De todas las propuestas aberrantes que se han estado discutiendo en la Asamblea Constituyente, la más peregrina, peligrosa y envenenada es, por lejos, la de convertir a Chile en un estado federativo con territorios asignados a las llamadas etnias originarias. Y es así porque es una proposición antinatural y que solo puede ser fruto de convencionales muy ignorantes o de fanáticos políticos que, en su afán por trabar la rueda de la fortuna en el momento actual, ven posible imponer sus desaforados esquemas. 

Como calificar a algunos de ignorantes y descriteriados sin remedio, y a otros como emboscados destructores de nuestra patria, es una seria acusación, me veo en la obligación de justificarla acuciosamente. Para apoyar una ponencia como esa, se requiere ignorar tres axiomas que la historia de seis mil años nunca ha desmentido. El primero de ellos, y el más fundamental, es que las naciones se forman por mestizaje de diversas culturas que se someten conjuntamente a un estado central. Es, precisamente, la forma en que se ha estado forjando una distintiva cultura chilena, la que en su origen comprendió la cultura europea de los conquistadores y las culturas en desarrollo de diversos pueblos autóctonos. La propuesta que ahora comentamos no es otra cosa que poner en reversa lo que Chile ha estado haciendo, mal que bien, en los últimos cinco siglos. No existen ejemplos de países que buscan su identidad desagregando culturas, como sería el caso nuestro si esa propuesta federativa sobre una base étnica se llegara a implementar. Creo innecesario listar ejemplos de la integración para lograr una cultura nueva. Basta un libro de historia elemental para encontrar decenas de ellos.

El otro axioma ignorado por los proponentes de la que comentamos es la de la influencia determinante de la geografía en las formas de gobierno. Ese axioma resalta la fuerza centrífuga que destruye estados débiles y descentralizados cuando se trata de territorios nacionales filiformes (largos y angostos). Nunca se ha podido estabilizar un país de esas características cuando el estado central es débil. Los ejemplos son múltiples y sumamente aleccionadores. Es el caso de Egipto, que se desmembró cada vez que el poder central entró en decadencia. Es el caso del Líbano, que nunca pudo alcanzar una unidad política. Es el caso de la Lotaringia, que prácticamente no sobrevivió a su fundador. Es el caso de Centroamérica, que nunca pudo unificarse. En cuanto a Chile, ya hemos experimentado, por fortuna en forma ocasional, la fuerza de ese centrifugismo, como cuando nuestro territorio en la Tierra del Fuego se constituyó en casi un gobierno independiente, que emitió moneda y sellos postales propios. No es posible dudar que, si Chile se federaliza con un poder ejecutivo central débil, se dirigiría directamente a su desmembramiento.

Al concluir que la geografía le impone a Chile un régimen fuertemente centralizado en lo político y en lo militar, se desprende de inmediato que su forma de descentralizarse debería ser básica y únicamente económica, y en eso tenemos una gran deuda histórica porque nunca se ha hecho un serio esfuerzo por crear potentes economías regionales. La confusión entre centralización política y descentralización económica es lo que tenemos que corregir y no multiplicando poderes políticos regionales que ni siquiera tenemos forma de convertirlos en eficientes en un plazo prudencial.

Con todo, el axioma más vulnerado de la propuesta que comentamos es la de ignorar que Chile no tiene hoy pueblos originarios, aunque abunde en restos fósiles de culturas decapitadas que no han completado su proceso de mestizaje. Pareciera que ciertos sectores políticos chilenos están empeñados en resucitar muertos y jamás han escuchado la definición científica de culturas decapitadas que con largueza se analizan en varios capítulos del “Estudio de la Historia” (especialmente los dedicados al choque de las culturas en el tiempo y el espacio y a los que abordan el tema de los fósiles).

Las culturas autóctonas de América fueron decapitadas en su choque con la superior cultura Europea del siglo XVI y, con muy escasas excepciones (ninguna en Chile), solo han dejado restos fósiles en proceso de mestizaje. Crear territorios para esos restos es condenar a sus miembros a una vida siempre frustrante de objetos turísticos. Y no se crea que la decapitación de culturas ha sido siempre de las muy primitivas, porque hay ejemplos estremecedores de decapitaciones de culturas en estado muy avanzado de civilización, como son los casos de los judíos, de los armenios o de los coptos.

Por otra parte, es muy fácil comprobar que las culturas de los pueblos autóctonos chilenos murieron en el choque con la cultura europea. Para ello basta ver que su ideal de vida es volver al origen porque, en los cinco siglos trascurridos desde el choque, ya no tienen más escritura que la latina, ni más cultura material que la que tenían en aquel momento.    

Se puede ser algo indulgente con quienes acogen estas soluciones por ignorancia y poca capacidad intelectual, porque su único pecado es convertirse en convencionales constitucionalistas cuando carecen totalmente de la educación necesaria para ello. Pero no se puede ser indulgente con quienes las proponen para obtener beneficio políticos de corto plazo jugando con la existencia del país. La oportunidad para actuar así se las ha otorgado un sistema político tan podrido y decadente como que lanzó a la calle el proyecto de nueva constitución en condiciones de total irresponsabilidad.

Con lo que está ocurriendo en la convención, Chile está poniendo en peligro toda su seguridad nacional. Podían meditar en eso todas las fuerzas vivas de la nación.

*Orlando Sáenz es empresario.

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