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Publicado el 08 de mayo, 2019

Orlando Sáenz: ¿Está Dios cesante?

Empresario y escritor Orlando Sáenz Rojas

Ya los filósofos griegos formularon teorías mecanicistas que reducen a Dios al rol de cesante, si es que se insiste en su existencia. Pero ellos mismos repararon en el vacío ético que su teoría implicaba. Si no existe trascendencia ni Dios, ¿para qué la conciencia? ¿Para qué el bien y el mal?

Orlando Sáenz Rojas Empresario y escritor
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El ateísmo de Stephen Hawking es inteligente en el sentido de que tiene una explicación racional. Dicha fundamentación está contenida en su respuesta a la pregunta ¿hay un Dios?, incluida en su libro “Breves respuestas a las grandes preguntas”. Creo que vale mucho la pena analizar el razonamiento de un genio como fue Hawking porque, de ser aceptado, conduce al ateísmo y, de ser objetado, conduce al cálido cobijo de la fe.

En primer lugar, hay que comenzar por observar que todo el razonamiento del gran físico se basa en supuestamente demostrar que no es necesario Dios para explicar la creación del universo. Es importante tener eso en cuenta porque en la concepción cristiana de Dios –y en la de muchas otras religiones– la dimensión creadora no es la única, de modo que su inexistencia dejaría sin fundamento la ética y el amor, que es como la fuerza de gravedad del mundo inmaterial donde habitan las almas. Esas otras dimensiones de Dios sustentarían su necesidad aún en el caso de que Hawking tuviera éxito en demostrar que la de creador no corresponde.

Su teoría, como todas, se basa en la aceptación de postulados que no requieren explicación. Ellos son: un increado código de leyes físicas y que el espacio, la masa y el tiempo son derivados o formas de la energía. Respecto al código de leyes, postula que no se puede llamar ley a una norma que admite excepciones (un rígido concepto que valdría la pena trasmitirles a los políticos). El origen del universo lo explica en una inconmensurable explosión de energía (¿el big bang?) que surge de la nada porque, simultáneamente, surge una cantidad equivalente de energía negativa, de modo que la suma sigue siendo cero. La energía positiva así generada evoluciona conforme a las leyes increadas y lo produce todo, empezando por el espacio tiempo.

Hawking trata de explicar, para las mentes simples, su concepción con un ejemplo. Si tenemos un terreno y deseamos crear una colina, cogemos una pala y sacamos tierra de un hoyo hasta acumularla en forma de montículo.  Ahora tenemos una colina, pero también tenemos un hoyo, de modo que la suma es cero. Si nos atenemos a este ejemplo, el terreno sería la nada, la pala sería el código de leyes físicas, la colina sería el universo y el hoyo sería la misteriosa energía negativa que todavía espera su descubrimiento experimental porque hasta ahora solo la detectan ecuaciones matemáticas.

Ya los filósofos griegos formularon teorías mecanicistas que reducen a Dios al rol de cesante, si es que se insiste en su existencia. Todo es fruto de las leyes físicas, incluso la vida, el entendimiento y los sentimientos. Pero ya esos mismos filósofos repararon en el vacío ético que su teoría implicaba. Si no existe trascendencia ni Dios, ¿para qué la conciencia? ¿Para qué el bien y el mal?

Hawking, magnánimamente, concede que se puede llamar Dios a las leyes increadas que postula. Incluso acepta que pudiera concebírselo como el autor de ellas. Pero, si fuera así, su papel habría terminado allí, porque, en adelante, todo surge de ellas.

Debo confesar que la teoría de Stephen Hawking me produce frío en el alma, por mucho que reconozca su genio. Afortunadamente me atrevo a declarar que no me convence y que, después de trabajosamente entenderla, sigo creyendo en Dios.

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