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Publicado el 10 de agosto, 2019

Orlando Sáenz: La fábrica de cesantes

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

La más profunda y fundamental causa del caos del sistema educacional actual de Chile es el resultado transaccional de un sordo, enconado e implacable combate entre dos poderosas corrientes de opinión: una que ve en la educación privada un enemigo al que hay que destruir porque es fuente de discriminación social y poderoso modelo de comparación, y otra que ve en la libertad de enseñanza un derecho fundamental cuya coartación es preludio de la perdida de la libertad política.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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Es cada vez más evidente que la lógica de Aristóteles no funciona en el mundo de la política chilena. Existe allí otra, que espera a su formulador, pero ya sabemos que en ella dos más dos no son cuatro y existen las causas sin efectos y los efectos sin causa. Si ambos universos lógicos no interactuaran entre sí, hasta sería entretenido para los que vivimos en el mundo aristotélico estudiar ese mundo no aristotélico desde lejos, para entender sus mecanismos de funcionamiento. Pero lamentablemente nuestro mundo sufre las consecuencias de lo que ocurre en el otro y, por tanto, éste se convierte frecuentemente en una molestia y no en un pasatiempo.

Los ejemplos de los efectos negativos que producen en el mundo real lo que se hace en el mundo político surgen todos los días, pero hay uno en que queremos detenernos porque está causando estragos. El sentido común dice que el sistema educacional de un país tiene que tener alguna relación con la evolución del empleo, porque, salvo raras excepciones, el objeto del estudio es capacitar para ganarse la vida aplicando sensatamente lo que aprendimos. Si al final de los estudios no se tiene acceso a un trabajo en que podamos aplicar lo que nos enseñaron, el objetivo primordial y esencial de la educación carece de sentido. Y ocurre que el sistema educacional de nuestro país parece no tener nada que ver con la realidad del desarrollo económico. ¿Cuántos periodistas, o arquitectos, o cientistas políticos egresan anualmente de las universidades chilenas? ¿Cuántos nuevos puestos de trabajo para periodistas, arquitectos o cientistas políticos se crean anualmente en Chile? Con el desequilibrio entre esas dos series de cifras –que podría repetirse para varias otras carreras sin futuro-, ¿qué tiene de raro que estemos llenos de periodistas sirviendo café, arquitectos manejando taxis o cientistas políticos repartiendo correspondencia? ¿Qué tiene de extraño que crezca todos los días el número de los que creen que el país no tiene futuro por el camino que  lleva?

Cuando un sistema educativo se inserta en un estado que por décadas se dedica a facilitar el debilitamiento del lazo familiar y considera que la disciplina es antidemocrática, el resultado no puede ser otro que una población cada vez más inculta y antisocial.

Conviene analizar cómo es que el sistema educacional chileno –objeto de admiración regional hace apenas unos decenios– se ha convertido en la caótica fábrica de cesantes ilustrados y de anarquistas frustrados que es hoy. La más profunda y fundamental causa es que el sistema educacional actual de Chile es el resultado transaccional de un sordo, enconado e implacable combate entre dos poderosas corrientes de opinión: una que ve en la educación privada un enemigo al que hay que destruir porque es fuente de discriminación social y poderoso modelo de comparación, y otra que ve en la libertad de enseñanza un derecho fundamental cuya coartación es preludio de la perdida de la libertad política. Esa soterrada pugna, inconfesa pero omnipresente, da por resultado la convivencia sin diálogo ni coordinación de dos sistemas, de metas, métodos, resultados y costos diferentes que, efectivamente, determinan una permanente fricción social. Esa ostensible fractura se ha visto permanentemente agravada por los reiterados esfuerzos de ciertos sectores encaminados a utilizar la educación como instrumento de adoctrinamiento político.

Otro factor conducente al caos que observamos es que el estado chileno lleva decenios confundiendo educación con enseñanza. Educar es otra cosa –y mucho más– que simplemente traspasar conocimientos. En el resultado de un proceso educativo, los factores abrumadoramente preponderantes son la calidad del alumno y la calidad del profesor, siendo completamente secundarios y accesorios los elementos materiales e infraestructurales concurrentes. Aristóteles no necesitó más que un paseo público para crear una escuela que sigue gobernando al mundo inteligente dos milenios y medios después. Y eso es porque les enseñó a alumnos que tenían formación y ésta no se logra sin disciplina, principios, respeto y dedicación. Cuando un sistema educativo se inserta en un estado que por décadas se dedica a facilitar el debilitamiento del lazo familiar y considera que la disciplina es antidemocrática, el resultado no puede ser otro que una población cada vez más inculta y antisocial.

La formación, que en realidad es el sistema reproductor de las culturas, está entregada fundamentalmente a los progenitores. Ese traspaso de los códigos valóricos y sociales al retoño está encargado a ellos, no por un gobierno o por un parlamento arrogante, sino que por la Naturaleza y se extiende a toda la especie de los mamíferos superiores a los que pertenece biológicamente el ser humano. Cuando, en una sociedad, comienza a ocurrir que más de la mitad de los niños no son producto de parejas formales y comprometidas, es de temer que crezca exponencialmente el número de los que, por no haber recibido su herencia cultural, son alienígenas en la sociedad en que les corresponde vivir. Esa condición, que se traduce en no saber comportarse ni convivir en sociedad, tiene por síntomas el aumento de la agresividad, el bullying, el consumo prematuro de drogas y alcohol, el desorden y, en sus últimos extremos, en lo que ha ocurrido en el Instituto Nacional.

Las municipalidades chilenas son tan dispares en sus tamaños, estructuras internas y calidad y cantidad de sus recursos, que el traspaso a ellas de la responsabilidad educativa no podía menos que terminar en un desastre.

La historia abunda en estados que, conscientes de la vital importancia de la etapa formativa, han intentado sustituir a los progenitores en su implementación. Esos esfuerzos contra natura han terminado siempre en monstruosidades, tales como el estado–campamento de Esparta o los jenízaros del Padishá Otomano, pero iguales monstruosidades pueden producirse en estados que ignoran ostensiblemente esa etapa formativa, la debilitan con su mal entendido concepto de la libertad personal y concentran enormes recursos en una enseñanza sobre terreno no preparado. Parece increíble que, en un país que siempre se ha supuesto de mayoría cristiana, pareciera que han trascurrido decenios en que ningún estadista ha comprendido la profunda llamada de atención sobre la vital importancia de la formación que está implícita en la parábola del Sembrador. Aquí el estado sembrador desperdicia gran parte de sus semillas en terrenos estériles o plagados de malezas. Señal, pura y simple, de que no ha asumido que un alienado es ineducable.

Estas simples reflexiones tienen por único objeto llamar la atención sobre el indudable hecho de que el sistema educacional chileno está edificado sobre un campo de batalla ideológico con amplias zonas estériles. Sus resultados están siendo los consecuentes, tanto más cuanto que, además, se han cometido increíbles errores lógicos en su implementación. Hay dos de ellos de especial importancia: la municipalización y la libertad indiscriminada para fundar universidades. Las municipalidades chilenas son tan dispares en sus tamaños, estructuras internas y calidad y cantidad de sus recursos, que el traspaso a ellas de la responsabilidad educativa no podía menos que terminar en un desastre. Por su parte, la creación indiscriminada de universidades sin planificación ni relación con el desarrollo económico y la evolución social, ha dado por consecuencia la fábrica de cesantes de variadísima calidad que hoy observamos. Las universidades de papel tienden a crear carreras de baja necesidad de infraestructura, en que, ojalá, baste un profesorado y unos pizarrones. Pero eso resulta en una profusión de profesionales sin horizonte que, muy explicablemente, muestran una fuerte dosis de frustración y resentimiento.

Por todo lo dicho, resulta evidente que la educación chilena es como un enfermo que requiere con urgencia un sanador del mejor calibre. Pero en esa tarea de enorme amplitud hay cosas con mayor prioridad que otras.  Y una de ellas es la de desmantelar cuanto antes la fábrica de cesantes que es la educación superior.

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