Mi método histórico de atisbar el futuro consultando al pasado tiene el defecto de hacerme parecer prejuicioso cuando, con sus resultados, pronostico el éxito o el fracaso de algunas medidas de gobierno. Varias veces algunos lectores me advirtieron de ese defecto, pero nunca tantos como cuando, en una reflexión escrita antes siquiera de la elección para la Asamblea Constituyente, aseguré rotundamente que ese ente sería un fracaso. Ahora que mis predicciones se cumplen cabalmente, conviene que con humildad reconozca que el acierto no tiene nada de mérito personal, sino que este se produce porque la predicción no era un prejuicio, sino que un juicio. 

Pronostiqué ese fracaso porque se acumulaba un conjunto de antecedentes que, analizados cuidadosamente, demostraban que la tal Asamblea Constituyente no tenía por dónde resultar exitosa. Creo llegado el momento de repasar esos antecedentes para demostrar que lo que entonces pareció un prejuicio, en verdad no era otra cosa que un juicio acertado. 

En primer lugar, debemos atenernos a la reconocida regla de que mal termina lo que mal comienza. La convocatoria a esa Asamblea Constituyente fue producto de una reacción cobarde y excesiva al famoso y mal llamado estallido social del 18 de octubre de 2019. En ese entonces, el gobierno y toda la clase política atrincherada en el Congreso se apanicaron ante la magnitud de los desórdenes y ante la rotunda negativa de las Fuerzas Armadas a salir a reprimir sin declaración de un Estado de Sitio. Entonces, sin medir sus consecuencias, lanzaron a la calle el famoso proceso constitucional que ahora paga toda su frivolidad e inconsistencias.

Por otra parte, para entonces ya existían muchos antecedentes de que, en gran parte, el pueblo chileno tenía un concepto muy confuso de lo que es una constitución política y la confundía con un pliego de peticiones, con un programa político o con una simple expresión de deseos, todo ello presidido por una repulsa irracional a la Constitución de 1980 exclusivamente basada en el axioma de que todo lo que había hecho el régimen dictatorial de Pinochet era execrable. Esos conceptos equivocados eran palpables ya cuando se vislumbró un proceso constituyente y los distintos sectores comenzaron a adelantar ideas sobre lo que la nueva carta fundamental debía contener. Era obvio para cualquiera que la elección de convencionales terminaría creando una asamblea en que la mayoría no entendía  lo que era una Constitución. Para hacer peor las cosas, esa asamblea coincidió la elección de sus miembros con una campaña presidencial en marcha, lo que la convirtió en algo teñido de un inmediatismo completamente opuesto a la serena intemporalidad que debe tener un texto constitucional. La idea de incorporar cupos reservados a la composición de esa asamblea terminó por degradar su representatividad, puesto que con ellos se le otorgaba a ciertos sectores minoritarios un grado de peso relativo aberrante para la enorme mayoría de los chilenos.

Para acentuar la irresponsabilidad con que se desarrolló todo el proceso de constitución de la asamblea, su método de selección fue el mismo con que se podría haber efectuado una elección de concejales municipales. Pero resulta que una constitución es un texto eminentemente técnico que requiere del trabajo de personas muy calificadas. Basta repasar la composición de la asamblea que se ha dado a la tarea para comprender que la calidad de la mayoría de sus miembros convertiría en milagro cualquier texto coherente que pudiera derivarse de ella. Para graficar este aspecto, parecería como haber convocado a un Congreso de carpinteros para construir el Taj Mahal.

Cuando esa elección de constituyentes se efectuó, el propio Parlamento tenía una apreciación ciudadana todavía inferior a la del propio gobierno Piñera II, que a su vez era el más mal calificado de la historia de Chile. Pero la aprobación popular no es más que el reflejo del juicio así mismo, puesto que es el pueblo el que elige a sus autoridades y es el Congreso así calificado no otra cosa que el reflejo de la pérdida de la capacidad para delegar responsablemente la soberanía que es, en última instancia, la causa profunda de la crisis y la decadencia de la nación. Un cuerpo electoral que elige un parlamento tan malo como ese no tenía por dónde elegir una asamblea constituyente mejor. 

Como se verá, todos esos antecedentes hacían inevitable pronosticar una asamblea constituyente fracasada y los acontecimientos no han hecho más que demostrar lo que era evidente. Los debates constituyentes son una vergüenza y sus despropósitos, cruel y ampliamente publicitados, en pocas semanas tienen a la mayoría de la nación devanándose los sesos para imaginar formas civilizadas de pasar su ocurrencia al cofre donde Chile guarda, pudorosa y avergonzadamente, episodios como el motín de Figueroa, la república socialista de Marmaduque Grove, la candidatura del cura de Catapilco o los discursos programáticos de Florcita Motuda en el Parlamento.   

Lo grave es que el fracaso del proyecto constitucional de esta circense convención va a dejar a Chile ante un problema muy arduo. La constitución de 1980 está ya tan desvencijada que su sustitución es imperativa, de modo que habrá que plantear un proceso constituyente hecho con la cabeza y no con los pies, rogando a Dios que la institucionalidad vigente  siquiera conceda tiempo para ello. La forma de hacer una constitución sensata y longeva no es ningún misterio, pero exige preparación y espacio. Prometo dedicar una reflexión futura a ese tema. Otro arduo problema es el de la vigencia de las actuales leyes y su compatibilización con las nuevas normas constitucionales, pero eso también es una ciencia conocida y se puede implementar si es que nos olvidamos por un rato de nuestra perenne y absurda pretensión de una originalidad que no existe entre nuestras dotes.

Creo que, con estos comentarios, he demostrado cabalmente que mi predicción de fracaso no era un prejuicio sino que, apenas, una razonable ponderación de los antecedentes existentes.

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