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Publicado el 19 mayo, 2021

Orlando Sáenz: Hablemos de patetismo

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

Creyendo que la movilización social estaba manejada por la oposición política, Piñera “negoció” un acuerdo con quienes hace mucho tiempo no tienen poder para manejar lo que les gusta llamar “la calle”. Por ese camino compró una supuesta pacificación que en nada cambió las circunstancias y que ha lanzado a Chile por un camino de riesgosas incertidumbres de cuyo fin no tenemos control.

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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Así como la imaginación ha creado personajes tan patéticos como Medea, el Rey Lear o Willy Loman, la historia la ha superado con personajes de carne y hueso como Luis XVI, María Stuardo o Nicolás II.  Y, si de mandatarios patéticos se trata, nuestra historia de Chile se inscribe con la figura de don Sebastián Piñera.

Aunque parezcan personajes tan distintos, hay siempre factores comunes que conforman el “phatos”: la equivocada apreciación de los peligros que los amenazan, la incapacidad de enfrentar la crisis que finalmente provocan el derrumbe de la persona y de sus perspectivas y, finalmente, la tragedia que se deriva de ese enorme fracaso.

Podríamos comprobar con facilidad que la configuración del patetismo sigue siempre esa secuencia: error, fracaso, derrumbe, tragedia. Dejando de lado los de la lista antes señalada (podría resultar hasta entretenido probarlo para mis lectores), por ahora debemos enfocarnos en la trayectoria que ha seguido el Presidente Piñera para su conversión en una figura patética, haciéndolo conforme al padrón general a que hemos antes apuntado.

Antes de hacerlo, conviene repasar la situación que tenía en el momento de asumir por segunda vez la máxima magistratura de nuestro país, esto es, a principios de 2017. Joven, bien plantado, riquísimo, en la cumbre de sus brillantes cualidades personales, triunfador en todo lo que había emprendido en la vida, rodeado de una numerosa y amante familia y de un gran conjunto de amigos y partidarios que lo respetaban y admiraban, respaldado por una sólida mayoría de sus conciudadanos, gozoso de un prestigio internacional bien ganado. Con toda seguridad, en toda la historia del país nunca había habido un gobernante que se inaugurara desde una posición tan alta en que parecía que cualquier meta era alcanzable.

Si comparamos esa situación con la que actualmente ocupa, apreciamos el vértigo de la caída sufrida en un corto espacio de tiempo. Y, para no marearnos con el vértigo, conviene racionalizarla siguiendo el padrón que ya hemos detectado, y que, además, nos permitirá predecir, en alguna medida, el alcance que esta tragedia tendrá para nuestro querido país.

El error

Pero, en el privilegiado pedestal sobre el cual el Sebastián Piñera había iniciado su segundo mandato, se deslizó un error craso y fatal. Creía que tendría que enfrentar una oposición parlamentaria, por lo demás mayoritaria, que era similar en textura y alcance a las tradicionales de la democracia chilena, con las que sin perjuicio de su severo rol crítico y fiscalizante, siempre era posible alcanzar acuerdos que permitían al mandatario progresar en el programa de gobierno por el cual había sido electo. Esas oposiciones entendían que obstruir completamente el cumplimiento del programa con que el candidato había sido electo era, simple y llanamente, desconocer el mandato popular que es la esencia de la democracia. Para esas oposiciones, el tener espacio para implementar el programa de gobierno con que había sido electo era un derecho del gobernante y hacían un deber de esa colaboración básica.

Imbuido de ese erróneo diagnóstico, el Presidente Piñera se lanzó a una política de acuerdos trasversales que en realidad nunca tuvo factibilidad. Porque la oposición que tenía en frente era muy otra cosa que la que él imaginaba. Por de pronto, estaba constituida por un segmento considerable francamente rupturista, al que nunca le ha interesado otra cosa que la destrucción de la estructura democrática representativa que tiene el país. Y el sector todavía democrático de dicha oposición emergía de su derrota electoral con la convicción de que ella se había debido a que la transición de la que había sido protagonista no había sido otra cosa que la consolidación del modelo social y económico implantado por la dictadura militar. Cómo fue que la centroizquierda democrática terminó, durante el gobierno Bachelet II, aceptando finalmente la idea de que la transición no había sido otra cosa que la consolidación del modelo dictatorial, es un tema muy profundo y digno de otra reflexión que aquí y ahora comprometo.

Para la oposición que enfrentaba Piñera, el único factor posible de unidad era la esterilización radical de su gobierno y la demostración de que la “derecha” (?) no podía gobernar en Chile. Cargando con ese enorme error de diagnóstico, el Presidente Piñera se lanzó a una alegre política de acuerdos trasversales imposibles y no hizo lo que correspondía hacer, que era avanzar en su programa básicamente utilizando los amplísimos poderes administrativos y regulatorios de la presidencia, que es la única enseñanza rescatable que en política había dejado el gobierno de Salvador Allende. Peor aún, se concentró en la proyección internacional de su mandato y no tuvo tiempo para preocuparse de los perentorios avisos de la asonada que se estaba preparando y que, nos consta, recibió de hasta gobiernos extranjeros. Y, en esas condiciones, llegó octubre de 2019. Y los grandes acuerdos transversales estaban en cero, como el primer día.

El fracaso

Un error de esa magnitud no corregido en dieciocho meses de gobierno, sumado a un olímpico desprecio hacia advertencias reiteradas y a una ensimismada hiperkinesia, condujeron a la grave crisis desatada en 2019 y ante la cual el Presidente Piñera simplemente no supo qué hacer. Fue ese el fracaso que ha marcado el resto de todo su desdichado gobierno y hay sobradas razones para creer que también el de la República chilena. Probablemente, nunca sabremos la verdad de cómo fue que un hombre tan bien dotado pudo fracasar de tal modo ante un problema que, por grande que fuera, tenía facultades y elementos para enfrentar y superar.  A cambio de eso, en pocas horas desapareció toda sombra de liderazgo y solo quedó un presidente a la deriva y sujeto al rigor de las circunstancias y de las malevolencias de sus adversarios.

Y hubiera bastado, por último, recurrir, a través de un buen libro de historia, al consejo de don Gabriel González Videla o de don Carlos Ibáñez del Campo para saber qué hacer ante una asonada preparada por el PC y sus múltiples derivados. Y hubiera bastado con tener un ministro del Interior como don Edmundo Pérez Zujovic o como don Sergio Onofre Jarpa para comprobar cuánto valen las bravatas de poder de las pobladas.

Porque quienes creen que el mal llamado estallido social es algo nunca visto antes y del que hay que sentirse hasta orgulloso, en verdad tiene precedentes en la historia que compiten en longevidad con el hilo negro. Para no ir a parar al juego de pelotas que desató la Revolución Francesa, basta para comprobarlo con los comentarios del propio Fidel Castro sobre como se gestó el famosísimo bogotazo. Porque la verdad es que las asonadas desatadas por un grupito de agitadores bien entrenados existen desde que existe historia.

Y no le bastó con esto al Presidente Piñera para comprender su enorme error. Creyendo que la movilización social estaba manejada por la oposición política, “negoció” un acuerdo con quienes hace mucho tiempo que no tienen poder alguno para manejar lo que les gusta llamar “la calle” y, por ese camino, compró una supuesta pacificación que en nada cambió las circunstancias y que ha lanzado a Chile por un camino de riesgosas incertidumbres de cuyo fin no tenemos control. Ese acuerdo, logrado además con todos temblando ante un posible “ruido de sables”, fue el que presidió todo el derrumbe institucional que ha seguido.

El derrumbe

Los dieciocho meses trascurridos desde la asonada de octubre de 2018 han terminado de desvencijar la maltrecha institucionalidad que tanta estabilidad le dio a nuestro país. El sector rupturista, premunido de una total abdicación del deber de mantener el orden público, no ha cesado de prolongar los desmanes, la delincuencia, el narcotráfico, el terrorismo y hasta ha logrado convertir en guerrilla militarizada y organizada el sector de la Araucanía. Sin ninguna exageración, la claudicación de octubre de 2018 pesa como una losa sobre el estado de derecho del que nuestro país tanto se ha enorgullecido.

Es indudable que el derrumbe es también notorio en el interior del mandatario. Es demasiado inteligente como para no darse cuenta de que hoy es una figura un tanto patética de las que pocos hacen caso, incluido el sector político que supuestamente es su pedestal.

En este periodo aciago, hemos asistido a las legislaciones mas disparatada e irresponsables de toda nuestra historia; hemos visto a los poderes del estado invadiendo sin cesar las atribuciones constitucionales de los otros, lo que no es de extrañar puesto que la carta fundamental que teóricamente todavía nos rige ha sido repudiada hasta por sus creadores. Ni siquiera la acertada gestión de la pandemia que nos aflige ha podido resucitar el prestigio del poder Ejecutivo, cuyo desgaste es solo superado por el del Parlamento y el de los tribunales de justicia.

La tragedia

Es muy posible que el derrumbe antedicho convierta en tragedia la vida del propio Presidente Piñera después de abandonar el cargo. Lo sucedido lo ha convertido para sus enemigos en el símbolo demostrativo de que no se puede gobernar al país desde una posición moderada y, por tanto, es previsible que se dedicarán a demonizar su figura durante largo tiempo, como ya ha ocurrido con todo lo que se le atribuye al régimen militar.

Pero, por lastimosa que sea la figura de nuestro actual mandatario, la peor consecuencia de su desdichado gobierno será el curso que sufrirá la democracia chilena y el futuro previsible del país. Eso, porque en verdad no existen razones lógicas para ser optimista frente al futuro inmediato de nuestra querida patria. Se ha echado andar un proceso constituyente tan mal proyectado y en condiciones tan anormales y polarizadas que lo menos malo que se puede esperar de él es un largo periodo de discusiones bizantinas, iniciativas descabelladas y desmanes descalificadores, de modo que, en ese ambiente enrarecido, toda inversión productiva y creadora de riqueza se verá a lo menos postergadas cuando más las necesitamos. Y ello porque la Asamblea Constituyente que se ha elegido es el producto del mismo pueblo que hace menos de tres años eligió al peor parlamento de nuestra historia y que ahora califica con un 5% de aprobación lo que, en el fondo, no es otra cosa que calificarse así mismo.

Así pues, hay muy buenas razones para profetizar que, al retirarse del escenario, el Presidente Piñera sepultará con él a todo el decorado. Y eso sí que es hablar de patetismo.

*Este artículo fue escrito antes de las elecciones de los días 15 y 16 de mayo.

*Medea es la protagonista de la obra dramática de Eurípides, el Rey Lear es el protagonista de la tragedia homónima de Shakespeare.  Willy Loman es el protagonista del drama “La Muerte de un Vendedor” de Arthur Miller.    

  1. Jacques RAAB Camalez dice:

    Comparto 100% la visión de O. Sáenz, Estoy convencido que los convencionales no llegarán a puerto y eventualmente van a parir un engendro que solo merecerá un formal Rechazo. Espero que el Chile profundo no me defraude. Tiempo y dinero que podríamos habernos ahorrado. Lo peor, más odio entre hermanos.

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