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Publicado el 21 de junio, 2019

Orlando Sáenz: La historia, ¿para qué?

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

La historia, bien conocida y bien meditada, es la única bola de cristal en que podemos hasta cierto punto confiar cuando comparamos situaciones antes ocurridas con las que hoy enfrenta nuestro mundo.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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Es amplia la mayoría de los que no le ven propósito ni utilidad al estudio de la historia, especialmente de la antigua y universal. Piensan que es poco más que un hobby como coleccionar estampillas, pero mucho menos que la geografía o la astronomía, para no hablar de la medicina o la economía. Es un punto de vista comprensible si es que no ven a la historia más que como un relato de lo que ocurrió en el pasado y se aproximan a ella, cuando llegan a hacerlo, como quien se dispone a leer un capítulo aislado de una mala novela mucho menos compuesta y entretenida que “Guerra y Paz”. Entienden y aplauden el Premio Nobel otorgado a Kipling y a Sienkiewicz, pero reprueban y no entienden los de Churchill o Mommsen.

Pero ocurre que la historia es mucho más que el relato de lo que ocurrió en el pasado. Es el estudio de las acciones que, en determinadas circunstancias, emprendieron seres humanos como nosotros movidos por desafíos o situaciones probablemente similares a las que condicionan a nuestro mundo actual o a su futuro inmediato. Porque, pese a que todo puede haber cambiado, el ser humano es una constante en sus pasiones, en sus reacciones, en la forma de abordar determinados tipos de desafíos. La historia que más o menos conocemos se extiende por no más de seis mil años, pero eso no es nada para la evolución del ser humano, para no hablar de la geología, la geografía o la astronomía. El individuo de hoy es psicológica y antropológicamente casi igual del que construyó los zigurats de Sumer o las pirámides de Egipto y el poderío universal a que aspiró Augusto o Adriano no es distinto que el que hoy encandila a Xi Jinping o Donald Trump. Porque el ser humano es una constante, si de unos pocos milenios se trata, es que los grandes personajes de Shakespeare, inspirados en los que veía a diario a fines del siglo XVI, siguen siendo tan actuales para nosotros, y sabemos que muchos Hamlets circulan por nuestras calles y abundan los Macbeths y los Ricardo III entre nuestros políticos.

De allí resulta que la historia, bien conocida y bien meditada, es la única bola de cristal en que podemos hasta cierto punto confiar cuando comparamos situaciones antes ocurridas con las que hoy enfrenta nuestro mundo. Como la historia nos relata las consecuencias que en esos casos tuvieron las acciones que provocaron en los individuos de su tiempo, podemos prevenir las que seguramente ocurrirán con reacciones similares que se pudieran producir en las circunstancias actuales.

Dado que lo anterior puede parecer demasiado abstracto, vale la pena ilustrarlo con algunos ejemplos. Si, tras triunfar en la Segunda Guerra Mundial, las potencias occidentales hubieran escuchado la voz de la historia, se habrían dado cuenta que al determinar la creación del Estado de Israel en pleno territorio de la civilización Islámica estaban repitiendo, con peores argumentos, el error de las Cruzadas, que derivó en un conflicto de tres siglos seguido por la contraofensiva islámica que estuvo a punto de tragarse a Europa bajo las banderas otomanas. Es imposible ignorar que, con Israel, se introdujo un factor de inestabilidad permanente en el Oriente Medio, como se ha producido cada vez que una civilización ha ocupado por la fuerza un territorio que es parte de otra civilización, lo que bien ilustra un buen número de ejemplos.

Por otra parte, se requería ignorar toda la historia religiosa del Islam para no prever las consecuencias de la intervención occidental en Iraq, Siria, Irán y Afganistán. Ha terminado por desencadenar una especie de choque de civilizaciones como aquella en que el apogeo de la ofensiva occidental se alcanzó con la efímera existencia del Imperio Latino de Constantinopla y el de la contraofensiva islámica con el asedio otomano de Viena en pleno siglo XVI, que fue el equivalente de entonces al ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.

Estoy seguro que podríamos dormir mucho más tranquilos si se exigiera un bachillerato en historia a todos los que aspiran a un cargo político electoral.

¿Cómo no comprender mejor la descomposición de la Unión Europea bajo el impacto de la inmigración masiva desde África y Asia al compararla con la que provocó el colapso del Imperio Romano de Occidente en el siglo V? ¿Cómo no comparar la crisis actual de la Iglesia Católica con la catástrofe de la Reforma del siglo XVI, cuando ambas son determinadas por la inercia del Vaticano para adaptarse a los enormes cambios políticos y sociales que entonces provocó el Renacimiento y ahora la revolución tecnológica?

En la tal vez optimista convicción de haber probado contundentemente la tesis del poder predictor de la historia, parece oportuno enfrentar a quienes no la ven actuando como tal en el pedestre escenario local. Pero aquí la demostración es todavía más fácil. Si algo caracteriza netamente a la historia política de Chile es que aquí, ante la carencia de movimientos populistas que privaron de espacio vital al marxismo –como el APRA peruano o el Justicialismo argentino– la confrontación de la democracia libertaria representativa fue directamente con el comunismo y el socialismo marxista. De conocer bien y meditadamente las incidencias de esa batalla, cuyo punto culminante fue el episodio de la Unidad Popular, no existirían demócratas cristianos que no entienden por qué no pueden compartir lecho con el PC sin perder su condición de tales. Tampoco existirían los experimentados políticos que están dispuestos a conceder cualquier cosa por atraer los votos que obtuvo el Frente Amplio en los últimos comicios, porque ignoran la estadística histórica, nunca desmentida, de que esos movimientos amorfos tienden a cero cuando pasan de la calle a miembros de un sistema burgués establecido. La historia también evitaría que existieran tecnócratas que creen que se ganan elecciones democráticas solo con cifras y gráficos con los que no se come ni se jubila, sobre todo si ni siquiera son muy buenos.

Por todo lo dicho es que nos asiste la convicción de que no hay estudio más provechoso que el de la historia para mejorar el futuro y enfrentar el proceloso presente. Estamos seguros que podríamos dormir mucho más tranquilos si se exigiera un bachillerato en historia a todos los que aspiran a un cargo político electoral.

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