El domingo 21 de noviembre, el candidato presidencial Gabriel Boric sufrió una doble derrota que, al parecer, aún no termina de comprender ni mucho menos de analizar. La primera de ellas fue perder una elección que dos meses antes parecía ganada. La segunda es la acusada descomposición de su base política, el Frente Amplio, en aras del empoderamiento del Partido Comunista. Ambas derrotas merecen cuidadosa meditación porque serán, sin duda, trascendentes para él, para su base política y, probablemente, para todo el país.

¿Por qué perdió Gabriel Boric una primera mayoría que apenas unas semanas antes nadie parecía poder arrebatarle? La respuesta a esta pregunta tiene muchas causantes, como todo fenómeno político complejo, pero todas se engloban en un aspecto central. Gabriel Boric surgió al protagonismo nacional como uno de esos típicos caudillos populares que, en algún determinado momento, concitan las esperanzas de un conjunto vasto y desordenado de anhelos de profundos cambios que traducen, con una gran dosis de inexpresable ansiedad, una multitud de corrientes de opinión y organizaciones sociales en juvenil desorden. La historia, particularmente la latinoamericana, está llena de estos caudillos emergentes, la gran mayoría dormidos hoy en el más absoluto olvido, pero con algunos de profunda huella en los anales. Entre los segundos están Fidel Castro, el Che Guevara, Hugo Chávez, Víctor Raúl Haya de la Torre y hasta Juan Domingo Perón, y el actual Pedro Castillo. Para todos ellos, el momento de la verdad llega cuando deben transformarse de caudillos populacheros en políticos formales, obligados en la mayoría de los casos a seguir proyectándose en una estructura política tradicional. A Boric no le salió bien esa transformación y su descenso comenzó cuando tuvo que empezar a cobrar dietas como diputado, a tener que participar en foros y a explicar complejos programas de gobierno. Para hacer eso tuvo que abandonar, en una buena medida, lo que fue el populismo que lo impulsó al estrellato. Tuvo que abandonar su calle para encerrarse en un Parlamento que, en la imagen popular, sigue siendo burgués y de cuello y corbata.

En su caso, el cambio de máscara resultó un tanto grotesco y hay que forzar mucho la imaginación para concebirlo enredado en los aburguesados protocolos presidenciales. A eso se sumó, en forma protagónica, su falta de “olfato político” para detectar el momento en que el viento de las prioridades publicas cambió en Chile y una gran parte de la población reaccionó ante una borrachera de desorden, de violencia, de iracundos alaridos revolucionarios y de desbocadas propuestas refundacionales para comenzar a anhelar el orden y la normalidad que son el condimento esencial para el progreso. Ya las manifestaciones cotidianas en la calle, la violencia reinvicacionista en la Araucanía y la admiración por la audacia destemplada dejaron de ser políticamente rentables y otros, que no él, asumieron las triunfantes banderas de la sensatez, la mesura y la reactivación económica.

Si lo señalado desnuda las razones profundas de por qué Gabriel Boric perdió un plebiscito que no tenía por donde perder, su segunda derrota, la marcada decadencia del Frente Amplio, es mucho más grave y trascendente que aquel revés personal. Si a él le causó daño el entrar en el “establishment” político tradicional, el desdibujamiento del Frente Amplio al hacerlo fue todavía mucho mayor y cada nueva elección lo irá demostrando. Los complejos como el Frente Amplio, o triunfan revolucionariamente o mueren lentamente en el marco institucional de siempre y, en este caso, ese proceso fue todavía más acelerado por la desafortunada vinculación con el Partido Comunista. Si se examinan los resultados electorales, se advierte claramente que la bancada parlamentaria obtenida por el PC lo fue esencialmente a costa de las posibilidades electorales del Frente Amplio. En palabras simples, el PC ya pasó por caja con la primera vuelta electoral y puede mirar la segunda con la tranquilidad del que venderá caro su apoyo porque ya triunfó en lo que más le importaba.

Luego de cimentar en la pétrea solidez de las cifras la afirmación de las dos derrotas de Boric, conviene adentrarse en el análisis de sus consecuencias, que serán mucho más trascendentales. La primera es el fracaso parlamentario que para la izquierda chilena representan los resultados del domingo 21. Y ese fracaso se mide mucho mejor con las ganancias de la derecha que con las derrotas de la izquierda. Ello, porque es verdaderamente increíble que las fuerzas oficialistas hayan logrado crecer y empatar la composición parlamentaria cargando con su propia división y con el atroz peso del oficialismo a todo lo largo de un gobierno que aún sus más fervorosos partidarios no pueden tildar de exitoso. Para peor, ese empate parlamentario lo logró la derecha a costas, fundamentalmente, del penoso resto de lo que fue la concertación de Partido por la Democracia. Será difícil que la izquierda chilena vuelva a tener una posibilidad tan concreta de obtener una enorme mayoría parlamentaria y esta realidad será mucho más trascendente que el propio resultado presidencial. 

Desde luego, la nueva conformación de un Parlamento cuya vigencia es inamovible hasta a lo menos el año 2025 desvanece toda esperanza de que un gobierno eventual encabezado por Gabriel Boric pueda implementar reformas fundamentales. La realidad es que, si llegara a triunfar en la segunda vuelta, se encontrará en una posición parecida pero inferior a la que tuvo Allende al inicio de su gobierno y que lo obligó a elegir entre hacer un gobierno burgués más dentro de las normas o intentar un asalto al poder extraconstitucional que todos sabemos cómo terminó.

Otra consecuencia penosa de la doble derrota del domingo 21 es el aumento de la dependencia de su candidatura del apoyo militante del Partido Comunista. Esa ostensible e inocultable dependencia le hará especialmente penosa la búsqueda del voto moderado que le es indispensable para triunfar. No solo por el veto comunista se dificultará su búsqueda en el centro político, sino que su mensaje en ese sentido siempre sonará a falso porque todos sabemos lo que valen los propósitos moderados cuando los comunistas están presentes y más empoderados que nunca.

El análisis que hemos realizado abre una serie de temas profundos que son dignos de otras cuidadosas reflexiones, que espero poder ofrecer en el futuro. Una de ellas es el triste destino de todos los compañeros de ruta política de los Partido Comunistas en el mundo entero. Todo un sector del cementerio de la historia está lleno de los cuerpos sin vidas de partidos, movimientos y organizaciones sociales que en algún momento creyeron beneficioso caminar un trecho de la mano con los PC.  La ex Concertación chilena avanza decidida a ese cementerio porque, al iniciarse el Bachelet II, creyó ganancioso incorporar al PC a su estructura. Será interesante analizar, con el antecedente de la historia a la vista, por qué resulta mortal la asociación de partidos que son simples corrientes de opinión con algún otro que tiene la fuerza de ser la expresión de una doctrina integral. En realidad, se trata de la mezcla de ingredientes de muy distinta naturaleza y cohesión y lo que en verdad ocurre es que los partidos tradicionales se permean al asociarse con una estructura política que conlleva una doctrina integral que satisface todas las preguntas existenciales de los seres humanos. De paso, eso explica que el más dañado por la asociación haya sido siempre el Partido Demócrata Cristiano.

Todo lo señalado no implica afirmar que hayan desaparecido completamente las posibilidades de triunfo de Gabriel Boric. Pero sí implica asegurar que, de lograr un triunfo, será a lo Pirro y que será fatal para el futuro de Chile. Todavía él dispone, para allegar apoyos, de la generosa cantera de rentas y prebendas que ofrece la organización del estado en Chile, lo que es muy efectivo cuando se trata de comprar voluntades en una clase política que ha vivido de ellas durante toda su existencia. Para dar un solo ejemplo, Boric dispone de la oportunidad que le da el tener nada menos que al presidente del PC sin renta ni puestecito, de manera que un ministerio, aunque sea el de la Mujer o el de Bienes Nacionales, con él hará milagros de aparente sumisión. Es de esperar que no se le ocurra ceder el de Interior, Hacienda o Relaciones Exteriores.

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