¿Qué es Chile? Si esta pregunta se le hace a un grupo de transeúntes escogidos al azar, es casi seguro que se obtendrán solo respuestas que apuntan a una definición geográfica, como “es un país de Sudamérica” o “es una faja de tierra entre la cordillera y el mar y entre los desiertos y el Polo Sur”. Pero, ¿es Chile solo un lugar geográfico? ¿Es lo que define a Chile solo el territorio que ocupa? Esas interrogantes, sin duda importantes, nos conducen a la transcendental cuestión de la identidad nacional.

Hasta a nivel personal, todos los seres humanos necesitamos identificarnos, y para eso hemos inventado las fe de bautismo, las cédulas de identidad, los pasaportes, etc. Todas esas son formas de definir el “yo”. Y, lo que es compulsivo para el individuo, también lo es para los países, pues no existen mientras no sean capaces de decir por qué son distintos de todos los otros: por un origen, por una religión, por una adhesión política, por un territorio, por un lenguaje, etc. Ese problema de encontrar y definir una identidad nacional no es nada fácil ni obvio y la prueba de ello es que ha sido la causa histórica de muchos conflictos graves.  Nosotros, los chilenos, usualmente menospreciamos el problema de la identidad nacional porque somos uno de los poquísimos países continentales (no insulares) que la naturaleza ha definido tan nítidamente que nos ha ahorrado, aparentemente, el problema de buscar y encontrar nuestra identidad. Sin embargo, basta mirar a nuestro alrededor para aquilatar los esfuerzos que a otros pueblos les ha costado definir su identidad.

Cuando a Richelieu le preguntaron qué era Francia, respondió que era donde se hablaba el francés, o sea, la definió en un eje cultural. España, ante esa misma necesidad, se definió con catolicismo y trono. Hitler trató de definir a Alemania racialmente y causó una tragedia de dimensiones cósmicas. Rusia se definió, ya en tiempos de los Ivanes, como una misión imperial, como la Tercera Roma. ¿Qué es Estados Unidos si no un enorme conjunto humano atado por la fanática adhesión a un marco constitucional?

Ahora bien, cuando un país logra descubrir y definir su identidad, invariablemente se vuelve hostil hacia todos aquellos que la contradicen. Francia es muy celosa a la hora de mantener su cultura. España encendió hogueras para quemar a los disidentes religiosos. Los nazis masacraron a judíos, gitanos, y todas las etnias distintas que, según ellos, infectaban el suelo alemán. El pueblo ruso es capaz de los más grandes sacrificios para mantener su enorme imperio territorial. Pero el ejemplo más claro de esa intransigencia relativa a la identidad es el de Estados Unidos, país en que se toleran todas las diferencias de raza, de religión, de color de la piel, de idiomas y de costumbre, pero se elimina sin miramientos a toda disidencia institucional y constitucional como han demostrado las campañas contra comunistas y nazis en tiempos no muy lejanos. De hecho, en casi un cuarto de milenio de historia, solo ha existido en tiempos recientes un desafío a la estructura constitucional, como ha sido el de Donald Trump.

Provisto de estos básicos conceptos de identidad nacional y de intolerancia en relación a ella, volvamos a plantearnos la pregunta ¿qué es Chile? Ciertamente que no es un ámbito geográfico, por más que éste haya ayudado a definirlo, y la prueba de ello es que nació en un territorio bastante distinto del actual, uno que no incluía ni el tercio norte ni todo el sur profundo y, en cambio, sí incluía buena parte de lo que hoy es Argentina. Es obvio que no lo define un idioma, o una religión, o una tradición, puesto que todo eso lo comparte con sus vecinos también derivados de la conquista española. Esa sucesiva eliminación de factores únicos, nos conduce a la verdadera respuesta: Chile es un conjunto humano que comparte una cultura propia, cuya base fundamental es judea cristina occidental en su versión española, pero profundamente individualizada por aportes de otras inmigraciones, de la influencia material de culturas nativas de su territorio formativo y, sobre todo, por un singular e intenso mestizaje étnico con los aborígenes de primitivas culturas que ocupaban su territorio original.

Durante los primeros tres siglos (desde principios del siglo XVI a principios del siglo XVIII), esa nacionalidad se fue formando en una condición bastante insular y siempre templada por una guerra interminable con el pueblo mapuche, conflicto que solo terminó muy avanzada la estructuración de la República. Basta considerar esa inamovible verdad histórica para desvirtuar el mito de las raíces mapuches de la cultura chilena. La verdad es que el pueblo mapuche fue el enemigo de Chile hasta el tercio final del siglo XIX. De esa irrefutable verdad histórica se desprenden dos conclusiones que hoy pueden parecer incómodas: Chile no le debe al pueblo mapuche nada (salvo algunos elementos muy periféricos de cultura material) como no sea el temple que forjó en tres siglos de lucha en su contra; la cultura muy primitiva del pueblo mapuche se congeló en el siglo XVI por el choque con una civilización mucho más evolucionada. Como esto último es un tema muy complejo y no tenemos espacio aquí para desarrollarlo, remitimos al lector al capítulo de “Choque de civilizaciones en el tiempo y en el espacio”, del Estudio de la Historia.

De todo lo anterior surge una evidencia también incomoda: el estado de Chile no es homogéneo con la nacionalidad chilena. Y ello por una razón obvia, que es que rige sobre un conjunto humano en que existe un número indeterminado pero muy amplio de individuos ajenos a la cultura que identifica al pueblo chileno. Mirado desde esa perspectiva, ¿cuántos chilenos culturales hay en los dieciocho o diecinueve millones de súbditos del estado chileno hoy día? La obvia respuesta es que el número de alienígenas es demasiado alto y que, por eso, Chile enfrenta un gravísimo problema de identidad. Mirado desde este punto de vista, Chile está en peligro porque los chilenos son tal vez minoría en el estado de Chile. Y ello porque el número de habitantes que no comparten la cultura nacional son ya demasiados y están compuestos de inmigrantes recientes, restos fósiles de pueblos territorialmente originarios y, sobre todo, de “inacabados”, definidos como se analizó en una reflexión anterior.

Ahora bien, es un hecho que uno de los más graves problemas que enfrenta nuestro país es el del conflicto mapuche. Por una increíble serie de errores conceptuales, de diagnóstico y de cobardía institucional, el estado de Chile ha dejado que ese conflicto alcance las características de una actividad guerrillera organizada que ya ni siquiera obedece a razones nacionalistas. Por otra parte, es evidente que un problema no se puede solucionar en base a una interpretación mitológica de sus causas. Y resulta que aquellos mapuches que podrían estar dispuestos a buscar una solución real a sus problemas, están tan engañados respecto a su real condición que comienzan por plantear soluciones que jamás podrán ser posibles. Mientras existamos los chilenos jamás vamos a permitir que nuestro país sea dividido territorial, política, cultural o administrativamente, de modo que la única solución verdadera y sobre bases históricas reales apunta a un proceso intensivo de integración en nuestra realidad cultural y, para encaminarnos a ello, es imprescindible que los mapuches bien intencionados que existen se ubiquen en su realidad histórica.

El autor de estas líneas está muy consciente de lo duro e ingrato que resulta tener que decirle a convivientes territoriales que tienen que asumir que son solo huéspedes en un estado ajeno y que solo cambiarán de status cuando se conviertan culturalmente en chilenos. Es el triste destino de los restos fósiles de culturas decapitadas en el concepto toynbiano, pero en las circunstancias actuales es imprescindible hacerlo. Es una cuestión de identidad.

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