, en esas condiciones, exhiban una larga lista de fracasos a que siempre conducen las semi utopías. Esa reiterada falencia conceptual se ha traducido, en el caso chileno, en que en última instancia el obstruccionismo es su único programa verdadero.

En el progresivo avance de la ingobernabilidad tiene especial relevancia la crisis operacional y ética del sistema judicial. El ejercicio del imperio, esencial para todo gobierno, depende categóricamente de un aparato judicial eficiente, expedito, imparcial y contundente, o sea todo lo que no es el que tenemos. No es posible desconocer que el mal funcionamiento del aparato judicial y policial es el principal culpable de la derrota en el control de la delincuencia, el terrorismo y la conservación del orden público.

En estos momentos en que buena parte de la ciudadanía muestra desencanto ante la gestión del actual gobierno y se sobresalta ante el fantasma de su fracaso, es bueno invitarla a meditar sobre las causas estructurales de su déficit de gestión. Es el sistema el que está mal funcionando, no solo con este o cualquier otro gobierno. Nuestra democracia, a menos de experimentar rectificaciones y reformas muy profundas, simplemente no es capaz de enfrentar los desafíos que plantean los cambios sociales, tecnológicos e internacionales que están frente a los ojos de todos. Esas correcciones y reformas son difíciles y requieren un propósito compartido, pero son todavía posibles. Es cuestión de saber cuántos somos los chilenos que deseamos empeñarnos en salvar nuestra democracia.

La alternativa es que nos resignemos a que la nuestra se convierta en la ventana negra de Chesterton. 

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